Reportajes

Las Reliquias de la Muerte

Algunos de mis tatuajes son símbolos muy poderosos, otros son puro gusto por la imagen. El primero fue un acto de rebeldía a mis dieciséis años. Soy fanático de Harry Potter y me hice las Reliquias de la Muerte, un símbolo fundamental en la saga de Rowling. Es un triángulo equilátero con un círculo interior y una línea recta que lo atraviesa desde la base hasta el vértice opuesto. El triángulo representa la Capa de Invisibilidad; el círculo, la Piedra de la Resurrección; la línea, la Varita de Sauco, que da el poder de ganar todos los duelos. Fueron creados por la Muerte y quien los tenga se convertirá en el Amo de la Muerte. Se trata de tres habilidades superiores: hacerse invisible, resucitar y vencer. Me lo hice en el costado izquierdo para que no se pudiera ver.

Texto: Óscar Osorio.

Tenía el acuerdo con mi papá de que podría tatuarme después de que adquiriera la mayoría de edad, pero no cumplí. No se lo mostré porque no quería sus regaños. Después lo olvidé. Él me lo vio el día en que me operaron. Habían pasado años y ya tenía otros tatuajes. Cuando mamá lo vio, me dijo: “Yo quiero, yo quiero, ¿por qué no me dijo? Nos lo hubiéramos hecho los dos”. Así es ella.

El segundo, fue este elefante en el antebrazo izquierdo. El animal favorito de mi mamá. Fui con mis dos hermanas y nos tatuamos. Bonito.

El tercero, fue el símbolo del Yin y el Yang, que es de origen taoísta y representa la dualidad de todo, la existencia de fuerzas encontradas y complementarias: la oscuridad y la luz, la pasividad y el movimiento, lo femenino y lo masculino. Lo hice en homenaje a mi papá, que también lo tiene. Es su único tatuaje. Estaba aquí, en el antebrazo derecho, pero esta zona se mueve mucho y la imagen se distorsionaba. Me lo cubrí con este, que parece un brazalete. Es la imagen de un paisaje nocturno, un bosque y un ciervo. Me recuerda mucho a Harry Potter.

El mismo día que me hice el símbolo trans en el tobillo izquierdo, me volví a tatuar el del Yin y el Yang en el derecho.

Luego me hice este otro, en mi brazo izquierdo. Es mi gatica Abril junto a Zeus, el perro de mi mejor amiga. Ella y yo nos hicimos el mismo tatuaje, en el mismo lugar, como un homenaje a nuestra amistad y a nuestras mascotas.

Este MMIX también es un tatuaje compartido. El 2009 fue tal vez el año más feliz de mi vida. Vivía con mi mamá en la casa de las tías en Medellín y mi día a día era la delicia. Me levantaba como a las once de la mañana. Me servían tres desayunos, uno por cada tía. Mi primo Pipe y yo estábamos en el mismo colegio y nos íbamos juntos. Volvía por la tarde y almorzaba. Hacía las tareas y me daban cafecito con galletas. Jugaba con Pipe hasta la medianoche. Era maravilloso. El fin de semana, me iba para donde mi papá. Pasó el tiempo y Pipe y yo nos hicimos hombres. Un día, recordando esa felicidad, le dije que nos tatuáramos ese año en números romanos y él me dijo: “Hágale”.

Después me hice este, el nombre de mi sobrina Sara en el idioma élfico creado por Tolkien para su saga del Señor de los anillos.

En mayo volví a Colombia y me hice los tatuajes grandes. Este, en la pantorrilla izquierda, es un círculo que contiene la aurora boreal, por mi abuelita Aurora, y el árbol, por mi abuelita Teresa; por fuera del círculo, entre estas raíces, el verso final de un poema que mi abuelito Ancízar le escribió a mi abuelita Teresa cuando eran novios: “Entregarte mi amor y el alma mía”. Fue hace sesenta años y siguen juntos. Me encanta.

Esta columna, a todo lo largo de la pantorrilla derecha, son mis gatas, en orden de edad: la de arriba es Cleo, luego están Arya, Khaleesi, Abril y Phoebe. Mi primera manada. Me las tatué porque las quería llevar conmigo siempre. Ellas me cambiaron la vida, me dieron sentimientos maravillosos y son una parte de mí.

