Entrevistas

La última pregunta de esta entrevista abre las puertas a una dimensión nueva de la conversación. Pero para llegar al final habremos de hacer todo el recorrido. En el prontuario de Agus Morales encontramos emblemáticas coberturas en Oriente Medio y en África, corresponsalías en la India y en Pakistán, y tres libros: el último hasta la fecha es Cuando todo se derrumba (Libros del KO, 2021), una crónica-ensayo que analiza cómo se vivió la crisis pandémica en España, sus conexiones con otras emergencias en diferentes partes del mundo y la función social del periodismo

La escena exótica del periodista viajando a recónditos lugares del planeta dista del trabajo esencial del reportero. Un trabajo meticuloso que el propio Morales admite que llega casi a los límites de aburrimiento. Son necesarias muchas horas de observación y escucha hasta poder atravesar la superficie. El co-fundador y director de la revista 5W afirma que llegar tarde es relativo, que se puede llegar tarde y llegar mejor, o como mínimo intentarlo. Sin embargo, la pandemia del coronavirus propició algunos cuestionamientos en la forma de hacer periodismo. No solo cambió el lugar de reporteo sino también los tiempos. Entonces desde 5W decidieron seguir trabajando en las crónicas de larga distancia pero también abordar lo que estaba pasando en ese momento. Fieles al estilo de la revista, apostaron por la utilización de las herramientas del periodismo literario para contar la actualidad, terrible y apasionante al mismo tiempo.

Cuando todo se derrumba nace con el afán de dejar constancia de la pandemia. Una crónica que lejos de las curvas y los números conecta con las personas y sus vivencias. No se trata de reflexionar desde compartimentos estancos sino de generar puntos de unión con otras circunstancias motivando un mayor entendimiento de la realidad.

Puedes saltar toda la entrevista y dirigirte a la última pregunta, aquella que equipara la poesía con el periodismo, y darte por satisfecho. O puedes leer la entrevista completa y cuando llegues al final darte cuenta que esto acaba de comenzar, que un camino conduce a otro sitio y que la realidad no es un hecho concluyente. Entonces el periodismo de larga distancia se transformará en un recorrido capaz de ensanchar el horizonte del lector.

En Cuando todo se derrumba afirmas: “quiero contar lo que pasó durante aquellos tres meses desde el único punto de vista posible: el mío”. ¿Hay un punto de inflexión en tu forma de hacer periodismo, a partir de la pandemia?

Sí. Yo estaba acostumbrado a trabajar de corresponsal o hacer coberturas como enviado especial en diferentes países del mundo. Barcelona era un paréntesis: el lugar donde vivía mientras esperaba una destinación para ir a cubrir lo que pasaba en otros lugares. En los últimos años también era el sitio desde donde gestionaba 5W. El lugar de reporteo siempre había estado lejos de donde vivía, hasta que llegó la pandemia y esto cambió. Me pasó personalmente, y por eso escribí el libro, pero también nos pasó en la revista. Hasta ese momento teníamos la tendencia de publicar poco de lo que ocurría en Cataluña o en España, pero cada vez lo hemos hecho más.

Hemos tenido que derribar el exotismo del que a veces sufrimos los que hacemos periodismo internacional.

En el caso de la pandemia, me cuestioné que si había cubierto la epidemia de ébola en Liberia o la crisis política en Pakistán cómo no iba cubrir una crisis sanitaria que pasaba donde yo vivía. Ese fue mi punto de partida. Supuso un punto de inflexión que se refleja en el libro, por eso el uso pronunciado de la primera persona. A diferencia de otras coberturas en las cuales yo tenía un billete de ida y vuelta, estaba frente a una situación que nos afectaba a todos.

Entre otras tantas razones sostienes que lo que te llevó a escribir este libro fue la búsqueda de lo universal, la liquidación de las ficciones que nos separan. ¿Puedes profundizar en esta frase?

Siempre he tenido la idea de que lo que ocurría en Yemen, por poner un ejemplo, no era comparable con lo que puede pasar en un país europeo como España. Hay evidentes diferencias socioeconómicas, culturales, etc. De alguna manera puede ser obsceno comparar lo que pasa pasa en un lugar y en el otro. Ese es el sentido con el que hablo de la liquidación de las ficciones que nos separan. Es evidente que la pandemia golpea de forma diferente a un país que a otro, pero hay una relación antropológica común: eso es lo que he buscado o lo que he encontrado durante estos meses. Hay diferencias y también similitudes. Lo que ocurrió en España era una emergencia que se puede cotejar con lo ocurrido con el ébola en Liberia o incluso en los rescates en el Mediterráneo. Bajo las diferencias anida un sustrato común. Por eso en este libro, más que la búsqueda de la diferencia, hay una búsqueda de similitudes. Eso también implicó un cambio en mi forma de trabajar.

