Reportajes

Los sueños de las mujeres Yuqui

El pueblo indígena Yuqui del trópico de Cochabamba es uno de los más pequeños en población del país con sólo 346 personas. Los Yuqui viven principalmente en la comunidad Bia Recuaté. Otros han migrado hasta el pueblo Chimoré que queda a unas dos horas en automóvil.
Su reciente cambio de una vida nómada a vivir en casas y estar en contacto con el mundo exterior, llevó al pueblo Yuqui a este limbo, social y cultural. Aquí es donde encontramos a varias generaciones de mujeres, quienes cuentan sus días entre lágrimas, desde una profunda tristeza.

Texto: Lise Josefsen Hermann  | Fotos: Sara Aliaga 

Cuando llora el cielo, los Yuqui lloran con él.
Cuando cae el agua de la tormenta es que se ponen tristes los Yuqui.
La tristeza Yuqui. La pena y los recuerdos de los muertos, que todos tienen, que todos tenemos; nuestros muertos.

«Cuando llega trueno, relámpago, agua, mi abuela llora grave. Se acuerda de mi mamá. Cuando pierden la familia, a su marido, recuerdan. Cuando hay viento, se recuerdan de todo. Cuando no tenemos a nuestros familiares a nuestro lado, algunos cuando escuchan esos truenos, lloran y cantan tristes. No pasan rápido su pena. Cuando fallecen nuestros familiares nosotros no comemos, no queremos tomar agua, esa costumbre también tenemos como Yuqui», cuenta Carmen Isategua, 35 años, ex cacique en la comunidad de Bía Recuaté.

Ahora un bebé en su barriga no le deja energía para la labor de autoridad que ha ejercido por cinco años.

* Carmen Isategua, Ex cacique y lideresa de la comunidad Yuqui, protectora del territorio de Bia Recuate. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Un pueblo guerrero

El pueblo indígena Yuqui del trópico de Cochabamba es uno de los más pequeños en población del país con sólo 346 personas. Los Yuqui viven principalmente en la comunidad Bia Recuaté, ubicada en la provincia Carrasco del departamento de Cochabamba, a unos 260 kilómetros de la capital departamental. Otros han migrado hasta el pueblo Chimoré que queda a unas dos horas en automóvil.

Su reciente cambio de una vida nómada a vivir en casas y estar en contacto con el mundo exterior, llevó al pueblo Yuqui a este limbo, social y cultural. Aquí es donde encontramos a varias generaciones de mujeres, quienes cuentan sus días entre lágrimas, desde una profunda tristeza.

Este pueblo indígena siempre ha sido conocido —y temido— por ser un pueblo guerrero. Y como Abba (en el idioma Yuqui, Biaye, significa persona externa a la comunidad), según nos cuenta Carmen Isategua, la ex cacique, es mejor no acercarse cuando hay tormenta:
«Ese momento quieren encontrar a alguien para hacerle maldad. Quieren flechar en ese momento. Antes dicen, Abba mataba a sus parientes, y algunos lo recuerdan y quieren ese momento mismo encontrar a los collas para matarlos —dice Carmen—. La gente de afuera tiene miedo a nuestra flecha, esa costumbre tenemos nosotros cuando no escuchan. Esta flecha es silenciosa le dicen, en silencio le puede matar a la gente, sin escuchar ruido. Si se muere un Yuqui tiene que morir tres collas, más o menos así es».

* Pobladores Yuquis cruzando en canoa el rio Chimore para llegar al pueblo colindante de Pachino, en Bia Rcuate. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Cacique nuevo, mariposas hermosas

Una de mis primeras impresiones de los Yuquis es en una reunión comunal que lo ha convocado Abel Iaira Guaguasu, de 35 años. No tiene un cargo oficial en la comunidad, pero es una figura principal para el pueblo, haber sido criado por los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT) con sede en EE. UU. Misión que tuvo los primeros contactos con los Yuquis en los sesenta y luego, junto al Estado boliviano en 1989 trasladaron a los Yuquis en avioneta a este lugar en la selva, ahora llamado Bia Recuaté. Es Abel también que nos ha abierto las puertas para poder visitar los Yuqui aquí en la comunidad. Son precavidos y no reciben extraños.

Nuestro primer día en la comunidad, un día a finales de febrero, Abel ha convocado a todos a una reunión comunal donde van a elegir nuevo cacique. Sus palabras sobre los Yuqui son fuertes y chocantes.