Siempre hubo animales en la casa: conejos, hámsteres, pájaros, perros y gatos. Los queríamos, pero no los considerábamos parte de la familia. Estaban y después ya no estaban. Cuando me fui para Bogotá, mi hermana Lau había adoptado dos gatas, Cleo y Arya, que eran como hermanitas: dormían juntas, comían juntas, jugaban juntas. Lau había creado una conciencia sobre las mascotas y me enseñó a mí.

Un domingo, Arya se nos enfermó y no encontramos veterinario. El lunes la llevamos y la dejaron hospitalizada porque tenía anemia. Murió en la tarde. Me dio un sentimiento de culpa muy fuerte porque yo estaba con ella todo el día y no advertí su enfermedad.

Cleo vio que su hermanita no estaba y cambió la personalidad completamente. Se ponía a llorar por nada, nos miraba con ansiedad, nos maullaba y nos hacía seguirla. La buscaba y la buscaba. Entonces, adoptamos a Khaleesi para que le hiciera compañía. La gata estaba enferma y era muy chiquita. Yo me encerré dos semanas con ella a suministrarle suero cada hora y tres medicinas diferentes durante el día. Me la ponía aquí, en el pecho, y la arrullaba como a un bebé hasta que se dormía.

Tuvimos que volver a Cali y no teníamos adonde llegar. Todo el mundo nos decía: “Ustedes son bienvenidos a quedarse, pero sin gatos”. Aceptaban recibirnos, pero “los gatos no entran”. Después de mucho tocar puertas, Mateo nos dijo que ponía a nuestra disposición una casa que tenía paga hasta el fin de mes, que no había ni agua, ni luz, ni nada. Allá nos metimos con nuestras gatas.

Y llegó Abril. La habían recogido de la calle, toda llena de sangre, con heridas en la nariz y las orejas. Lau la vio y dijo que la necesitábamos, que teníamos que adoptarla, que debíamos cuidarla: “No sé por qué, pero siento que tiene que ser parte de nuestro hogar”. La esperamos casi un mes hasta que la curaron y pudimos llevarla a casa. Su personalidad, su forma de ser y de actuar era especial, diferente. Tanto así, que le preguntamos al veterinario si tenía algún problema de aprendizaje y él nos dijo que el golpe que le habían dado en la cabeza podía haberle causado una falta de oxígeno en el cerebro.

La conexión entre ella y yo fue muy fuerte, desde el comienzo. Quizá por nuestro momento emocional, porque nos hacíamos compañía. Las otras gatas estaban ahí, pero Abril no se apartaba de mí un segundo. Cuando me iba a dormir, ella se acostaba a mi lado. Yo le pasaba una mano por entre las patas; ella me posaba la cabeza y yo la abrazaba. Se quedaba quietica, quietica, y, cuando sentía que me dormía, se acostaba a mis pies. Si yo no estaba, se ponía insoportable, lloraba, se paraba en la puerta, daba vueltas. Yo me apegué a ella y ella a mí de una manera que no puedo expresar con palabras. Eso solo lo pueden entender las personas que han tenido esa conexión con los animales.

Me vine a vivir a Estados Unidos con la idea de traerme a mis gatas apenas tuviera la oportunidad. No la encontré. Hace tres meses, Lau me llamó y me dijo que Abril estaba mal, que tenía hígado graso. Era un diagnóstico muy malo. Los gatos son fuertes por fuera y frágiles por dentro. Después, Phoebe, que es la más chiquita, se enfermó de lo mismo. Murió en una semana. Abril empezó a mejorar y a mejorar, a mejorar; pero hubo un punto donde comenzó a bajar otra vez, a desmejorarse, a desmejorarse. Lau la llevó a otra veterinaria. Le hicieron una tomografía para decidir si le practicaban una cirugía. No aguantó. Murió el 25 de abril, el mismo mes en que, cinco años atrás, fue salvada de una muerte segura.

Al día siguiente de recibir la noticia de que Abril estaba enferma, yo amanecí enfermo, con dolor en el cuerpo y dificultad para respirar. Parecía una gripa, pero no era. Durante las tres semanas que duró enferma, yo también estuve enfermo. Tuve que ir a citas prioritarias para que me diagnosticaran y no encontraron nada; me hicieron exámenes y salían bien; las pruebas de COVID fueron negativas; me dieron antibióticos pensando que era una bacteria. Nada sirvió. El día en que ella murió, me alivié. Se me quitaron todos los males físicos, de la nada, como si nunca hubiera estado enfermo.

Era una conexión muy fuerte. Yo la amaba, la amo. Amo a mis gatas, pero jamás había amado de la forma en que la amaba a ella, de la forma en que la amo. Yo nunca más.

