Defensoras de la Amazonía: territorio, agua y vida frente al extractivismo
Mujeres indígenas y defensoras ambientales de distintos países amazónicos cuentan sus experiencias de organización y resistencia frente al extractivismo, la violencia y la criminalización, y reivindican su derecho a decidir sobre sus territorios.


Por Lise Josefsen Hermann | Fotos Rebeca Timpe + Lise Josefsen Hermann
PUYO, ECUADOR – Defienden ríos, bosques y montañas frente al petróleo, la minería y otras formas de extracción. También defienden el derecho a decidir sobre sus propios territorios. Durante el 12.º Foro Social Panamazónico (FOSPA), en Ecuador, conocimos a mujeres defensoras del ambiente de distintos países amazónicos. Hablaron de una lucha en la que se enfrentan a empresas, autoridades y estructuras patriarcales, pero también a amenazas, violencia y criminalización.
Para Zuly Rivera Nene, la defensa de la Amazonía no es un proyecto político que eligió más adelante en su vida. Es una mujer nasa de Putumayo, Colombia, y la defensa del territorio forma parte de una historia familiar.
“Soy parte de la defensa del territorio porque es algo que me enseñaron mis abuelos. Es la esencia misma de ser una mujer indígena, de ser una mujer nasa. El espíritu de mis ancestros siempre me ha enseñado a defender el territorio”.
Zuly Rivera Nene lleva una sonrisa segura, un poncho tejido de lana con motivos en tonos tierra y un sombrero de paja adornado con una cinta de colores vivos, en la que predomina el verde. En agosto participó en el 12.º Foro Social Panamazónico, en Puyo, Ecuador. Alrededor de 2.500 personas de 32 países participaron del encuentro, donde pueblos indígenas, comunidades locales, movimientos sociales, jóvenes y organizaciones de mujeres debatieron cómo defender la Amazonía frente, entre otras amenazas, al extractivismo y la crisis climática.
Por primera vez, la resistencia de las mujeres tuvo un espacio propio dentro de FOSPA, a través de la Casa de la Resistencia de Mujeres y Diversidades. Allí se trabajó, entre otros temas, sobre la participación política de las mujeres, la criminalización de las protestas, la militarización, la violencia, la salud y los conocimientos tradicionales de las mujeres indígenas.
No es casualidad.
Para las mujeres, la defensa de la Amazonía no es únicamente una lucha por el bosque. Está estrechamente vinculada con su cultura, identidad, autodeterminación y con el derecho a decidir sobre el territorio en el que sus familias y sus pueblos han vivido durante generaciones.
Las mujeres toman la palabra
Que las mujeres exijan un espacio propio en esta lucha no es algo que se dé por sentado: “No ha sido fácil para nosotras como mujeres en un Estado tan patriarcal y machista”, cuenta la colombiana Zuly Rivera Nene.
Las mujeres han tenido que luchar para ser escuchadas en los espacios políticos y organizativos donde se toman las decisiones sobre los territorios. Poco a poco, sin embargo, han ganado visibilidad.
Lo mismo ocurre con Wilma Mendoza Miro, de Bolivia. Es dirigente de la organización nacional C.N.A.M.I.B., que representa a mujeres indígenas de las tierras bajas, el Chaco y la Amazonía boliviana. Para ella, FOSPA es un espacio donde las mujeres no solo pueden hablar de los problemas, sino también intentar transformar las relaciones de poder.
“Es un espacio de visibilidad, de toma de decisiones y de reflexión”, dice Wilma Mendoza Miro.
De esta manera, las mujeres buscan pasar de ocupar un lugar detrás de los dirigentes hombres a convertirse ellas mismas en actoras políticas. Es importante porque también viven en sus propios cuerpos las consecuencias del modelo de desarrollo económico.
Cuando la lucha es por el agua
En la reserva de Tariquía, en el sur de Bolivia, lo que está principalmente en juego es el agua. Soraide Farfan Meza, de 23 años, creció en la zona y desde niña acompañaba a sus padres cuando participaban en protestas contra la explotación petrolera. A veces eso significaba faltar a la escuela. Hoy ella misma es activista.
“Lo que principalmente me motiva es defender Tariquía porque quiero mucho a las plantas, a los animales y al agua. Me dolería muchísimo que todo eso fuera destruido”.
Un proyecto de explotación petrolera está previsto cerca del nacimiento de las fuentes de agua de la zona. Para la población local, el riesgo no es abstracto. Es una amenaza concreta para sus medios de vida. Si el agua se contamina, afecta tanto a las personas como a los animales y a la agricultura.
Es un tema recurrente entre las mujeres presentes en FOSPA: la naturaleza no es una entidad separada que pueda protegerse únicamente mediante una reserva natural o un objetivo climático. Un río es, al mismo tiempo, agua para beber, alimento, economía, cultura y espiritualidad. Los pueblos indígenas no se consideran separados de la naturaleza, sino parte de un todo mayor. Todo está conectado: nuestras formas de vida y nuestras acciones se afectan mutuamente y afectan también a lo que nos rodea.
Claudia Piaguaje es vicepresidenta de ASOMI, una asociación de mujeres pertenecientes a cinco pueblos indígenas diferentes del sur de Colombia.
Describe un conflicto similar en Putumayo, donde una empresa canadiense busca cobre y otros minerales. La zona es una importante reserva de agua.
“Lo llaman tierras raras, pero para nosotros es tierra sagrada, donde todo es importante para el equilibrio de la Madre Tierra, para un ecosistema, para la biodiversidad”, explica Claudia Piaguaje.