La mirada de corresponsal siempre me ha llevado a fijarme en la diferencia.

En este caso la operación era la inversa: buscaba los puntos de unión entre una doctora en Barcelona y una enfermera en Sudán del Sur. Creo que eso era lo interesante, sin negar las obvias desigualdades sociales o económicas. Yo pensaba que esa comparación podía ser injusta, pero ahora creo que tiene sentido. Y fruto de ello escribí este libro.

¿En qué momento decides que el covid-19 no puede tratarse desde su propia individualidad y comienzas a generar vinculaciones y paralelismos con tus otras coberturas anteriores, como la muerte de Bin Laden, los refugiados, el ébola?

El punto de partida fue durante las semanas previas a la declaración del estado de alarma. Me venían muchos recuerdos de lo que viví en Uganda, en Sierra Leona y Liberia durante la cobertura que hice del ébola. Pese a que veía muchos puntos de unión, intentaba ser muy prudente. Sentía que por su dimensión no podía comparar una cosa con la otra. En aquel momento la epidemia de ébola en África occidental había causado más muertes que la del coronavirus. Poco a poco fui escribiendo alguna colaboración y fui al programa de radio Catalunya nit, donde hablé sobre la relación entre el coronavirus y el ébola. Entonces llegó un momento en el que me dije: quizás sí que podemos buscar puntos de unión. Me di cuenta que la prudencia me había hecho cometer algunos errores. Debía haber sido más agresivo. Tenía la obligación de hablar de forma clara. No son tantas las personas que han visto grandes epidemias, el dolor que causan, el juego político que desatan, las sociedades que rompen. A finales de marzo escribí un ensayo que fue uno de los embriones del libro. Llevaba por título Ensayo sobre el ébola y el coronavirus y se publicó en la revista 5W poco después de la declaración del estado de alarma. A partir de ese momento empecé a reportear. Publiqué algunas crónicas en 5W y alguna cosa en The New York Times. Entonces me dije: esto es un libro, y volví a la idea original de ese ensayo. Cuando supe hacia dónde quería ir me puse a escribir Cuando todo se derrumba.

Afirma Leila Guerriero que cree profundamente en un periodismo crítico, pero que el periodista que escribe todo el tiempo “en contra de” acaba en un lugar común. También hay que ponerse incómodo uno mismo. En este caso, la situación de por sí ya era tensa; pero también tú decidiste salir de lugares comunes y escribir de una manera diferente. ¿Cómo fue ese proceso?

Lo que más me costó fue escribir lo que pasaba en España como si fuera cualquier otro país. Tal como te decía, acostumbrado a hablar de situaciones o conflictos de otros países me encontré con el reto de hablar de lo de aquí: el lugar donde vivo. Martín Caparrós dice que la crónica más difícil es la que está a la vuelta de tu casa. Superadas ciertas barreras mentales hice lo mismo, incluso seguí mis mismas rutinas, que en otras coberturas internacionales. Comparado con No somos refugiados, que cubre una década de trabajo, este otro lo escribí relativamente rápido. También lo escribí pronto porque el libro pedía urgencia. Era otra forma de trabajar. Yo intento siempre centrarme en la larga distancia y en ese momento me encontré con el reto de llevar el periodismo literario a la actualidad, lo que en inglés llaman el breaking news, la última hora. Ahora creo que se puede hacer. En este caso tenía sentido intentarlo.

En un pasaje del libro explicas la historia de Sara, una niña cuya madre muere ahogada en el Mediterráneo. Delante de esa situación tienes una fuerte reacción y acabas interviniendo exigiendo a gritos humanidad. Afirmas que sabes que en esos momentos estás dejando de ser periodista y que has abandonado eso que llaman neutralidad. Estamos frente a un relato con abundantes paralelismos entre otras situaciones extremas y a la vez una reflexión profunda sobre el oficio del periodismo.

Lo que critico es la sacralización de algunos valores asociados al periodismo. Hay ocasiones en que la práctica de ciertos valores, como por ejemplo la neutralidad, raya lo absurdo. Sara es una niña de Costa de Marfil que tiene cuatro años. Durante la travesía su madre muere y llega huérfana a las costas de Sicilia. Cuando vi que las autoridades no estaban gestionando su caso reaccioné de forma irracional. Todos hemos visto situaciones injustas y no por ello nos hemos rebelado. Fue una de esas veces en las que yo reaccioné. Esta situación la relaciono con la de un enfermero que conocí en Badalona. Durante la pandemia vio morir a mucha gente en la UCI pero se obsesionó con un chaval de 33 años que murió en las primeras semanas. Intentaron salvarlo pero no pudieron. Es una paradoja fijarse en una persona, desigualizarla, cuando todo el mundo está cayendo. Es irracional pero a la vez es muy humano. En ese sentido, creo que es interesante establecer la relación entre una persona que se dedica a la medicina y una que se dedica al periodismo. Por otro lado, creo que esa crítica a valores periodísticos como la neutralidad es necesaria para que estos valores sigan vivos. Si admites los límites, que en determinado momento puedas perder esa referencia, simplemente revela que eres una persona y eso no tiene por qué ir en contra del periodismo, al contrario: lo debería reafirmar.