Mi infancia fue perfecta hasta los cinco años. Teníamos dinero suficiente. No había nada que yo pidiera y me negaran. Jamás vi discutir a mis papás. Había primos con quienes jugar por todos lados. Era feliz, hasta que mi hermana Jennifer se fue de la casa. Luego mi papá se radicó en Estados Unidos y, pasado un año, casi se mata en un accidente. Después, mi abuela Aurora murió de cáncer y mi papá no pudo venir al entierro. Mis padres se divorciaron y mamá quedó como perdida. Nos mudábamos de un lado para el otro.

Un día empacamos y nos fuimos para Medellín a vivir con Jennifer y mi cuñado Andrés. Nació Sara, que para mí fue una bendición. Yo tenía nueve años y era su juguete favorito. El fin de semana me iba para donde las tías, jugaba con Pipe, con Luisa, con Sergio. Hice amigos en el colegio y sacaba buenas notas. Un oasis de dos años. La época más feliz de mi vida. Se terminó cuando cumplí los once y mi papá volvió a Colombia.

Era lo único que me faltaba para completar mi felicidad. Sin embargo, él fue detenido al pasar por Migración y llevado a prisión. Le dieron casa por cárcel. Antes de irse, había llenado un pagaré en blanco y falsificado su firma. Él no lo sabía, pero, en su ausencia, lo condenaron por ese delito. Estábamos muy chicos cuando se fue. Volvió una persona completamente diferente. Estaba destruido y con una depresión horrible.

Mi mamá conoció a alguien en Perú y yo tuve que decidir si me iba con ella o me quedaba con mi papá. No me obligaron a nada, pero uno con once años cómo decide eso. En cualquier caso, dejaría de ver a uno de los dos. Escogí irme para Perú y fue horrible. Tuve pesadillas todos los días, durante meses: una niña vestida de blanco, un fantasma infantilmente pavoroso volaba por el cuarto sobre mi cuerpo aterrado. Yo no dormía. No dejaba que mi mamá durmiera. Estaba entrando a la adolescencia, pero no había aprendido a compartirla. Me paraba a llorar en su puerta para que me dejara dormir con ella y me rechazaba. Me ordenaba que me devolviera para mi cuarto. Nunca había peleado con mi mamá. Allá lo hicimos. Fue un infierno.

Yo no era capaz de conectar con la gente. No tenía amigos. Era diferente y era autista, aunque aún no me habían diagnosticado. Extrañaba a mi sobrina, a mi papá, a mis hermanas. No me sentía bien en mi cuerpo. Lo único que me ayudó a sobrellevar esa estadía fue mi tía Diana. El tiempo que estuvo, fue mi mejor amiga. Mi mamá no supo sobrellevar las cosas. Después de ocho meses, me devolví para Colombia.

Mi papá pasaba por una nueva depresión porque Sandra lo había dejado. Estaba en el punto más bajo, tenía cambios de humor extremos, se quería hacer daño a sí mismo. Creo que hasta llegó a mezclar alcohol con pastas. Yo tenía trece años y, definitivamente, no necesitaba eso.

Volví a Perú, pero esta vez con Lau y fue más agradable. Ella me protegía de la avaricia y la indiferencia aplastante de Samuel, el compañero de mi mamá. Después de unos meses, mi mamá se separó y nos devolvimos para Cali, al Siete de Agosto.

Papá vivía en la fábrica y nosotros en la casa, a tres cuadras. Mi hermana dormía en una habitación, mi mamá y yo en la otra. Entré al INEM, que era mi colegio soñado. Estábamos muy pobres, pero yo no sufría la pobreza. Mamá hacía arroz con leche y postres. Yo le ayudaba a venderlos. Ya tenía más decisión sobre mi vida y no tenía que seguir a mis papás en sus locuras.

Un par de años después, mi mamá viajó a Estados Unidos.

Mi hermana Laura y yo nos habíamos llevado siempre muy bien. Una vez a la semana salíamos a hacer algo, a comer, al cine; veíamos películas o series. Cuando viví con ella en Bogotá, nos unimos más. Un día, ella terminó su relación y volvió a Cali. Más nos apegamos. Lo que hacía, lo hacía con ella; cuando yo salía con Juliana y María José, la llevaba. Luego, ella entró a la Universidad, consiguió amigos y comenzó a aprender cosas sobre las familias y sus dinámicas. Se desprendió de mí. Creo que ella no estaba preparada para ese conocimiento. Dejó de invitarme a salir. Yo le hablaba y me ignoraba. Me empezó a tratar mal, a agredirme verbalmente. Con el tiempo, dije: “Tengo que volverme como ella. No puedo más”. Y lo hice. No sirvo para tratar mal a nadie, pero la manera como le empecé a hablar fue muy fuerte. Fue la única forma que encontré de hacerle entender lo que estaba pasando. Ella cayó en cuenta y empezó a cambiar, pero yo ya estaba muy lejos.

