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Solidaridad en el infierno del Tapón del Darién

En una de las rutas más peligrosas del planeta —la frontera entre Colombia y Panamá— una organización humanitaria que atiende a caminantes también ha documentado casos de solidaridad. Dainelys, madre venezolana que sobrevivió a tan dura travesía, describe los gestos de otros migrantes que le ayudaron a salvar la vida de su familia y la suya. 

Por Mar Sabé Dausà  | Fotos: Tova Katzman 

Una noche en medio de la selva del Tapón del Darién, Dainelys se aferró a sus tres hijos. Llovía, había oscurecido y apenas una franja de tierra les separaba de la corriente de un río crecido.

—Mi esposo colapsó porque pensó que iba a perder a su familia.

Esta mujer venezolana recuerda ahora este incidente, mientras hace cola para registrarse en Canaán Membrillo, la primera comunidad indígena que encuentran los refugiados y migrantes una vez cruzada la selva del Darién, la frontera entre Colombia y Panamá. Esta selva separa América del Norte de América del Sur, es el único punto en el continente en el que se corta la carretera Panamericana y es sustituida por una frondosa zona selvática, prácticamente inhabitada y aún muy desconocida. Dainelys tiene 34 años de edad y carga su bebé de 5 meses en brazos. Ariadna Victoria, se llama. También corretean por allí su hijo Adrián, de 12 años y José, de 6. Es 23 de agosto y son las 9 de la mañana.

El día se levanta gris, con una leve brisa que aliña una zona generalmente húmeda y calurosa. Dainelys no sabe cómo sobrevivió, pero está convencida que la solidaridad entre caminantes fue el empujón definitivo para que hoy pueda estar aquí. Contra todo pronóstico, sonríe.

—Salimos de Venezuela un 6 de agosto por la noche, concretamente de Barquisimeto, en el estado Lara, —explica. Me monté a mi niña en un canguro y emprendimos el viaje. Llegamos el día 9 o 10 a la selva.

No sabe precisarlo: en el Tapón del Darién el tiempo camina distinto.

—Estuvimos un año pensado en tomar la decisión porque ya sabíamos lo que nos encontraríamos, aunque no del todo.

Ella es exfuncionaria de policía científica venezolana, y se fue con su familia porque su sueldo de 10 dólares cada quincena no les alcanzaba para vivir.

—Hay que vivir en carne propia el cruce de esta selva para saber lo que es, y ahora mismo no lo volveríamos a hacer ni lo recomendaríamos a nadie.

Venezuela se ha convertido en los últimos años en un país expulsor de personas, y muchas se encuentran en este cruce de fronteras, definido demasiadas veces como el infierno en la Tierra.

En agosto de 2022, el número total de refugiados y migrantes venezolanos en todo el mundo alcanzó un récord de 6,8 millones, a la par con Ucrania en la mayor crisis de desplazamiento del mundo y superando a Siria, según un informe de la plataforma interagencial R4V. Y muchos escapan por esta ruta, que ha multiplicado sustancialmente su tránsito en muy poco tiempo. Solamente en este mes, 31.055 personas llegaron a Panamá cruzando el Tapón del Darién, según datos oficiales del gobierno, de las cuales 23.602 eran compatriotas de Dainelys. En enero del mismo año fueron 1.134 venezolanas por un total de 4.415 personas. 

Dainelys sigue con su relato, que es compartido por muchas de las personas que se han visto forzadas a cruzar esta zona selvática en su intento migratorio.

—Éramos 10 adultos y 3 niños en el grupo, todos venezolanos. Empezamos en Necoclí [Colombia] y de allá a Capurganá, pagamos 180 dólares por persona. Esperamos un día y salimos junto a dos guías, un colombiano y un indígena. Emprendimos el viaje ese día y nos acompañaron hasta cierto punto, nos hicieron caminar por toda la orilla de la playa Armila [Panamá], —relata—. Selva, playa, selva otra vez… y como día y medio antes de llegar a La Bandera nos abandonaron. Y de allí ya no sabíamos por dónde agarrar.

La Bandera es lo que llaman coloquialmente una zona en la selva con lomas en la que, según sus relatos, los migrantes encuentran unos plásticos azules amarrados a ramas y árboles que les guían hasta el otro lado. Por esta ruta hay ríos que arrastran a personas y mucho lodo, ya que nos encontramos en plena época de lluvias.

Se han documentado también ataques de grupos armados, robos, vejaciones y violaciones, que hay que sumar a los peligros de la fauna salvaje que habita en la zona. Muchos aseguran haberse encontrado con cadáveres insepultos en el camino.   