Durante el reporteo propones a varias personas, sobre todo a personal médico, que quieres ser su sombra. ¿Qué es lo que haces durante ese tiempo de seguimiento?

Al final lo que haces es pasar el tiempo con esa persona. Es complicado. Lo más valioso que tenemos es el tiempo. No sólo los periodistas sino todo el mundo. No sé cómo lo vive la persona porque no estoy en su piel. En mi caso, pasar el tiempo implica compartir momentos, mantener el contacto, escuchar y, entre comillas, casi llegar a aburrirse. Parece sencillo pero cuesta mucho hacer ese ejercicio. Uno no sabe hasta qué punto tiene sentido. He seguido a personas de las cuales no he desarrollado su historia ni en el libro ni en otros lugares. En mi caso, tengo poca conciencia de lo que hago en ese momento. Voy allí como oyente y observador. En esa información me baso para escribir lo que veo e ir entrevistando a esa persona. Después intento hacer un retrato justo de lo que he visto.

La periodista, recientemente fallecida, Janet Malcolm afirmaba que tomar partido es inevitable. El periodista se gana la confianza de las personas y luego las traiciona sin remordimiento alguno. ¿Te has sentido así en algún momento?

Estoy de acuerdo con que en todo momento uno toma partido. En mi caso, muchas veces he sentido remordimiento. Cuando una persona me da mucho tiempo de su vida siento que estoy generando un compromiso que no siempre puedo saldar. Cuando entrevistas a una persona se sobreentiende que es para publicar y no para guardar. Aunque, a veces, no es posible por motivos de la industria, por mi forma de trabajar o por la demanda del propio relato. Sin embargo, la persona que te ha dado muchas horas o días de su vida no tiene porqué entender eso. Es algo que personalmente me pesa bastante.

La jefa de la UCI se puso furiosa porque nadie le había avisado que había periodistas. ¿Hay desconfianza en el periodismo? ¿Tiene el periodismo mala fama o ha habido cosas que se han querido encubrir?

Las dos cosas. Durante las primeras semanas de la pandemia hubo la voluntad de ocultar lo que estaba sucediendo. En vez de ver las imágenes de pasillos de urgencias atestados de gente, o incluso imágenes de las UCI, lo que estábamos viendo era la gente aplaudiendo en los balcones.

Por otra parte, la desconfianza en el periodismo por parte de las instituciones y diferentes sectores de la sociedad cada vez es más notoria. Este miedo podría entenderse como algo positivo. Si alguien tiene algo que ocultar es normal que sienta un cierto temor. Esta actitud, incluso confirmaría que el periodismo está haciendo bien su trabajo. Sin embargo, cada vez más noto mayor desconfianza hacia lo que el periodismo puede hacer mal. Esto viene asociado con que hay muchísimos medios, muchísimos periodistas y muchísimas formas de ejercer el oficio. Y justamente la forma de hacer periodismo que llega a más gente, la que hace más ruido, es la que hace que la gente ya no se fíe de periodista.

Por poner un ejemplo: imagínate que en una residencia de ancianos alguien quiere denunciar lo que está pasando. Tendrá dudas sobre con qué periodistas hablar. Pensará que es un tema muy delicado y que puede ser utilizado de forma sensacionalista. Y lo entiendo. Sin embargo, no puedo entender que se usen esos argumentos para evitar que la prensa hable sobre ese tema. Es muy complejo. Lo cierto es que la relación de respeto entre el periodista y el lector y muchos otros sectores, en este caso el sanitario, se ha ido rompiendo y va ser difícil recomponer.

En una epidemia hay algo insoportable que se resiste a la narración, a los símbolos, a la liturgia: la arbitrariedad. La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de certezas de las personas. Necesitamos saber qué va a pasar mañana, si vamos a tener trabajo, si nos podemos contagiar. ¿Hace esto que los periodistas nos replanteemos nuestra función social?

Las epidemias tienen algo que es difícil de narrar y justamente tiene que ver con esa arbitrariedad. Estos días se habla del aumento de los casos y de los jóvenes, estamos buscando constantemente motivos, y muchas veces existe, pero siempre hay algo que se nos escapa. Estamos acostumbrados a paradigmas más clásicos como el de la guerra. De hecho, hay muy poca bibliografía de la pandemia de la gripe española, de hace un siglo, comparada con la de las guerras mundiales. Sin embargo, el número de muertos que causó fue impresionante.

