Una escena de dolor duplicado

Esa es la primera imagen para intentar narrar el éxodo migrante centroamericano. Una escena de dolor duplicado: La niña grita y la madre mira hacia arriba para soportar la impresión que le produce ver y escuchar a su pequeña desgarrada de dolor.

Texto y Fotos: Migue Roth

Una madre sostiene sobre el regazo a su pequeña Natasha, de cinco años, en el momento preciso en que un enfermero le inyecta anestesia en el rostro. 

Esa es la primera imagen para intentar narrar el éxodo migrante centroamericano. Una escena de dolor duplicado: La niña grita y la madre mira hacia arriba para soportar la impresión que le produce ver y escuchar a su pequeña desgarrada de dolor.

Quienes hemos atravesado algo semejante con un hijo sabemos que ese trance dejará una marca imborrable, como la cicatriz en la cara de Natasha.

Los sonidos lacerantes del dolor ante cada puntada de los ocho puntos de sutura permanecerán en su versión dura y punzante, como la roca que la hirió.

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Los psicólogos que tratan el estrés postraumático saben que, más que otras sensaciones, los recuerdos que se activan con el olfato y el oído tienden a prolongarse en el tiempo. Por eso, para evitar brotes, trabajan sobre los mecanismos mentales que se activan con un bocinazo, un portazo o cualquier grito.

Si la lesión de la niña hubiera sido apenas unos centímetros más arriba «podríamos estar hablando de una persona muerta», decía José Luís Fernández, enfermero que atendió, limpió la herida y la suturó como pudo.

Natasha se había resbalado de los hombros de un hombre que la cargaba en uno de los tantos trayectos hostiles de esta ruta migratoria; y se hizo el corte al caer sobre una roca de punta.

Así de frágiles son las vidas de estas y otras tantas miles de personas que dejaron atrás sus hogares.

«Los registros indican que se quintuplicó el número de entradas irregulares en el Darién en el primer semestre, comparado al mismo período del año pasado. Además, como indican las cifras, en lo que va del año ya se superó la brecha de 350.000 personas que cruzaron la selva». 

En el avión que nos trajo desde Medellín a la región norte de Colombia, frontera con Panamá, había tres clases de pasajeros (que frecuentan vuelos a rincones como este, que le hace honor con el nombre: Apartado): unos tipos colombianos con gafas oscuras tan caras como los relojes que portaban, de tipificación un tanto confusa para mi que, si me dejara llevar por las primeras impresiones, podría decir que se trataba de guardaespaldas de cantantes de reggaetón, por ejemplo y en la más sana de las conjeturas.

Luego comerciantes varios acompañados por jovencitas de uñas esmaltadas a todo color y pelo teñido de rubio.

Y por último, trabajadores humanitarios de diferentes siglas: los de la FLM (Federación Luterana Mundial, a quien es la primera vez que veo en terreno), los de la NRC (Norwegian Refugee Council); nosotros dos (Julián, responsable de Logística y yo) que representaríamos a ADRA; gente de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) y los de la Samaritan’s Purse. Estos últimos solo hablaban vociferando en inglés y ni bien se sentaron en los asientos contiguos, prendieron sus Iphones: uno con una serie descargada de Netflix sobre espías. Otro que scrolleaba fotos y videos de TikTok con los megas previos, y uno más que revisaba acciones en su app de finanzas.

Todos los pasajeros de la clase humanitaria venimos —se supone— a dar una mano. Las dos —¡ojalá!—, o ninguna, según el caso.

Y pienso en lo que decía un colega que lleva años viviendo y cubriendo la región: «Generalmente los ricos cruzan estas fronteras sin sobresaltos con sus papeles en mano, mientras que los pobres deben reptar, correr, saltar, trepar y esconderse».

La galería de fotos (del excepcional Federico Ríos) en la que se ve la imagen de la pequeña Natasha llorando de dolor en la sutura, cierra con la niña ya dormida sobre el regazo de su madre. Luego de horas de sufrimiento en el Centro improvisado de Salud, tras larguísimos días extenuantes a través de los caminos selváticos, a merced de las inclemencias climáticas y la violencia en formas sospechosas o directamente crueles.

Algo terrible ocurre para que huyan. Algo muy profundo. Toda la región se convirtió en un territorio centrífugo. Las familias se desmembran, se lastiman, se desgarran por un futuro incierto.

Y esto recién comienza para ellas.

* Ésta nota es una introducción a una cobertura exclusiva que publicó Relatto, en tres crónicas que describen la ruta centroamericana: vía de escape para miles de personas que intentan huir de crisis económicas y humanitarias en la región más peligrosa del mundo para la población civil.

Migue Roth

Editor | Periodismo narrativo

Graduado en Comunicación y en Fotoperiodismo; se especializó en Periodismo en la respuesta a las crisis humanitarias. Freelance y docente universitario. Editor y fundador de Angular. Recorre Latinoamérica con el foco puesto en las problemáticas sociales y sus transformaciones.

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