Me gradué del colegio. Quería ser médico. Intenté que el Estado me subsidiara la educación superior a través del programa Ser Pilo Paga. No fue posible. Cumplía todos los requisitos, excepto el Sisbén. Aunque vivía en una casa que se caía a pedazos en el Siete de Agosto, un barrio de pobres, no califiqué porque era muy “rico”: papá tenía una “empresa”, una fábrica de arepas de la que él era su único empleado y yo su ayudante sin paga.

Intenté entrar a la Universidad del Valle, pero no me alcanzó el promedio. Es muy competitivo. Abren cien puestos para dos mil participantes. Mi Icfes fue el segundo mejor en el INEM, entre aproximadamente setecientos estudiantes, y mis notas eran excelentes. No alcanzó. Apliqué a varias universidades públicas: a la de Antioquia, a la de Caldas, a la de Manizales. Nada. Quedé en la de los Andes, pero no me dieron la beca y no tenía veintisiete millones para pagar la matrícula. Lo mismo pasó con la Icesi. El Icetex no me prestó porque mis papás estaban reportados en Datacrédito. Me cerraron todas las puertas.

Me fui para la Argentina a intentarlo en un país más generoso que el mío. Ya llevaba unos meses allá cuando mi mamá me llamó y me dijo que se iba a casar y que me podría pedir. “Necesito que se devuelva para Colombia porque no los puedo sostener en dos países distintos y pagar los gastos de la residencia. Yo le prometo que me lo traigo lo más rápido posible”, me dijo. Estaba completamente solo y lejos de mi familia. Me sentía miserable. Tuve que tomar la decisión de quedarme y seguir luchando por estudiar medicina o devolverme, admitiendo el fracaso, y esperar la opción del viaje con la esperanza de cumplir mi sueño acá. Decidí dar un salto de fe en mi mamá.

Mientras tanto, entré a Fisioterapia en la Universidad del Valle. Me fue terriblemente mal, terriblemente mal. No entendía nada y me sentía tonto. Las notas eran un desastre. Eso nunca me había pasado. Estaba bloqueado. A los dos meses llegué a un punto en que no pude más. Cancelé semestre. Desde niño, fui admirado por mi inteligencia y puse todo mi ser y mi valor en ser inteligente. Salirme de la carrera fue admitir que no servía para nada.

Mi autoestima desapareció y me encerré. Me aislé del mundo. Me hundí en la depresión. Si Lau no me llevaba comida, no comía. Me pasaba todo el día mirando al techo, abrazado a mi gatica Abril. Me insultaba. Llegué a un punto bajísimo.

Todo estaba mal. Mi papá, mi mamá, Jennifer (que era mi refugio), Andrés y mi sobrina vivían acá, en Estados Unidos; mis amigos más cercanos desaparecieron: Mateo, que era como mi roca, se fue para España; Nathalia, quien me había logrado sacar de ese cuarto, viajó para Australia. Juliana se alejó. Todos mis círculos cercanos se desvanecieron. No tenía nada. Perdí todo el sentido. Llegué a un punto en ese 2018 en el que empecé a tener ideas suicidas. Yo pensaba que, honestamente, a nadie le importaba si me iba. ¿A quién le hago falta si todas mis relaciones me dejaron tirado en la nada? ¿Yo para qué estoy en el mundo? Eso me preguntaba. Pensar en mi familia, en el daño que les causaría mi suicidio, me permitió seguir viviendo.

Me enfoqué en el propósito de estudiar medicina. Dije: “Si sigo así, jamás me voy a convertir en médico”. O sea, cómo iba a estudiar una de las carreras más demandantes si no me podía ni siquiera parar de la cama, si no podía cumplir con mis responsabilidades, que son mínimas: pagar los servicios, ir a mercar, tender la cama, bañarme. Si no podía cumplir con eso, cómo iba a ser médico.

