Reportajes

Vivir con causa (I)

El Sahara Occidental tiene derecho a la autodeterminación desde 1960 —en teoría y en los papeles— según la Asamblea General de Naciones Unidas. En la práctica, miles de saharauis sobreviven en el exilio o malviven en su territorio, con su identidad y sus demandas silenciadas.
La última colonia de África tiene ciudades, algunas sagradas, otras portuarias, otras habitadas exclusivamente por mineros. Tiene las mayores reservas de un mineral del que nos hicimos dependientes en todo el mundo. Tiene petróleo, pulpos y peces en la misma medida que necesidades su pueblo.
Un especial de Angular para conocer el origen de un conflicto actual, las incumbencias geopolíticas internacionales, la paz como espejismo y la sed de libertad de los habitantes del desierto.

Texto & Fotos: Karina Delgado

Asuntos colosales

Hay en el mundo quienes provienen de lugares que no existen.
Los destinos de cientos de miles de personas están arraigados en países que no aparecen como tales en el tablero de la geopolítica actual; viven en suelos prestados lejos de casa o lo hacen oprimidos en lo que reconocen como su tierra. Entre ellos, está la gente del desierto, el pueblo saharaui.
Muchos saharauis se hacen ciudadanos de otros países mientras esperan que el suyo sea, finalmente, reconocido y, tras más de cuatro décadas puedan regresar libres a su territorio.
Primero lucharon una guerra, luego esperaron con entereza durante veintinueve años confiando en que otros países alzarían sus voces junto a ellos, en que las organizaciones internacionales velarían por su derecho a la autodeterminación. Ahora, después de casi tres décadas del alto al fuego, la gente saharaui vuelve a buscar el camino a casa usando los fusiles.

Dos mujeres ataviadas con la melfa y protección adicional para mantener la piel blanca / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Lamira es psicóloga y ciudadana española.
Haha estudió Ingeniería hidráulica y de medio ambiente en Argelia, dice que ahora se dedica casi a nada, pero lo cierto es que hace fotografía y suele ayudar en la tienda de su familia donde venden un poco de todo.
Sidahmen, ahora español, es médico culminando su formación como internista en Extremadura.
Bachari, de nacionalidad argelina, es un soldado que espera su turno para ir al frente de batalla en una guerra que apenas vuelve a empezar.
Mohamed también espera vestido con el uniforme militar; fue ciudadano marroquí, desde hace mucho tiene nacionalidad española.
En los documentos de Sidati en cambio, junto a los dos puntos tras la palabra “nacionalidad” se lee: apátrida; Sidati es ingeniero, hace instalaciones solares fotovoltaicas.
Brahim es cineasta y fotógrafo, en su pasaporte también dice: apátrida.
Nurti es hija, hermana de nueve, madre de uno, esposa, y trabajadora en una central de camiones que distribuye ayuda humanitaria. Nurti y casi toda su familia, al igual que Haha y los suyos son reconocidos únicamente como ciudadanos por una de aquellas repúblicas que según muchos, no existe.
Lamira, Haha, Sidahmed, Bachari, Mohamed, Sidati, Nurti y otras cientos de miles de personas son saharauis; lo son, aun cuando en los documentos de identidad y los pasaportes que cargan en sus mochilas diga otra cosa. Ahí, junto a esos documentos que mienten, llevan el carnet expedido por un país que la mayor parte de los demás estados no reconocen: la República Árabe Saharaui Democrática. La RASD.