«El nuevo cacique no puede estar durmiendo en la calle frente al Banco Fie. Los Yuqui venden todo. Su cuerpo, su tierra, sus amigos, hasta su alma. Cuando hay plata, todo se quiere vender».

En la reunión también discuten sobre unos colombianos que mataron a dos personas en el territorio hace poco. Y de su preocupación sobre narcotráfico y robos. Luego cuando salimos a Chimoré entendemos lo del Banco Fie, donde vienen a cobrar su bono de solidaridad una vez al mes.

Después intento buscar a Carmen la ex cacique en la comunidad. El tiempo y los acuerdos siguen otra lógica aquí. «Tal vez esta Carmen, creo que tal vez la he visto», dicen algunos vecinos. No hay señal de celular para llamarla. Caminamos casi una hora bajo el sol quemante hasta su casa. El contraste a las palabras de Abel es gigante. Nunca en mi vida he visto tantas variedades de mariposas de todos los colores en el mismo lugar. Me distrae esta magia de la selva. Bía Recuaté es una mezcla entre belleza y tristeza, entre lo intenso y dormido. Carmen no está en su casa, toca esperar a que aparezca.

«Apenas nos enteramos de la Covid-19 yo decía: ¡este pueblo va a desaparecer! Porque nos han informado que, a las enfermedades de base, se les aumenta la Covid-19 y es fatal. Y aquí la mayoría tenía desnutrición, tuberculosis o anemia».
Pero no fue tan grave como la doctora temía.

* La doctora Gimena Torrico parte del equipo medico que cuida la vulnerable salud del pueblo Yuqui, en tiempos de pandemia de la COVID-19 su compromiso y entrega hacia el pueblo Yuqui no ha cesado. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

«Las dos semanas más duras de mi vida»

Hace dos años la doctora Gimena Torrico entró por primera vez a Bía Recuaté. No conocía los Yuquis y lo recuerda como una incógnita muy grande. Nos cuenta, que antes otros doctores escaparon por el rio o salieron con el mismo transporte que les dejaba en la comunidad. No querían estar con los Yuqui. Gimena tenía que estar dos semanas y el resto del personal de salud había salido. Estaba sola.

«Esas dos semanas fueron las dos semanas más crueles de toda mi vida. Siempre he sido muy fuerte y me gustaron las aventuras, viajar me encanta. Esas dos semanas me quedé sola, en esta casa donde hay muchas ratas y estaba yo sola, sola, sola. La gente por momentos me parecía salvaje. No hay luz, ni velas traje, solamente mi celular al que se le acababa la batería. A veces estando sola escuchaba una canción y apagaba para no sentirme sola. Para mí, fue muy, muy duro. Solita me decía: “No voy a llorar, no me voy a desesperar”, porque si eso pasaba, no había nadie que me decía alguna palabra de aliento.»

Y con el tiempo la doctora se adaptó: «Después dije, tengo que cambiar todo. El sol tan bello. Estos pajaritos, que lindo. Desde este momento cambió todo para mí. Cuando volví, al otro mes, me adapté. Pero las primeras semanas, nunca había sufrido tanto en mi vida. Es algo bonito recordar. Porque superé todo eso y me siento muy valiente. Cualquier cosa lo puedo lograr».

Como si por pasar mucho tiempo con los Yuqui, la tristeza también le llega a la Gimena, y los recuerdos de su muerte: «Lo más difícil que me pasó en mi vida fue la muerte de mi esposo. Teníamos una familia muy linda. Eso fue lo más duro de mi vida personal. Pero de mi vida profesional esto aquí fue lo más duro. Y digo a mis hijas: “que venga lo que quiera. He empezado a aceptar todo”. Al principio le dije a Dios ¿por qué me has castigado? Hasta que cambié mi idea y dije: “gracias por bendecirme por conocer este lugar”. ¿Te imaginabas que había este lugar? Nadie se imagina», recuerda Gimena Torrico.

Y no ha sido cualquier tiempo que le ha tocado aquí. La crisis sociopolítica en Bolivia que empezó en 2019. Luego la pandemia. Derrumbes e inundaciones.

Gimena es originalmente de Oruro, ahora vive en Cochabamba y pasa más o menos la mitad de su tiempo en Bía Recuaté con los Yuqui. Viniendo desde afuera siente estos choques con las diferentes maneras de pensar y ser de los Yuqui. Por su reciente contacto aún se considera en estado de Contacto Inicial por antropólogos. Por ejemplo, el concepto de los tiempos. No puedes decir a los Yuqui que tomen una pastilla a tal hora o tal día. O que atiendes en un horario especifico. Es difícil.