Reinicié mi terapia psicológica. Pasó un mes, dos meses, tres meses y yo no avanzaba. Era casi como estar cuadripléjico, deseaba pararme de la cama, pero el cuerpo no respondía. Me frustraba muchísimo, muchísimo. La psicóloga me mandó donde el psiquiatra y, en la primera cita, él me dijo: “Usted tiene depresión. Jamás te va a servir la terapia sola”. Me recetó Fluoxetina. La tomé y tuve la energía básica para levantarme, bañarme y alimentarme. La terapia psicológica empezó a ir de la mano con la psiquiátrica. Fue un proceso lento. Los primeros seis meses eran pasitos chiquitos, chiquitos. Yo sabía que tenía que prepararme para mi viaje a Estados Unidos. Mis papeles ya estaban en proceso.

A los ocho meses de empezar el tratamiento, pude tomar responsabilidades y me hice una rutina. Mejoré mi alimentación, me inscribí al gimnasio, meditaba y estudiaba el estoicismo, comencé a aprender lenguaje de señas. Y esperaba. Esperé desde febrero del 2016, que llegué de Argentina, hasta agosto de 2019, que me salieron los papeles. Más de tres años.

El 27 de agosto del 2019 llegué a Miami. Al día siguiente, me fui para New Jersey. Tres días después, mi mamá y yo tomamos un avión a Indiana y nos radicamos acá.

Aunque tengo muchas cosas que pulir y me frustra no estar seguro de mi ortografía, de mi gramática, de mi léxico, el idioma no fue un problema porque lo había aprendido en Colombia. En junio del 2011 mi prima Juliana regresó de los Estados Unidos. Le dije: “Parce, yo sé que en algún momento de mi vida voy a necesitar el inglés y la tengo a usted aquí. Enséñeme”. No me volvió a hablar en español. Yo no entendía nada de lo que decía. Ella lo repetía y lo repetía. Se sentaba conmigo y me ponía una canción en inglés con letra en un idioma y después en el otro, la parábamos y la devolvíamos, una y otra vez. Tuvo una paciencia impresionante. Puse el celular en inglés y empecé a leer textos cortos, a escuchar más música. Agarraba cositas. A los diecisiete, ya era bilingüe.

Sin embargo, el comienzo de mi residencia en Estados Unidos fue un choque completo. Yo nunca trabajé en Colombia. No tenía necesidad de hacerlo. Acá si no trabajaba no comía, no podría pagar la renta y responder por mis obligaciones. Eso fue durísimo. Empecé en Amazon recogiendo mercancía con un carrito. Eran diez horas parado y no me podía mover del carro, no me podía sentar, no había nadie con quien hablar, no podía poner música. Lo detestaba. Lloraba antes de entrar.

Después pasé a Papa John´s y la diferencia fue abismal porque estaba la mitad del tiempo parado y la mitad sentado, podía escuchar música en mi carro. Luego entré a un laboratorio y eso fue como un sueño hecho realidad. Con el tiempo, me he ido acostumbrando a manejar la economía, a trabajar.

A los seis meses de haber llegado se desató la pandemia, pero acá, en Carmel, se demoró bastante en llegar y no se sintió tanto miedo como en otros lugares. Al principio, fue sobre todo la incertidumbre de qué era, si se iba a expandir y la necesidad de usar las mascarillas. Sin embargo, seguí mi vida casi normal porque trabajaba repartiendo pizzas y eso se consideraba “esencial”. Mi mamá mantuvo su trabajo en la panadería de Walmart, pues también era “esencial” tener pasteles. Además, las ayudas del gobierno fueron como de siete mil dólares en efectivo y nos llamaban de toda parte, del colegio de Sara, de los hospitales, de ONGs, para ofrecernos mercados. Incluso, cuando nos dio el COVID, no fue tan grave porque nadie se complicó. Todos nos enfermamos. A mi mamá y a Andrés les dio duro. También Jennifer tuvo síntomas fuertes por tres días y yo estuve maluco por una semana. Sara casi ni lo sintió. No fue la gran cosa.

Lo más importante de estar aquí es que estoy con mi familia. Mi mamá me da mucha paz, muchísima paz; también Sara, Jennifer y Andrés. A mi papá lo veo varias veces al año. Mi relación con Lau mejoró con la distancia y estoy cerca de mi prima María Paula. Recuperé mis conexiones humanas. También tengo muchas oportunidades y mucha calidad de vida, una calidad de vida que no entendí sino hasta cuando llegué. Eso lo aprecio, pero he vivido en cuatro países y ya no me apego. O sea, quiero mucho mi tierra y mi cultura, y mantengo a Colombia muy presente. De cierta forma, siempre la traigo conmigo, pero mi patria es el lugar donde esté mi familia; mi patria es mi familia.