Los niños se resguardan del viento que levanta la arena durante un receso de clases en la escuela Simón Bolivar, en los campamentos de refugiados. Abajo: Tumbas saharauis en los campamentos de refugiados. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Para el invierno boreal de 2014, cuando conocí a la gente saharaui, la mayoría llevaban ya más de cuarenta años en el exilio; viven en calidad de refugiados lejos de su tierra, naciendo y muriendo en los campamentos provisionales levantados en el infierno, como se le conoce en árabe a la hammada argelina. Entonces y ahora, algunas personas saharauis malviven en su territorio, con su identidad y sus demandas silenciadas, porque el suyo —según reconoce la legislación internacional— es un territorio ocupado. Otros tantos viven acusando el mal de la nostalgia y haciendo de embajadores no oficiales de su lucha en España y otros rincones del mundo; hablan de su causa —la causa saharaui—, como si hubiera poco más a qué entregarse, poca vida individual, poco futuro a menos que sea colectivo y que implique la recuperación de su territorio libre.
Cuando la gente saharaui dice territorio, no habla de las nacionalidades que portan sus documentos, no se refieren a España, a Mauritania; no hablan de Argelia, aunque la mayoría haya nacido allí; por supuesto, no hablan de Marruecos. Cuando los saharauis hablan de “lo que les pertenece” están diciendo Sahara Occidental. Se trata de una franja del desierto del Sahara que mira al océano Atlántico, limita con Marruecos, Argelia y Mauritania.

 En los mapas suele verse ese trozo de África dibujado con una línea punteada, no una línea continua como todos los demás. 266.000 kilómetros cuadrados en el desierto del Sahara, donde además de arena dorada, rojiza o renegrida hay bastos messereb: llanuras de piedras sueltas que se antojan compactas autopistas naturales. Hay bosquecillos de acacias del desierto llamadas taljas que son en realidad wed, ríos secos que con un poco de lluvia vuelven a fluir. También hay zorros y gacelas; yo vi dbaba, plural de dab, que son pequeños dragones de unos cuarenta centímetros, lagartos negros y brillantes que emiten un sonido seco con sus resoplidos y que salen de sus madrigueras cuando el calor azota. Hay serpientes doradas agazapadas entre las rocas; hay bubisher, el ave de las buenas nuevas y hay cuervos posados entre las espinas de las taljas bajo cuya sombra suele haber hombres envueltos en turbantes tomando un espumoso e infinito té. En el Sahara Occidental, como un gigantesco dragón que deja al descubierto su lomo, se alcanza a ver el Rich (la pluma), una cadena montañosa que indica, según los entendidos, que se está entrado a Tiris, Tiris fecundo, la tierra del mejor pasto, de la libertad nómada, la de los poetas que desde antaño, desde que eran parte de la sociedad del Bidán, recorrían el desierto persiguiendo las nubes cargadas de lluvia y contando las gestas, recitando las novedades, la guerra, la paz, y los nombres de Dios. En el Sahara Occidental, el territorio es un cuerpo portentoso: las enormes montañas de piedra pulida por la erosión y el tiempo se llaman Galb, corazón en español; muchos corazones forman Galaba, cadenas de montañas negras e imponentes como el Rich, Galaba Rich. También hay colinas con formas diversas: dala costado; sen, diente; hayeb, ceja; esbee, dedo; hanfra, nariz; sag, piernas. Las fuentes de agua son ain, ojo, auin: ojos, y como las líneas en alto relieve en unas manos ancianas, hay largas dunas, erg, vena.
Aunque el Sahara Occidental, es uno de los territorios más escasamente poblados del mundo, hay allí ciudades, algunas sagradas, otras portuarias, otras casi exclusivamente pobladas por mineros. Hay gente asentada y gente nomadeando con sus rebaños de camellos y sus tiendas–mundo construidas con el pelo de esos animales que les dan todo: casa, comida, bebida y transporte.

Un saharaui y su rebaño de camellos en la hammada. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