La amenaza pandémica

«Apenas nos enteramos de la Covid-19 yo decía: ¡este pueblo va a desaparecer! Porque nos han informado que, a las enfermedades de base, se les aumenta la Covid-19 y es fatal. Y aquí la mayoría tenía desnutrición, tuberculosis o anemia». Pero no fue tan grave como la doctora temía. Hasta ahora se ha registrado 23 casos que han dado positivo de Covid-19.

Y justamente la tuberculosis es una de las grandes preocupaciones de la doctora para el pueblo Yuqui:

«La tuberculosis ha matado su población cada año en gran número. Es la enfermedad de los pobres. Donde vive mucha gente, no hay limpieza, la alimentación y la higiene también es muy mala. Todo eso hace que la enfermedad esté prevalente en todos sus habitantes. Es una enfermedad terrible, que en gran parte de Bolivia esta erradicada, pero aquí es el pan de cada día. Por el hecho del agua que no es potable, también hay parasitosis, anemia, desnutrición y también hay micosis”.

En otras palabras, un cuadro muy complejo, un pueblo con graves problemas de salud.

Eso no es raro en un pueblo como los Yuqui en estado de contacto reciente. Ellos no disponen de anticuerpos para las enfermedades de la sociedad mayor. Son especialmente vulnerables a enfermedades de extrema gravedad como por ejemplo tuberculosis y micosis pulmonares. Esta situación de vulnerabilidad se ve en todos los pueblos indígenas en la Amazonia en su proceso de contacto inicial.

Recuerdos de la vida nómada

En una hamaca de tejido encuentro a la señora Rosa Isategua Guaguasu, de 72 años. Esta junto a su hija Ana. En su familia todos sufren de tuberculosis y tosen mucho, todo el tiempo.
Rosa tiene una mirada dulce y nostálgica. Recuerda el tiempo antes de Bía Recuaté. Su relato fluye entre español y el idioma Yuqui, Biaye, intentamos seguirlo.

«He vivido al monte. Había tanta fruta para comer. Toda la gente sacaba fruta. No sufrimos para comer. La gente robaba plátano para comer. Dormimos afuera tranquilos, en hamacas nomas, no había camas. Había carne, mono, chanchos. Los hombres cazaban. Así era en el monte».

Y a ella le llega también rápido la tristeza Yuqui y sus ojos se hunden:

«Mi esposo nos ha dejado. Y mi hijo. Mi mamá. Mi hermana. Se fueron a la casa de Jesús. He sufrido mucho. Extraño a mi mama, a mi hermana. Mi esclava también murió».

Cuando los Yuqui vivían en la selva era común tener esclavos como nos lo cuenta Rosa. Y los robos a los campesinos causaron conflictos, hasta muertos, tanto de Yuqui como de colonos.

El choque entre vivir libremente en la selva, como los Yuqui y el concepto de propiedad privada de nuestra sociedad “moderna”, de los colonos ha sido y es muy fuerte.

Rosa cuenta que vino a Bía Recuaté con su primer hijo y su esposo. Y sobre los Yuqui que aún viven en aislamiento voluntarios.
«Los bárbaros hay en el monte. Miel de abeja han sacado. ¡Estaban bien cerquita los bárbaros! Mi hijo los vio cuando se fue a bañarse en el rio. Tenían una mochila para llevar plátano».

Rosa se emociona mucho hablando de los hermanos Yuquis en el monte. Esta tejiendo un bolso con un hilo hecho de la fibra de un árbol, ambaibo.

Con inocencia foránea la pregunto quién la ha enseñado a tejer, esperando que hablara de su familia, me responde: «Teresa. Una gringa».
¿Que define a los Yuqui? ¿En qué consiste su cultura hoy en día? Todo se transforma, nuestras culturas no son algo inmutable.
Nos interrumpe el hijo de Rosa que llega muy borracho y nos hecha del lugar. No queremos problemas, sabemos del carácter Yuqui. Nos vamos. Otro día nos encontramos con Rosa sonriente, cosechando el fruto coquino junto a otras mujeres. Será la comida del día. Se les nota cómo aún mantienen sus costumbres de cosechadores y cazadores, su conexión con la selva que les rodea.