Hice el primer semestre en Ivy Tech Community College y me fue muy bien. Aunque solo tomaba tres materias, terminé completamente agotado. Trabajaba viernes, sábado, domingo y lunes de ocho de la noche a seis y media de la mañana. Tomaba mis clases y hacía tareas los martes, miércoles y jueves desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. Yo vivía en la sala y no tenía un espacio para estudiar porque siempre había gente ahí. Saqué una A y dos B, pero me quemé.

Yo había trabajado con la psicóloga estrategias para aprender a conocer mis capacidades, pues siempre iniciaba con demasiada energía y, al poco tiempo, me quemaba y abandonaba. Repetía el ciclo con otro proyecto. Un círculo vicioso. Decidí matricular dos materias en el segundo semestre y, como esos créditos no alcanzaban para full time, me cancelaron la beca. Todo se complicó, pues si estudiaba part time no me daban ayuda financiera y si estudiaba full time iba a tener notas que no me alcanzarían para estudiar medicina. Pensé: “No puedo dejar de trabajar y no puedo abandonar mi deseo de estudiar medicina”. Entonces, aplacé.

La medicina es mi mayor frustración, pero sigue siendo un propósito. Para mí la diferencia entre un sueño cumplido y un sueño frustrado es la dedicación, la paciencia, la terquedad.

Tengo que esperar a que Lau se gradué en Colombia y ya no tengamos que mandarle más dinero. Con la ayuda de ella, cuando venga a Estados Unidos, y la de Jennifer y Andrés, va a ser más fácil. Por lo pronto, haré una buena hoja de vida. Necesito trabajos que estén relacionados con la salud, emplearme en una clínica, acumular horas de servicio con médicos. Eso hará más fácil que me acepten en Medicina.

De hecho, la próxima semana empiezo mi entrenamiento de tres meses para un puesto que conseguí como patient care technician en un centro de diálisis. Seré como el ayudante de la enfermera, me tocará recibir pacientes, hacerles las preguntas de rutina, tomarles los signos vitales, conectarlos a las máquinas, monitorearlos y desconectarlos. También tengo entrevista para hacer voluntariado en un hospital. Así voy adelantando, con perseverancia. Solo quiero que me den la oportunidad de demostrar que sí puedo ser médico. Colombia no me la dio.

A mí me gustaba todo lo masculino y siempre quise tener un Max Steel. Nunca me atreví a pedirlo. También quería una espada, arco y flechas. Era brusco en mis formas, en mi manera de ser, en mi aura; jugaba con niños; imitaba a los hombres que había a mi alrededor: comía como mi papá, hacía lo que él hacía, lavaba la moto con él. Me gustaban las barbies que me daban, pero más los Kens. Me encantaba jugar a la pelea. Me ponía la ropa que mi mamá me compraba y volteaba a ver furtivamente la sección de los niños, pero me daba miedo decir algo. Me resignaba a los disfraces de niña. No tenía otra opción. Mamá eligió ese vestido azul de princesa para un Halloween. Yo no lo quería. La sensación era horrible, horrible.

Hubo una época en la cual intenté encajar. Tenía trece años. Estaba cansado de sentirme por fuera, diferente. No me gustaba la ropa femenina, ni el maquillaje, ni el pelo largo y los peinados. Mamá me decía que no me preocupara, que en algún momento me iba a empezar a gustar. Me aferraba a esa posibilidad. “Algún día, tal vez”, pensaba. Y me esforzaba. Usaba tops y blusas, faldas, sandalias; me peinaba. Fue insoportable.

Juliana estudiaba en el Liceo Quial, donde parecía que ser gay era el prerrequisito para entrar. Conocí a sus amigos y empecé a buscar mi identidad, a tratar de entender qué me gustaba. Tenía quince años. Me declaré gay y di el primer gran paso: me corté el pelo, bien cortico. Me quité un peso de encima. Yo odiaba mi pelo y lo mantenía asqueroso. Empecé a cuidarlo, a ponerme gel. Andrés me regalaba los bóxeres amplios, con botoncitos, que ya no usaba, y eso era como el paraíso. Un día boté toda la ropa de mujer. Me quedé con tres prendas. Empecé a usar camisetas muy apretadas por dentro; por fuera, las camisas de mi papá.