El reino del fosfato

En el Sahara Occidental, todo es colosal. Hay, por ejemplo, enormes cráteres excavados con maquinaria para sacar de allí lo que hizo parte de antiquísimos fondos marinos. Hay una enorme cinta transportadora automatizada de unos 100 kilómetros de extensión para llevar al Atlántico las rocas que sacan de los hoyos. Esos fosfatos son minerales que no pueden producirse de manera artificial en un laboratorio, solo existen en la naturaleza y su disponibilidad es limitada. Desde hace tiempo se los utiliza como fertilizante en todo el mundo. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos en su informe de enero de 2020 sobre la producción y reservas mundiales de rocas de fosfato, durante el 2019 en el mundo se consumieron 47 millones de toneladas del mineral. China produjo y consumió la mayor cantidad, seguido de Estados Unidos, que es además el gran importador de lo que producen otros países. El tercer lugar según el informe, lo ocupa: “Marruecos y Sahara Occidental”, así se lee, juntos. En la casilla que se ocupa de exponer datos sobre la reserva de fosfatos, “Marruecos y Sahara Occidental” ocupan por mucho el primer lugar, están allí las mayores reservas de un mineral del que nos hicimos dependientes para producir comida industrialmente y que se cree, dejará de estar disponible en unos 40 años. Gran parte de los fosfatos que exporta Marruecos provienen de la mina a cielo abierto Fos Bucraa, considerada una de las mayores reservas de fosfatos del mundo junto a otros yacimientos ubicados en Marruecos, solo que, según los entendidos, el mineral contenido en Bucraa es de mayor concentración y de más fácil extracción. Fos Bucraa y su gran cinta transportadora está ubicada en el noreste del Sahara Occidental, en lo que es hoy el territorio ocupado y explotado ilegalmente por Marruecos: sacan las piedras de las minas en su territorio, y las sacan también de Fos Bucraa, allí mismo lavan y secan los fosfatos del Sahara Occidental que rápidamente pierden su identidad y el registro de procedencia para entran al mercado mundial como “fosfatos de Marruecos” que serán comprados, sobre todo, por Estados Unidos.
Según se lee en la web del CRI, el Centro Nacional de Inversiones del Reino de Marruecos, las reservas de la mina de Bucraa, en lo que ellos consideran sus provincias del sur, se estiman en casi 2 mil millones de toneladas de mineral, pero, allí mismo indican que se trata solo de una pequeña porción de las reservas totales del reino estimadas en unas 60 mil millones de toneladas. Dice en la web, que además del cobre, el manganeso y el hierro “el fosfato constituye la principal riqueza mineral del Sahara marroquí”.
Según la MAP, Agencia Marroquí de Prensa, Marruecos y su empresa Estatal OPC (Office Cherifien de Phosphates), son los primeros exportadores de fosfatos del mundo y, según decía la Revista Forbes, la corona marroquí controla el monopolio estatal de los fosfatos —la mitad de los depósitos mundiales— y así tiene un negocio rentable que ha enriquecido directamente al Rey Mohamed VI, quien resulta ser —según la misma Forbes—, uno de los 10 monarcas más acaudalados del mundo; el nombre del rey también aparece en las listas de las personas más ricas del mundo, en el top 10 de los más ricos de África y en la de los mandatarios más ricos.

Dunas en la hammada. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Las aguas del Sahara

Sumergidas en el Atlántico frente al Sahara Occidental también hay cosas colosales.
Entre las costas del Sahara Occidental y las de las Islas Canarias se mueven corrientes de agua especialmente frías y los vientos alisios soplan constantes y paralelos a la costa desplazando las capas de agua superficiales y, desde lo más inimaginable del fondo del mar suben aguas profundas que arrastran en su ascenso materia orgánica que se convierte en alimento de toda la cadena de vida. Es este lugar una de las regiones marinas más productivas del mundo, considerada así por la FAO desde 1980 (1): hay un vasto mundo de peces y otros animales para comer para comprar para vender, para –como el fosfato y la arena usada por millones de toneladas en construcción y embellecimiento de playas– enriquecer a quien lo administre, quien faene en estos caladeros y venda lo pescado, quien entregue licencias para que flotas con distintas banderas extiendas sus enormes redes de arrastre.