Es un choque entre dos formas de entender la Amazonía. Por un lado, están muchas empresas, gobiernos —y también grupos criminales—, para quienes el territorio amazónico es una fuente de materias primas como petróleo, madera, minerales y otros recursos. Por otro, está la concepción del territorio como un lugar que debe mantenerse vivo, un ecosistema sagrado donde habitan personas, animales y plantas.
Cuando la visibilidad se convierte en un riesgo
Pero ser visible puede ser peligroso. Claudia Piaguaje cuenta que las mujeres que asumen posiciones de liderazgo pueden convertirse en objetivos tanto de grupos armados como de actores políticos.
“Cuando decides convertirte en líder y te haces visible, te conviertes en un objetivo para todos, tanto para los grupos armados como para los políticos. Así que corremos un riesgo”.
Por eso, la organización también tiene que ver con la seguridad. Las mujeres intentan construir redes en las que puedan alertarse mutuamente y apoyar a quienes reciben amenazas:
“Tenemos que hablar, no podemos quedarnos calladas. Tenemos que denunciar cuando haya algo que denunciar y seguir resistiendo y fortaleciéndonos mutuamente. Si no permanecemos unidas, no lograremos lo que queremos”, considera Claudia Piaguaje, de ASOMI, en Colombia.
Esta forma de solidaridad se repite entre varias de las mujeres. Para ellas, no se trata necesariamente de la lucha personal de una sola dirigente, sino de crear organizaciones capaces de continuar incluso si una persona es amenazada o tiene que retirarse.
“Es una cadena que debe continuar, en la que nos damos la mano para poder seguir adelante con lo que hemos comenzado. Y si nosotras no llegamos a verlo, serán quienes vengan después de nosotras quienes tendrán que hacerlo”, afirma Claudia Piaguaje.
La criminalización de las defensoras ambientales
Las amenazas tampoco son únicamente físicas. Varias de las mujeres hablan de lo que describen como la criminalización de las personas que protestan contra proyectos extractivos.
Danitza Quispe Wilca, presidenta de la organización de mujeres ONAMIAP, de Perú, lo dice directamente:
“Es evidente que somos perseguidas, criminalizadas y víctimas de violencia simplemente por defender nuestro territorio. Y eso también debilita a la organización, porque las personas son amenazadas y criminalizadas, y muchas veces no hay justicia”.
Cuenta el caso de doce integrantes de una comunidad que fueron denunciados después de un conflicto con una empresa que quería extraer minerales de su territorio. Fueron citados a una audiencia tras otra durante cuatro años. Entre los acusados se encontraba un hombre de 89 años que, según Danitza, fue señalado como líder de los disturbios, aunque podía demostrar que se encontraba en otra región en ese momento. El caso terminó con una sentencia favorable a la comunidad.
Pero para Danitza, el propio proceso constituye un problema. Cuando los defensores del ambiente tienen que pasar años defendiéndose de graves acusaciones, la organización local también puede debilitarse.
Lo mismo cuentan las defensoras ambientales de Tariquía, en Bolivia. Después de una protesta, 29 activistas fueron procesados y 12 fueron imputados. Una mujer activista se encontraba entre las personas imputadas. Las activistas describen sus acciones como pacíficas, pero cuentan que son presentadas como delincuentes y como una amenaza para la sociedad.
Así, la lucha por la naturaleza se convierte también en una lucha por el derecho a protestar.
Las mujeres defienden más que la naturaleza
Quizás este sea el rasgo común más importante entre las mujeres presentes en FOSPA. No dicen únicamente que la Amazonía debe ser protegida por su biodiversidad. Debe ser protegida porque es su hogar, su historia y su futuro.
Danitza Quispe Wilca, de la organización peruana ONAMIAP, lo expresa así:
“Nosotras, las mujeres y los pueblos indígenas, no defendemos únicamente el territorio, sino también la vida, la cultura, nuestra lengua y, sobre todo, la continuidad”.
Por eso el papel de las mujeres en la defensa del ambiente es importante. No están simplemente al margen mientras otros negocian sobre minería, explotación petrolera o deforestación. Se organizan, dialogan con las autoridades, hablan con la prensa, participan en manifestaciones e intentan influir en las decisiones que determinan el futuro de sus territorios.
Al mismo tiempo, a menudo libran una doble lucha. Tienen que defender el territorio frente a intereses externos, pero también luchar por conseguir un espacio dentro de sus propias organizaciones y comunidades.
Wilma Mendoza Miro, de C.N.A.M.I.B., en Bolivia, describe como difícil la lucha con los dirigentes hombres de las organizaciones indígenas, que tradicionalmente han tenido la voz decisiva. Pero insiste en que las mujeres deben participar: “Si no resistimos, es como si no existiéramos”, sostiene Wilma Mendoza Miro.
Quizás esta sea también una de las ideas más claras que dejó el encuentro de mujeres en FOSPA.
Para ellas, defender la Amazonía no significa proteger un área natural remota. Significa proteger la posibilidad de que sus comunidades puedan seguir existiendo.
En FOSPA, el trabajo de las mujeres no se quedó únicamente en las discusiones. También se formularon planes concretos para cada país y se creó una red de unas 250 mujeres que continuará en contacto después del foro. Es una manera de garantizar que la cadena de la que habla Claudia Piaguaje no se detenga cuando FOSPA termine.
Como dijo una de las participantes desde la tribuna: “¿Permitirían que alguien simplemente viniera a destruir la puerta de su casa? Nosotros tampoco permitimos que alguien venga simplemente a destruir la Amazonía”.
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Lise Josefsen Hermann
Freelance. Escribe sobre las condiciones humanas en Latinoamérica y la huella que dejamos en el mundo. Reporta para medios internacionales (NYT, DW, BBC, El País) y oenegés (Amnistía Internacional y Oxfam). Es Pulitzer Grantee. Se enfoca en temas ambientales, DDHH, migración y pueblos indígenas.
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