Volví a empezar terapia con mi psicóloga. Yo iba con tenis, bermudas, camisas. En la segunda sesión, me pasó una hoja y un lápiz y me pidió que dibujara a una persona. Yo miraba la hoja. No podía. Pasó media hora y ella me dijo que hasta que no hiciera el dibujo no podía seguir. “Yo no sé dibujar”, le dije. “No tiene que estar bonito. Solo dibuja a una persona”. No fui capaz. Me pidió que lo hiciera en la casa y la próxima semana se lo llevara.

Todos los días miraba ese papel y no podía. Sabía qué quería hacer, pero no me atrevía. El día anterior a la cita, dibujé a un niño. En ese momento, empecé a buscar tránsitos en internet y encontré a un chico trans que había grabado todo su proceso. Me emocionaba mucho cuando lograba algo y me daba envidia. “Sí, soy trans”, me dije. Estaba por cumplir los dieciséis años.

En la siguiente sesión, le entregué el dibujo y le dije: “Julia, yo soy trans”. Ella me dijo: “Por fin, por fin. Casi que no. Por supuesto, que sí. Es obvio”. Sentí pánico. Tenía que hacer un tránsito; tenía que decirle a mi familia, a las tías de Medellín; tenía que contarle a mi papá, a mi mamá, a mi sobrina de cinco años. Sentí pánico. Era marzo del 2014.

Hice una lista de los pros y los contras de hacer el tránsito. Los pros fueron muchos; los contras, dos: decirle a mi familia, la relación con mi papá iba a cambiar. Me hacía absolutamente feliz la idea de lograr el tránsito algún día, pero tenía pánico. Los trans tenemos un promedio de vida de treinta y cinco años, muchos son abandonados por su familia, la gran mayoría solo consiguen trabajo en prostitución, el proceso es carísimo y doloroso. Nadie quiere eso. Pensaba que nunca iba a ser capaz, que era ridículo pensarlo. Me resignaba. Lo único que deseaba en ese momento era tener mi pelo corto, comprar gel, usar desodorante y ropa interior de hombre. Seguir invisible.

La primera persona que supo que era trans, fue Julia. La segunda, Juliana. No tuve ningún problema en decírselo porque nosotros hablábamos libremente y nos contábamos todo. Le dije: “Juliana, soy trans”. Ella me contestó: “Ok”. La tercera persona, Janeth. Ella era la compañera de mi papá. Necesitaba ir al médico a ver qué me decían y necesitaba la compañía de un adulto. Le dije: “Janeth, soy trans”. Me contestó: “Yo sé”. Las tres sabían. “Malparidas, ¿por qué no me habían dicho?”, pensé aliviado. A mi prima María Paula le escribí y ella me dijo: “Y yo te maquillé. Ay, perdón. Me imagino cómo te sentiste de mal. Lo siento mucho. No sabía”. Hermosa.

Seguía la familia. Me demoré meses. Me moría del miedo. Un día les dije y no pasó nada. Algunos dudaron y me mandaron a investigar mejor; otros lo aceptaron, me preguntaron cómo me sentía, cuál sería mi nombre. Mi madre me miraba sorprendida. Al cabo de uno meses, ya no se hablaba del asunto en la familia y decidí irme para Bogotá y hacer el tránsito allá, al lado de Lau.

Busqué psicólogos que se especializaran en género y los encontré: una pareja de lesbianas, psicólogas clínicas, que ahora son una mujer lesbiana y un hombre trans, y siguen casados después de veintiún años. La primera cita fue el veintiuno de enero del 2015. Fui con mi mamá. La segunda, el cuatro de febrero. Ese día cumplí diecisiete años y mi prima Ángela vino a la casa. Partimos una torta. Mamá viajó para Estados Unidos. Yo me fui para mi cita.

Le conté a la psicóloga que toda mi familia sabía y que yo estaba totalmente seguro. Ella me evaluó y me dijo que mi proceso estaba súper adelantado, que la mayoría de la gente llegaba enclosetada. Me preguntó si me quería hormonar. “Por supuesto, cómo no. Lo necesito”, le contesté. Ella me remitió a la clínica de género en Bogotá y a Colombia Diversa para hacer el trámite de los papeles, el cambio de nombre y de género.

El diecinueve de febrero me empecé a hormonar. El veintiocho tuve mi último período. Al mes, me bajó mi voz y nunca me volvió a subir. Detestaba mi voz femenina porque me delataba. En la calle, fingía ser mudo.