Ese enorme banco de peces que se acumula entre aquellas costas atrajo expediciones y exploradores a lo largo del tiempo. Sedujo a los antiguos fenicios, a los romanos y atrajo a la España del siglo XIX, aunque lo cierto es que había presencia española allí desde el siglo XV. Las comunidades pescadoras de ambas costas –la canaria y la del Sahara– separadas apenas por unos 100 kilómetros, empezaron a ser ocupadas esporádicamente por exploradores españoles hasta que, en la famosa Conferencia de Berlín 1884 y 1885, los países europeos industrializados (Reino Unido, Francia, Portugal, España, Bélgica, Alemania e Italia) se reparieron África como si de un pastel se tratara. España reclamó aquellas tierras y se estableció en lo que llegaría a conocerse como el Sáhara Español y que luego sería la 53ª provincia de España, es decir, los territorios del Río de Oro y Sâgui el-Hâmra, el Sahara Occidental. La tierra del pueblo saharaui.

La pesca, en los 1400 kilómetros de costa Atlántica del Sahara Occidental controlado por Marruecos, es otro botín colosal. Aquí algunos datos iluminadores: según dijo la FAO en 2016, Marruecos es el principal productor de pesca de África, el número 17 en el mundo. La FAO también considera a Marruecos y a Mauritania como los dos principales productores de pulpo; sobre el Sahara Occidental, que está entre estos dos países, simplemente no hay ningún registro que lo enuncie como un territorio diferente a Marruecos. Distribuidores por todo el mundo promocionan el pulpo marroquí y su variante más codiciada: el pulpo Dakhla, el mismo que llega a abastecer “casi todas las cadenas de supermercados españoles” según se lee en la web de un distribuidor mayorista; en otra web se lee que trabajan con “el mejor pulpo del mundo” que ha sido “extraído de Dakhla y otros caladeros de Marruecos”. En etiquetas de pulpo envasado al vacío en España suele leerse simplemente que proviene de Marruecos o de la llamada área de pesca 34, según lo categoriza la FAO. Dakhla, antes llamada Villa Cisneros es una ciudad portuaria en el Sahara Occidental ocupado por Marruecos. Se trata de pulpos, sardinas y muchos otros animales que viajan a las mesas de Europa.

En 2012 el Frente Polisario como representante de los intereses de la gente saharaui denunció ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea los acuerdos de pesca y agricultura firmados entre la UE y Marruecos, el argumento que se expone es que si el Sahara Occidental está internacionalmente reconocido como territorio pendiente de autodeterminación, la potencia ocupante no puede explotar sus recursos; estuvo de acuerdo el Tribunal y en su fallo emitido en 2016, dijo que los acuerdos no pueden incluir al Sahara Occidental, y dijo además que el Sahara Occidental no está bajo soberanía de Marruecos. Aun así, en febrero de 2019, contra lo fallado por su propio Tribunal de Justicia, el Parlamento Europeo aprobó un nuevo acuerdo comercial que incluye explícitamente al Sahara Occidental.

Colonia en África

La ONU llama Territorios no autónomos a aquellos “cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio”. Actualmente en la lista del Comité Especial de Descolonización siguen inscritos 17 territorios; algunos están ubicados en Europa, otros a orillas del Pacífico, del Atlántico y el Caribe. El único territorio que figura en África es el Sahara Occidental; según el Comité está en ese listado desde 1963, siendo la última colonia de África. El Sahara Occidental es el territorio pendiente de descolonizar que tiene mayor cantidad de población —estimada por el mismo Comité en unas 582.000 personas— y mayor extensión de superficie. En su web el comité pone la siguiente nota al pie junto a Sahara Occidental:

El 26 de febrero de 1976 España informó al Secretario General de que, con esa fecha, el Gobierno español daba término definitivamente a su presencia en el Territorio del Sáhara y estimaba necesario dejar constancia de que España se consideraba desligada en lo sucesivo de toda responsabilidad de carácter internacional con relación a la administración de dicho Territorio, al cesar su participación en la administración temporal que se había establecido para el mismo. En 1990, la Asamblea General reafirmó que la cuestión del Sáhara Occidental era un problema de descolonización que debía resolver el pueblo del Sáhara Occidental.