* El fruto Isategua es la inspiración de muchos apellidos de la comunidad Yuqui, los cuales ayudan a preservar su identidad y cultura. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Morir de pobreza

Gimena, la doctora, también cuenta sobre “los bárbaros” (Yuqui que viven en aislamiento voluntario). Les tiene miedo.

Según un estudio de la antropóloga boliviana Ely Linares, se estima que existen unas 20 personas o 3-4 familias Yuqui que permanecen en situación de aislamiento voluntario es decir sín contacto con el mundo exterior. En el mundo hay alrededor de 100 pueblos que viven en aislamiento voluntario, la gran mayoria en la Amazonia, sobre todo en Brasil, pero tambien en Colombia, Venezuela, Ecuador, Peru y Bolivia.
Para cualquiera, la noche en esta alejada comunidad, intimida, asusta, impresiona. Y los sueños en Bia Recuaté son pesados. Una noche sueño que mis padres me iban a mandar a un orfanato, que no me podían cuidar. Era chiquitita y fue tan real, que me quedé casi con la duda. ¿Fue un sueño o un recuerdo lejano? Todo el día me quedé impregnada de un profundo dolor. “¿Será que había interiorizado la tristeza Yuqui?”. El sentimiento de ser abandonado, de no pertenecer.

La doctora a veces se siente frustrada porque las habitantes del pueblo no le hacen caso y siente que no toman en serio su salud:

«No les gusta que les llamen la atención. Pero a veces es necesario hablarles duro, sobre todo si se trata de su salud, porque se trata de su vida. No estamos hablando de otra cosa cualquiera, sino lo más importante que tiene el ser humano que es su vida».

Gimena cuenta cómo todo el pueblo se enojó con ella porque había muerto una señora, en la ambulancia, camino al hospital. Y las cosas se pusieron feas hasta que don Abel llegó a defenderla. «Ese día estaba lista para irme. Me querían linchar y no era mi culpa». El tiempo desde que llaman a una ambulancia hasta llegar a un hospital afuera es de aproximadamente 4 horas. «Es terriblemente duro cuanto eso sucede».
Ahora Gimena está preocupada por Carmen, que quería tener su bebé en la casa. «Si pasa algo se puede desangrar en camino al hospital y ella y su bebe pueden morir; los dos».

También se entristece recordando cuando murió un niño pequeño con severa desnutrición y anemia. Había tratado de convencer a los padres de llevarle al hospital afuera, pero no querían y el niño murió. «He llorado mucho. Amaba a aquel niño muchísimo. Cuando decidí estudiar esta carrera, no dije: “voy a ganar millones, sino que voy a ayudar a la gente, porque la gente se muere por pobre y porque no conocen. Si no tiene plata, se muere, porque no hay cómo pagar lo que cuesta sanarse”. Para mí, trabajar con ellos es una bendición muy grande. He aprendido miles y miles de cosas con ellos. Yo quiero que estén bien pues. Les tomo como mi familia», dice la doctora Gimena y cuenta cómo les extraña cuando está afuera, y siempre les llama para felicitarles para su cumpleaños. «Ellos no saben que tienen cumpleaños pues, yo soy la única que sé de estas cosas».

«Grave desean a nuestro territorio»

Un día está convocado un trabajo comunal, van a limpiar el camino. Carmen tenía cita con su doctor el mismo día por su embarazo. “Estoy preocupada. Pero es que no podía faltar a esta cosa en la comunidad. No puedo,” explica Carmen. “Voy a pedir otra cita”.

Para la ex cacique es importante el plan de Manejo que tienen para la protección del territorio.
“Ahí los colonos nos respetan, si no hay plan de manejo pueden entrar al golpe a nuestro territorio, grave lo desean nuestro territorio, por eso armamos el plan de manejo para que no circulen dentro de nuestro territorio, no siembren coca digamos.”
Carmen también cuenta sobre los Yuqui en aislamiento voluntario que están viviendo adentro del territorio:
“Hay gente, nuestros parientes mismos, gente que no conocemos, pero ellos viven dentro de nuestro territorio los parientes Yuqui.”
Aparte de que el territorio es importante para la sobrevivencia de los Yuqui mismos, también territorios indígenas son la manera más importante de proteger los bosques.