Con Cuando todo se derrumba he intentado asir lo que sucedió durante el estado de alarma en esas primeras semanas de la pandemia en Cataluña, en España. Cuando releo el libro pienso: ¿esto pasó? No recordaba esa sensación, ese olor o ese tacto. El libro es un intento desesperado de fijar momentos. No sé si ahora le llegará a mucha gente pero lo hice con la voluntad de que quede como un relato de la pandemia. No un relato desde las curvas y los números, sino un relato que conectara con lo que vivió cada uno desde propias vivencias. Supongo que eso es una función social.

Durante las semanas de más impacto de la pandemia parecía que no existía nada más: el racismo, la violencia sexista o la explotación laboral repenteinamente se habían esfumado.

Ahora hay un rebrote de todos esos temas. Hay temas urgentes que aparentemente no tienen nada que ver con la pandemia y aparecen incluso con más fuerza que antes. Al principio parecía que solo existía eso. Parecía que ya no existían los conflictos, parecía que no había guerra en Siria o desnutrición en Sudán del Sur. Fue algo que me impactó mucho. El mundo se dividió entre todo lo relacionado con la covid-19 y todo lo demás.

¿El periodismo atraviesa un momento de polarización entre la inmediatez y la investigación?

Creo que siempre ha sido así. En 5W intentamos trabajar contra la actualidad y hemos acabado trabajando con la actualidad. Aunque siempre está presente esa esclavitud, esa dependencia de lo más inmediato. Creo que en este momento hay más periodistas a los cuales les gustaría trabajar contra la actualidad, pero quizás hay menos recursos o menos medios que antes. Es mi sensación. También depende del ámbito cultural y geográfico desde el que hablemos.

En los primeros compases de la cobertura de la pandemia sientes apremio por publicar y Anna Surinach sugiere hacer una pausa.

Sí. Yo decía que había que publicar ya. Me queda el poso de cuando trabajaba con el pulso de la actualidad en EFE. Lo que agota es no hacer bien la actualidad, pasar de un tema a otro y no poder profundizar en él. Sin embargo, en ese momento estábamos metidos hasta el fondo del asunto, éramos los primeros en entrar en la UCI y aquello tenía un valor. Entonces pensé: vamos a seguir trabajando en el largo recorrido pero también vamos a publicar lo que está pasando ahora. Era un momento importante y creímos que también podíamos utilizar las herramientas del periodismo literario para contar la actualidad. De hecho, hablando con Anna coincidimos que fue buena idea hacerlo. Luego lo llevamos al libro y ahora estamos pensando en una exposición. Apostamos por las dos velocidades. El problemas es cuando te quedas solo con el primer momento y no cuentas lo que pasas después.

Kapuscinski, que era un gran lector de poesía, decía que en la poesía está la búsqueda de la belleza. Quiero preguntarte por tus lecturas. Hay una riqueza estética en tu último libro que evidentemente está marcada por la poesía.

Ahora estoy leyendo una antología del siglo de oro español que se titula Paraíso cerrado de la editorial Galaxia Gutenberg. Un libro que me recomendó hace tiempo Alfonso Alegre, que además de ser un amigo es uno de los grandes expertos en Juan Ramón Gimenez, un gran poeta, uno de los que más he leído. Otro autor que está dando vueltas por mi casa es Baudelaire. Por algún motivo estos días lo he vuelto a leer.

Siempre tengo un libro de poesía abierto y es lo que más me gusta leer. Creo que la poesía es un buen método para llegar a la verdad. Periodismo y poesía comparten esa finalidad. Muchos periodistas usan mecanismos narrativos: escenas, descripciones, comienzos in media res, etc. Sin embargo, la poesía no suele estar presente en el periodismo literario. Hay relatos periodísticos que me gustan mucho, pero en el uso del lenguaje no acabo de ver dónde está la poesía. Me refiero al ritmo y a la sensación de que cada palabra es una metáfora fosilizada. Me refiero a la etimología: no es lo mismo una palabra que otra. Me refiero a la puntería léxica. Yo intento que la poesía esté presente en todo lo que escribo porque es una parte esencial de mí. No sé si es un obstáculo para llegar a la gente. Espero que no, porque no se trata de hacer un uso culto de la poesía sino al contrario, ir a lo elemental.

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Santiago Gorgas

Periodista, escritor y crítico literario. Colabora en diversos medios escritos donde publica reportajes en profundidad vinculados al ámbito social y la cultura. La escritura y la literatura son el medio del que se ha servido para retratar la realidad y sus matices. En la actualidad escribe en El Ciervo, tinta Libre, Revista de Letras, Núvol y Foc Nou.

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