Aún con eso dicho, España continúa metiendo las manos en el Sahara, ya no como la potencia administradora del territorio que según la ley internacional sigue siendo, sino como aliado económico de Marruecos, quien se quedó en la mayor parte del territorio, la de la costa y los caladeros de pesca, la de la mina de fosfatos.
Si bien la legislación internacional, la de la Unión Europea y la española prohíben lucrar con los recursos de un territorio cuya soberanía está en disputa, es decir territorios que sigue en aquella lista de la ONU, la explotación de riquezas del Sahara Occidental continúa, no se trata de una consecuencia de la ocupación, sino de su móvil.
Por ejemplo, a pesar de que aquellas legislaciones prohíben vender armamento a otros países donde el propósito de su uso sea la represión interna y la violación de derechos humanos, existen empresas armamentistas españolas que lo hacen. Una investigación publicada en noviembre de 2019 sobre el destino de las armas de fabricación española así lo demuestra: la empresa española RODMAN vendió a Marruecos barcos militares haciéndolos pasar por civiles. Luego se verificó por geolocalización que se hallaban en ciudades del Sahara Occidental ocupado. La misma investigación demuestra también que la española UROVESA vendió grandes cantidades de vehículos blindados URO VAMTAC para reprimir manifestaciones saharauis contra la ocupación marroquí.

Además de proveer armamento represivo, España también refina el petróleo expoliado a los territorios ocupados: las empresas Repsol y Cepsa se encargan del lucrativo proceso para obtener combustible y otros derivados.
La arena del Sahara Occidental se extrae por toneladas para regenerar playas de Islas Canarias, para embellecerlas y estimular el turismo; arenas que también van a parar a la construcción, el segundo renglón económico de Canarias.
Se explotan los recursos, se compran fosfatos para hacer fertilizantes, se extrae petróleo, pulpos y pescados; se vende armamento, energía eólica, combustible, se legitima una ocupación ilegal a cambio de dinero.

Mirar el desierto infinito y los galaba portentosos. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

El principio

—Tambores de guerra llenan este desierto que tan tranquilo conociste hace ya años. Yo en cuestión de días voy al frente. Empezaron las operaciones militares tanto en el sur como en el norte, aunque hay fuertes intervenciones diplomáticas para calmar los ánimos. Por el momento y, desde lo que pasa aquí, en la parte saharaui, todo indica que no hay vuelta atrás. La región está caminando hacia más tensión. Salgo en cuanto me lo ordenen, puede ser mañana u otro día.

Eso escribe Mohamed desde los campamentos de refugiados. Dice también: —ese soy yo con alegría y, al decirlo se refiere a una fotografía nublada por la arena donde se le ve con el uniforme militar, erguido y con la gorra calada hasta las orejas. Con su mano derecha hace el saludo marcial: los dedos bien juntos cerca de la visera. En su brazo izquierdo sostiene a su hijita, la más pequeña. Ella también hace el saludo militar con su mano sobre la frente. —Yo con alegría. Esperando órdenes. Sonríe Mohamed. Su pequeña hija también sonríe.

Adolescentes en campamentos de refugiados. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Entre 150 millones de hombres en el mundo que se llaman igual en honor al profeta, en 1969 nació este, el Mohamed que sonríe en la foto. Nació en lo que entonces llamaban Villa Cisneros, en la 53ª provincia de España, el Sahara español, constituida como provincia desde 1957. Por aquel entonces, decir Sahara era igual que decir Navarra, Córdoba o Cantabria. Esa ciudad costera hoy llamada Dakhla, está en una pequeña península que visitan surfistas y otros turistas buscando arenas doradas y aguas azules, flamencos y olas. Durante mucho tiempo la ciudad fue la única presencia permanente de España en “su colonia”; levantaron iglesias católicas y cantones militares a los que con el pasar del tiempo enviaban deportados anarquistas y sublevados.
Mohamed crecía hablando en hassanía, el dialecto derivado del árabe hablado en el Sahara Occidental, Mauritania y algunos lugares de Malí. En casa de Mohamed, las mujeres vestían la melfa, la túnica femenina de bellos estampados que cubre la ropa y la cabeza. Los hombres en su casa tomaban el té vistiendo orgullosos su darrá, la túnica masculina: un largo y ancho traje, a veces celeste a veces blanco, ceñido al cuerpo con un extenso cinturón suspendido a ras del suelo. Mohamed crecía en una familia que se sabía saharaui, cuyas raíces reptaban con los nómadas del desierto.
Para cuando Mohamed nació, el proceso de descolonización de la mayoría de países africanos ya se había desencadenado. Entre 1950 y 1960 conquistaron su independencia la mayoría de los territorios del norte, el centro y el oriente de África, incluida la isla de Madagascar y lo que hoy conocemos como el Cuerno de África. En la siguiente década seguirían las luchas en el sur y el occidente.
Desde 1960, la Asamblea General de Naciones Unidas en su Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales (Resolución 1514 XV 14 de diciembre de 1960) emitió resoluciones, informes y sentencias donde se reconocía el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación y, ya entonces, hablaban de un referéndum que estaba obligado a celebrar España como potencia administradora: debía preguntarle a quienes allá habían nacido y cuya historia familiar estaba enraizada en ese lugar cómo querían administrar su destino. La ONU volvió a decirlo en 1966 (2), nada pasó.