Según un reciente reporte publicado por la oficina regional de la FAO para América Latina y el Caribe, los pueblos indígenas de América Latina son los mejores guardianes de los bosques de la región con tasas de deforestación hasta un 50 % más baja en sus territorios que en otros lugares.

La ex cacique es una mujer fuerte, se la luce su espíritu Yuqui, guerrera. Que no duda en pelear contra narcotraficantes u otros interesados en su territorio.

“Como autoridades ya estamos amenazados de ellos. Decían, que nos van a matar, así nos amenazaban ellos. Grave me he enfrentado con gente de afuera, para que no ingresen más cosas ilícitas, grave ha sido cuando era dirigente. Por eso a veces cuando no quieren escuchar con flechas vamos a bloquear, así es nuestra costumbre,” cuenta Carmen.

“Ahí los colonos nos respetan, si no hay plan de manejo pueden entrar al golpe a nuestro territorio, grave lo desean nuestro territorio, por eso armamos el plan de manejo para que no circulen dentro de nuestro territorio, no siembren coca digamos.”

Llorar como un canto

Naty Belen Guaguasu Guasu, de 15 años, está estudiando en cuarto año del secundario en el colegio en Bía Recuaté junto a 79 otros niños y niñas. La comunidad también cuenta con un internado que es financiado por los recursos del aprovechamiento de la madera del plan de manejo de su territorio indígena. En el internado viven unos 30 niños. Algunos son huérfanos que han perdido sus padres en la epidemia de tuberculosis. Y también niños cuyos padres salen a trabajar afuera, prefieren dejar a sus hijos ahí, para que estén en la comunidad.

«Me siento orgullosa de ser Yuqui, ¿por qué debería tener vergüenza si aquí estoy viviendo? No hablo tanto Yuqui porque mi mama no enseñaba. Solo lo que he aprendido con mi abuela, quien ya se ha fallecido».

Y a la adolescente también le llega la nostalgia y el recuerdo de la muerte: «Mis dos primas fallecieron al mismo tiempo, el año pasado en un accidente en moto en la pandemia. De mi tamaño eran, Jaquelin y Nancy», y baja la voz cuando las nombra. Los Yuqui normalmente no deben pronunciar los nombres de los muertos.

«Cuando una persona fallece, toditos vienen, tienen otra forma de llorar.
No puedo hacer eso. Hablan en el idioma y lloran como un canto. Mi abuelo Lorenzo llora así. Y cuando las ranas lloran, va a llover dicen».
Mientras hablo con Naty Belén, llora el cielo. Para la quinceañera un tema importante es la falta de electricidad en su comunidad: «No hay luz, solo vela o linterna. También tienen que limpiar la antena, porque no hay señal», señala algo que parece un árbol, pero que resulta ser una antena para internet.

* Naty Belen, joven Yuqui sobresaliente estudiante de su comunidad. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

El miedo de perder el idioma Yuqui

Dina Ie Guaguasubera, de 27 años, es la cocinera para los niños del internado. La pregunto sobre canciones. Todas las mujeres me cantan, en Biaye, canciones cristianas. Incluso éstas hablan de la tristeza: «Que estés feliz y nunca triste, porque Jesús vive, no estés triste», me traducen. Aún se siente fuerte el legado que han dejado los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT), que dejaron la comunidad en 2005 cuando el Gobierno boliviano retiró su permiso para trabajar con los Yuqui.

«Era mejor mi comunidad antes. Ahora la veo muy triste. El idioma es lo que más me preocupa. Cuando era niña, mi papa y mama me enseñaban hablar el idioma. Y ahora hay dificultades, hasta mis hijos, no saben hablar mi idioma, si entienden, pero no hablan. Yo sé hablar bien porque desde pequeñita mis papas me han enseñado hablar el idioma. Los niños de ahora no saben hablarlo. Es muy importante que aprendan a hablar, porque nosotros somos poquitos y tal vez se pierda. El idioma ya nadie va a hablar. Tal vez yo me muero y mis hijos no van a saber. Si no saben, se puede perder mi idioma. Tengo miedo de que pierda mi idioma, porque los niños de ahora no saben hablar el idioma, puro castellano nomas. Si eso pasa, es como si fuera que no vamos a existir los Yuqui».

Según el atlas de Unesco de las lenguas del mundo en peligro, el idioma Yuqui se encuentra en grave peligro de extinción. De acuerdo a un estudio de la antropóloga boliviana Ely Linares el 75% de la población Yuqui habla su lengua biaye (más conocido como Yuqui).