—En una de esas, nos agarró la noche, tuvimos que dormir en una subida de montaña bajo la lluvia, no pudimos abrir las carpas y estábamos a orillas de un barranco y con los bebés a la intemperie. Lluvia, sol, barro… Nos quedamos sin agua, hubo una creciente y nosotros en particular nos quedamos solos [señala a sus tres hijos, su esposo y tres adultos más que les acompañan]. En un momento, nos encontramos en un pedacito de tierra, —explica, y muestra lo que podría ser un espacio muy reducido, de unos pocos metros cuadrados—. Y fue en ese momento cuando su esposo colapsó. Yo me quedé dentro de una especie de casita que hicieron ellos con plástico y me encerré con mis hijos y los abracé y les dije que todo estaba bien.

Lo cuenta serena, sin un resquemor en la voz. Su compañero de travesía, un joven de 23 años, toma la palabra para explicar que empezaron a pedirle a Dios que no los abandonara y en ese momento la lluvia empezó a cesar:

—Empezó a bajar mucho el río, a descender de una forma milagrosa, nos quedamos todos en estado de shock.

Silencio.

Dainelys vuelve de aquel momento al relato de esta mañana en Canaán Membrillo:

—Arrancamos, nos tocó acampar bajo la lluvia nuevamente y caminamos y seguimos caminando todo el día. Nos quedamos sin nada para comer y cuando nos cruzábamos con gente les pedíamos una colaboración. Entre nosotros nos ayudábamos, la verdad es que nunca encontramos a nadie que nos dijera que no, —explica, y detalla que los adultos no comían, solo los niños—. Y a la chiquita yo la amamantaba. Sabemos lo que es, pasamos hambre y frío y por eso cuando nosotros teníamos un poquito también lo compartíamos hasta que no nos quedara nada.

La solidaridad entre personas que cruzan el Tapón del Darién no es excepcional. Andrea Jordán es Orientadora de Prevención y Respuesta a la Violencia basada en Género para la ONG HIAS, la única organización internacional que brinda apoyo a las personas en tránsito en Canaán Membrillo. Ella trabaja 4 días a la semana en esta comunidad indígena de la provincia panameña del Darién, que no tiene agua corriente ni estructuras de saneamiento, orientando a los caminantes y atendiendo sus primeras necesidades psicológicas. Explica varios ejemplos en los que, gracias a la solidaridad entre migrantes, se han podido salvar vidas.

—Una vez había una señora que sufría del azúcar y no pudo continuar con su grupo. Dos venezolanos que no la conocían de nada, se la encontraron, la cogieron por los brazos y la llevaron hasta aquí completamente desvanecida. Los servicios paramédicos pudieron intervenir y le salvaron la vida.

Son las 12.15pm y siguen apareciendo migrantes bajo un sol ya abrasador. Dainelys y su familia formarán parte del registro de 1.010 personas que habrán llegado a la comunidad ese día, un 80% de nacionalidad venezolana. También habrá personas de Gambia, Ecuador, Colombia y Líbano, entre otras nacionalidades. Serán registradas por el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) de Panamá mediante un sistema biométrico de lectura de huellas dactilares. Dormirán esta noche en Canaán Membrillo y a la mañana siguiente seguirán hasta la Estación de Recepción Migratoria (ERM) de San Vicente, en Metetí, previo pago de 25 dólares en un viaje de 3 a 4 horas en canoa por el río. Allá tendrán contacto con personas de Migración de Panamá, con otras ONGs y agencias de las Naciones Unidas y podrán seguir hasta la frontera con Costa Rica, esta vez en autobús climatizado y pagando 40 dólares por persona y trayecto. 

¿Destino final? El ‘sueño americano’. 

Tanto el de Dainelys como el de la mayoría de sus compañeros de ruta, el objetivo de tanto sufrimiento sigue siendo una vida tranquila y estable que esperan conquistar a su llegada, si lo consiguen, a los Estados Unidos de América.

* Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

Mar Sabé Dausà

Periodista especializada en migración, género y comunicación e incidencia para ONGs. Tiene más de 10 años de experiencia en el sector de la comunicación y una maestría en Desarrollo y Relaciones Internacionales, con especialización en Estudios Globales de Género para la Universidad de Aalborg (Dinamarca). Ha trabajado durante 5 años en la ONG Open Arms, ha dado conferencias en varias universidades europeas y ha asesorado a diferentes organizaciones en el desarrollo y ejecución de sus estrategias de comunicación y redes sociales, así como en la identificación de necesidades y el desarrollo de capacidades a través de formaciones en comunicación y género. Ha publicado artículos para diferentes medios internacionales sobre migración y género como periodista independiente.

Forma parte de la asociación Contamos el Mundo, un grupo de periodistas de habla hispana que trabaja en todo el mundo, con especial foco en Latinoamérica y el Caribe.

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