El conflicto

Los años setenta traerían convulsión en el desierto. Es posible imaginar aquella ciudad colonial, Villa Cisneros, fantasear imaginando a oficiales españoles en tiendas de campaña azotadas por el siroco –la tormenta de arena que se mueve como una sombra ocupando cada rincón– verlos con sus subordinados soldados saharauis portando armamento ligero y patrullando el llamado Sahara Español a lomo de camello. En 1974, mientras en el badía –algo así como el campo, lo no urbano– aquellas tropas, las “Tropas Nómadas” tomaban té bajo una talja huyendo del sol abrazador, Marruecos y Mauritania reclamaban como suyo el Sahara Occidental. Desde entonces se desatarían varias guerras, aunque lo cierto es que las luchas habían empezado antes. Algunos de aquellos oficiales españoles de las Tropas Nómadas rememoraban mucho tiempo después en la hermandad de veteranos que consolidaron, que en 1970 empezaron a identificar «agitación e inquietud entre la población saharaui y la tropa nativa», recuerdan que primero fueron actos, gestos, palabras esporádicas, que con el tiempo se transformaron «hasta adquirir visos de organización». Se trataba de las ideas independentistas que venían preparándose para germinar entre los civiles saharauis y los soldados que vestían uniforme e insignia española. Según recuerdan los veteranos españoles, empezaron entonces las deserciones: soldados saharauis dejaban la tropa llevándose consigo lo que pudieran: avanzaba la lucha independista contra España. Ese año, 1970, la Legión española terminó sofocando con violencia el germen del levantamiento. Para el ´73 trabajadores, mineros, estudiantes y soldados saharauis de las Tropas Nómadas, además de algunos españoles ibéricos que desertaron, se juntaron para formar lo que ellos mismos definen como «un movimiento de liberación nacional, democrático y anticolonialista», el Frente Popular por la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro: el Frente Polisario. Diez días después se fundó oficialmente el ELPS, Ejército de liberación Popular Saharaui, que había empezado ya una mítica guerra de guerrillas en el desierto contra los que parecían enemigos invencibles.
En 1974 España accedió a la petición de la ONU, que en una resolución (la 2711 de ese año) aprobó la celebración del referéndum de autodeterminación, así que España comandada por el dictador Franco, dijo: sí, haré el referéndum en el 75.

Soldado saharaui prepara el te bajo una tlja. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Sin que nadie en casa de Mohamed o en su comunidad lo supieran, un día de noviembre de 1975 —mientras los guerrilleros del desierto cumplían dos años operando entre las arenas—,en Madrid unos tipos poderosos cerraron un trato y se jugaron el futuro de todos los saharauis. Con Franco a punto de morir y el príncipe Juan Carlos listo para su ascenso al poder, España firmó la «Declaración de principios entre España, Marruecos y Mauritania sobre el Sáhara Occidental»:

“España procederá de inmediato a instituir una Administración temporal en el territorio, en la que participarán Marruecos y Mauritania en colaboración con la Yemaá (una asamblea tribal de notables) y a la cual serán transmitidas las responsabilidades y poderes que ostentaba Madrid como potencia administradora” al mismo tiempo se anunciaba que la presencia de España en el territorio terminaría definitivamente antes del 28 de febrero de 1976.