La mujer Yuqui cuenta cómo a veces sufren discriminación cuando van al pueblo de Chimoré. «Hablan mal de nosotros, dicen los Yuqui son cochinos, los Yuqui son flojos. Así habla la gente de afuera. Dicen cuando uno está sentado ahí comiendo. Por qué comen en la calle, por qué no van a su casa o por qué no comen en una mesa. Así nos miran. Pero la gente trabaja afuera. Y comen pues, no tienen una casa; trabajan, se buscan la vida».

En Chimoré también nos llega esta fuerte percepción de los Yuquis. Un señor nos cuenta que en el pueblo se ha querido sacar a todos los Yuquis hace un par de años. Que los Yuqui robaban la comida del plato de la gente en el mercado; que dormían en la calle, que no respetaban las reglas de convivencia de la sociedad en el pueblo.

¿Como seria para nosotros, si tuviéramos que vivir como nómadas en la selva? Es difícil imaginarse un cambio tan drástico en la vida. ¿Es por eso por lo que los Yuqui sienten esa tristeza? No pertenecen ni de aquí, ni allá.

Son choques fuertes entre valores y maneras de vivir. Situaciones que se repiten con otros pueblos en contacto reciente como es por ejemplo con el pueblo Nukak en Colombia. Su territorio también ha sido invadido por colonos y cocaleros.

¿Me pregunto cómo estamos tratando y recibiendo a estos pueblos como “civilización”? Después de hablarles movido a los yuqui a la fuerza de su lugar en la selva. ¿Cómo les estamos respetando en su modo de ser y vivir? ¿Y qué dice este trato sobre nuestra sociedad? Me pregunto eso y también me llega la tristeza yuqui.

Alcohol y niñas-madre

Otro tema complejo con pueblos en contacto inicial como los Yuqui es el tema de adicciones. Ya sea de azúcar, de medicinas, de alcohol o de drogas.

Dina nos cuenta que ella y su esposo tenían problemas con alcohol desde hace menos que un año: «Cuando era chica, era bien fiestera y me gustaba tomar. Él borracho llegaba, me pegaba, feo me pegaba. ¡Yo también le pegaba con palo y todo! Pero hemos dicho: “mucho estamos tomando, hay que cambiar nuestras vidas”. Nos hemos reconciliado con el Señor, tratamos de cambiar nuestras vidas. Ya no voy a la fiesta, mi marido ya no toma, y estamos tranquilos con nuestros hijos. Como medio año ya no tomamos».
Tienen cinco hijos; su primer hijito lo tuvo con 14 años. Algo normal en los Yuquis: las niñas-madre. Y no es raro que el padre es de la misma familia.

«Las niñas están al cuidado de nadie, están en la calle y cualquier cosa puede pasar. Parece que en mujeres adultas lo mismo ha pasado. Algo normal. Una costumbre con ellos. Y parte de su cultura hasta que se podría decir, que nos choca a nosotros. Pero es así —relata preocupada la doctora Gimena—. Los hombres están con una mujer o una niña. Es triste. Hay una señora que tiene 6 deditos. Otros tienen deficiencias intelectuales por estas situaciones. Sus padres son hermanos o primos. Y así hay varios casos».

* La maestra Claudia Bazoalto, una de las más antiguas educadoras de la escuela de Bia Recuate. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Los primeros bachilleres de Bia Recuaté

Claudia Bazoalto Almaraz, de 30 años, es profesora en la primaria en Bía Recuaté. Recuerda su llegada hace más de tres años: «Verlos era algo triste. Siempre salían, no se quedaban aquí. Siempre los veía allá en el pueblo (Chimoré). Estaban queriendo olvidarse de su cultura. Los maestros hemos trabajado bastante en concientizar, en que su comunidad no debe ser olvidada, más bien debe ser valorizada, su cultura y su lengua».

Todas las tardes la profesora va al rio a bañarse y a lavar ropa. Un paisaje bello, atardeceres espectaculares. Pero también es por falta de servicios: «aquí faltan los servicios básicos, luz eléctrica, agua potable. Ellos todavía carecen de esto. Tienen derecho a tener energía eléctrica, de vivir cómodos. Por falta de servicios básicos, emigran al pueblo; y como ven que hay luz, hay agua, entonces prefieren estar allá».