Lo que vino después fue vertiginoso. El Frente Polisario siguió su guerra de guerrillas ya no contra España, sino contra Marruecos y Mauritania, que se apresuraron a disfrutar lo “regalado” desde Madrid. El territorio saharaui era amenazado desde el norte y desde el sur. Guerra, heridos, muertos, emboscadas y, de repente, el Polisario declaró en el exilio la creación de la RASD, República Árabe Saharaui Democrática. El mismo Estado que reconoce como sus ciudadanos a Lamira, Haha, Sidahmed, Bachari, Mohamed, Sidati, Nurti y todas las demás personas saharauis.

Con las acciones militares del ELPS, en 1979 los saharauis consiguieron que Mauritania desistiera y cediera su parte del Sahara Occidental al Polisario. En consecuencia, la ONU reconoció al Frente Polisario como «el único y legitimo representante del pueblo saharaui» (3).

«¡Independiente!», se lee en español y árabe. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

En los alrededores de la enorme mina de fosfatos de Bucraa caían los ataques sorpresa de los saharauis y el ELPS. Atacaban las subestaciones y la cinta transportadora; eran ágiles, aguerridos y con evidente conocimiento privilegiado del desierto. Eran todos ellos como el mítico deyar, el buscador de camellos extraviados, podían leer las sutiles señales en la arena, en los graznidos de un cuervo o las ramas quebradas de una acacia retorcida.

En noviembre de 1975 la guardia española que resguardaba la mina dejó sus puestos y el relevo lo tomó un grupo de soldados marroquís, el 30 de diciembre de 1975 las ultimas tropas españolas embarcaron rumbo a Las Palmas de Gran Canarias: España se había ido dejando a su paso la colonia a la deriva.

Mientras los soldados españoles navegaban rumbo a la península, una enorme columna de civiles marroquís y unos 25.000 soldados de las Fuerzas Armadas Reales caminaban al sur, rumbo a la frontera del Sahara Occidental para cumplir la invitación del Rey de Marruecos Hasan II: recuperar los territorios del Sahara ocupados (y recientemente abandonados) por España. En lo aquello que se llamó “Marcha Verde”, según Marruecos porque en el mundo islámico el color verde es sinónimo de paz y buena voluntad, lo que cayó del cielo fue Napalm y fósforo blanco sobre las cabezas saharauis. Arribaron los colonos y empezó entonces el éxodo de la mayoría de la población saharaui rumbo a tierras del vecino aliado: Argelia. Allí, en la parte más infértil y climáticamente ruda del desierto, las mujeres levantaron campamentos temporales mientras la mayoría de los hombres seguía alzado en armas presionando a Marruecos.

Muros en el desierto

La familia de Mohamed no salió del territorio, como muchas otras se quedó allí resistiendo. Él y tantos más habían nacido saharauis con documentación española. De pronto, con la invasión de Marruecos, pasaron a tener nacionalidad marroquí de facto. Desde la Marcha Verde, las tropas del Rey de Marruecos Hasan II acorralaron a los saharauis, negándoles la posibilidad de declarar libremente su identidad, según el rey eran marroquís separatistas.