El año pasado salieron los dos primeros bachilleres de Bía Recuaté, y fue un evento del cual toda la comunidad se sintió orgullosa. Y al verlos en el pueblo Chimoré, dicen: “Mira ahí están nuestros bachilleres”. Es un gran logro para los Yuqui. Pero la profesora está preocupada porque hay un problema con asistencia a la escuela con las chicas. «Las mujercitas en la etapa de adolescencia están desertando de la escuela. Piensan que ya tienen que formar familia y no es tan importante el estudio. Con sus 13-14 años algunas ya están embarazadas. Eso preocupa. Tienen una mentalidad un poco perdida. Preocupa que a una edad temprana muchas han dejado de estudiar». Claudia habla apenada de tres hermanas huérfanas que venden el cuerpo de una de ellas a los hombres en el pueblo de Chimoré.

* Personas Yuqui en un terreno comunal que tienen el en pueblo de Chimoré. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Candidata Yuqui

Irma Guasu Guaguasu, de 25 años, fue elegida concejala Yuqui para en el municipio de Puerto Villarroel. Representando a su pueblo Yuqui, con orgullo y con un poco de nervios también, se pone su vestimenta tejida, “típica” Yuqui. Lucha para mejorar las condiciones de vida para su pueblo, quiere que su comunidad Bía Recuaté salga adelante. «Somos poquitos, pero ahí vamos, adelante». La lideresa está gestionando para que llegue luz y agua a su comunidad.

«Deberíamos ser orgullosos, de ser los únicos a nivel nacional. Somos los únicos Yuquis que existen. ¡No hay más! Para que puedan vivir la gente 100% en la comunidad, nosotros debemos tener luz y agua. Muchas veces, por eso salimos nosotros, porque no hay agua. Nos enfermamos. Digamos por tema del agua y de la luz. Ya no quieren vivir en oscuridad. Como hace años con velita hacemos nuestras tareas. Deseo que algún día llegue la luz. Eso es mi sueño, agrandar la comunidad».

* Dina Guaguasuvera, preparando los alimentos para los niños y niñas Yuqui del internado en Bia Recuate. (Foto/ Sara Aliaga Ticona)

Revivir en pandemia

Retornamos con Dina —la cocinera del internado—, y sus recuerdos: «Mi papá era cazador. Cazaba el mono arriba, con flecha. Tenía también escopeta. Nos traía fruta del monte, miel y carne. Buena gente era mi papá. Pero se ha muerto. Se ahogó en el rio hace poco.
Mas bonito era todo cuando era niña, mi comunidad. Ahora los veo tristes porque la mayoría salen. Abandonan su casa, su comunidad».

A causa de la pandemia, muchos Yuqui regresaron a su comunidad para protegerse. «Contenta paraba yo, bonito era mirar a ellos. Lleno en el rio, todos a pescar. Comían bien. Harto pescaba mi gente. Íbamos al rio, harta gente bañándose. Me sentí feliz porque toda mi gente ha venido en tiempo de pandemia».

El sueño de Dina es que sus hijos sean profesionales: “quiero que ayuden a la comunidad. Sueño que un día va a haber una buena carretera, que va a haber plaza aquí y tienda. Que va a mejorar la comunidad. Tienen que imaginarlo, les digo a mis hijos. Me imagino, mamá. Va a haber plaza mamá, cuando seas abuelita”.

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Lise Josefsen Hermann

Periodista | Corresponsal

Lise lleva más de 10 años como freelance, insistiendo —sobre todo al público del norte de Europa— sobre las condiciones humanas en Latinoamérica y la huella que dejamos en el mundo. Reporta para varios medios de Dinamarca y Noruega, así como internacionales (NYT, DW, BBC, El País) y oenegés (Amnistía Internacional y Oxfam). Es Pulitzer Grantee y ha recibido apoyo de National Geographic, Clean Energy Network (CLEW), Fundación Gabo & Open Society Foundation. Se enfoca en temas ambientales, DDHH, migración y pueblos indígenas.

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Sara Aliaga

Fotógrafa documental | Comunicadora social

Comunicadora social, fotógrafa documental y exploradora de National Geographic radicada en la ciudad de La Paz. fundadora del primer colectivo de fotógrafas de Bolivia, War-MiPhoto. Sus ejes temáticos de investigación se basan en género e identidad, derechos humanos y pueblos indígenas. Ganadora del tercer lugar POYLATAM (2021), ganadora del Fotoevidence Book Award, World Press Photo, como parte del colectivo CovidLatam (2021)

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