Cuando Mohamed tenía 11 años, en 1980, el Rey empezó la construcción de un muro en medio del desierto. Un muro, como el que construye el Estado de Israel en Cisjordania y la Franja de Gaza; el que se proyecta para separar Estados Unidos de México; el que se levanta entre Emiratos Árabes y Omán, entre Irán y Pakistán; los varias que se construyen en India, en Irak y tantos otros muros que crecen o se proyectan hoy. Así, en plena guerra fría, Marruecos con apoyo de Israel y Arabia Saudita levantó varios muros para proteger lo que enuncia como suyo, lo que llama el Sahara marroquí, pero que, a la luz de la legalidad internacional, es territorio ocupado. El muro es en realidad siete murallas que suman más de dos mil setecientos kilómetros. Una berma en la arena de unos tres metros, con infantería, baterías de artillería, radares y minas antipersonales —que ha dejado unas 2500 personas afectadas en lo que posiblemente es el territorio más minado del mundo con resto de explosivos de guerra, como municiones en racimo, cohetes y diversos tipos de minas terrestres—; nómadas heridos y muertos en lo que antes era el badía sin fronteras. Si se busca con atención en las imágenes satelitales de Google, se alcanza a ver entre la arena infinita la muralla que separa de norte a sur el territorio del Sahara Occidental: al lado occidental del muro quedan dos tercios del territorio total, este es el Sahara bajo ocupación de Marruecos; en el lado oriental del muro, el tercio restante del territorio, el espacio recuperado y controlado por el Polisario.

Cigarrillos en el desierto; en campamentos de refugiados. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

La población saharaui que se había hecho sedentaria con la colonia española y que no salió de su tierra durante la Marcha Verde, de repente se vio sometida a vigilancia permanente, toques de queda, requisas constantes y represión a su identidad: prohibido hablar hassanía, prohibido vestir la ropa tradicional saharaui, debían acostumbrarse a ser marroquís mientras más y más colonos llegaban alentados por los estímulos económicos y laborales que les ofrecía la Corona. Aumentaba el número de desaparecidos y presos políticos en territorio ocupado y, fue entonces, dice Mohamed cuando entendió la injusticia y la necesidad de hacer parte activa de la lucha por la causa de su pueblo, su pequeño pueblo. Mohamed entonces encontró lo que llama la conciencia política, la causa. Su nuevo y poderoso móvil lo arrojó a la resistencia, a la intifada, como se llama en árabe al levantamiento civil. Pero decir intifada es decir más que movilización, más que protesta, es pensar en términos de rebelión cuyo propósito es la autodeterminación del pueblo saharaui. Desde aquellos lejanos años, el gobierno marroquí busca deslegitimar el uso de la expresión intifada: «cosa de palestinos» dicen. Para ellos es solamente un «movimiento separatista».

Todo eso pasaba en aquellos días en la vida del muy joven Mohamed, y pasaba más:

—Me enamoré. Justo me enamoré en el momento en que empecé a tomar conciencia del tema político, del tema del Sahara y a comprometerme en la clandestinidad. Fue mi única experiencia del amor loco: amor y odio al mismo tiempo. Me enamoré de ella, la quise, y también la odié, la odié por el simple y mero hecho de ser marroquí. Tras dos o tres años, tuve que dejarla. Desde aquel entonces las relaciones, incluso mi matrimonio, son cuestiones de supervivencia emocional, sin más.

Mohamed y los demás saharauis no solo seguían en la lucha por los dividendos de la pesca, por el fosfato, por la arena. La gente saharaui resiste la represión no solo por el derecho al trabajo, al trato digno, al reconocimiento de su identidad; lo hacían y lo hacen por la autodeterminación. A finales de los ochenta, las acciones de resistencia aumentaron y la represión recrudeció. Los miembros de la célula de Mohamed terminaron en una mazmorra, torturados en la Cárcel Negra del Aaiún. Pero él, en un golpe de suerte, consiguió escapar a tiempo. En 1988 cruzó clandestinamente el muro rumbo a Argelia, a los campamentos de refugiados. Desde entonces ha estado separado de su familia. Ellos permanecen en el territorio ocupado. Si él llegara a poner sus pies en territorio marroquí, terminaría en la celda que lo espera hace 32 años.

Soldado saharui en el territorio liberado. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Ana Karina Delgado Díaz

Fotógrafa | Escritora

En ocasiones Karina también narra con imágenes en movimiento. Sigue y cuenta historias que le resultan importantes sobre su natal Colombia, Latinoamérica y África.

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