Salir del clóset da miedo, pero en Colombia da más miedo. Allá uno es más receloso de a quién le dice. A muchos de mis amigos los han lastimado. Yo tenía pánico. Sobre todo, en la que yo llamo la época del limbo, cuando estaba empezando, que tenía una identidad más ambigua, más andrógina. Me daba miedo salir solo. Me daba miedo. Me daba mie-do. Una vez me subí a un taxi y había una mujer trans prostituyéndose en la calle. El taxista empezó a decir unas cosas horribles. Yo era trans y en ese momento me dio pánico. Obviamente, quería decir algo, pero pensaba que ese señor me podía matar y me quedé callado. Afortunadamente, no se percató de quién era su pasajero. No me pudo ver. Me pasaron muchas cosas así.

Cuando volví de Bogotá, yo había hecho mi tránsito, pero mi familia no me había acompañado y, claro, me devolvieron. Eso fue horrible. Nadie me rechazó, pero con frecuencia me decían Sofía y usaban pronombres femeninos. Se demoraron en acostumbrarse a mi nuevo nombre, a los pronombres masculinos. Eso me molestaba mucho. Lo que entendí después es que el tránsito no es solamente un proceso personal.

Escoger mi nombre fue muy fácil. Un día, me metí a una página de juegos que usaba cuando tenía ocho años. Mi personaje se llamaba Camilo. Ese era el nombre que yo había escogido para mi identidad en el juego y me acordé de que, siendo niñas, Juliana y yo jugábamos a ponerles nombres a los hijos que tendríamos. Yo escogía Camilo. Le decía que me fascinaba porque rimaba con Milo y a mí me encantaba el Milo. Después decidí Bastián Camilo porque mi tío Felipe y mi tía Jenny le habían puesto Sebastián a mi primito en homenaje al protagonista de La historia sin fin. Yo les había dicho que lo dejaran Bastián, como el personaje; que era un nombre chévere, singular. No quisieron. Después, Lau me dijo que buscara otro nombre, que todos teníamos dos nombres y se me ocurrió Bastián Camilo. “Está raro”, pensaba; pero entre más lo decía más me gustaba. Bastián Camilo. “Puede sonar extraño ―pensé―, pero es mi hijueputa nombre. Yo veré qué hago”. Me encanta mi nombre.

También me gustaba mi antiguo nombre. Hice luto por él. Todo el mundo lo asociaba con inteligencia. Me encantaba, pero dejó de encajar conmigo cuando cambié físicamente. Sentí que ese nombre, que antes era tan mío, ya no me pertenecía. Me fascina Bastián Camilo, pero me dolió dejar ir Sofía. Nada se podía hacer. Ese nombre era parte de la identidad que había construido y que necesitaba deconstruir para construir de nuevo.

Lo que resultó más difícil fue hacer el trámite para cambiar legalmente mi nombre. En la Registraduría, le dijeron a mi papá que eso era un proceso larguísimo, que prácticamente no se podía. Hablé con Colombia Diversa y ellos me dieron unos documentos. Fuimos a la Registraduría en Cali. Me dijeron lo mismo que le habían dicho a mi papá. Le dije a una funcionaria: “No, señora, aquí está; yo me puedo cambiar el nombre cuando quiera y llamarme como se me dé la gana y quiero llamarme así”. Me pasaron con otras personas y todas se negaron. No querían hacerlo. Mamá mandó un poder y no lo aceptaron. Tuvo que mandar otro. Mi papá se fue a vivir a Medellín y lo intentó en todas las registradurías. Al final, encontró un funcionario que hizo un documento de cuatro páginas, muy detallado, citando la constitución. Aunque un registro de cambio de nombre es de una página, mi documento completo tiene siete páginas porque pusieron hasta la carta de la psicóloga.

La disforia de género se produce por cosas que te recuerdan que eres del género contrario. La más terrible para mí fueron los senos. Los odiaba. Eran un tumor. Ponerme ese binder era horrible, todo el día con dolor de espalda; pero no me sentía capaz de salir sin él. Yo había superado cuatro de mis cinco puntos principales de disforia: la voz, el pelo, la ropa y la menstruación. Faltaba extirparme los senos. Soñaba con esa cirugía. La necesitaba.

Un día, yo estaba en un ataque de pánico. Llamé a mi mamá llorando y le dije: “Estoy que cojo un bisturí y me arranco el pecho. No sé qué hacer. Estoy desesperado”. Me dijo: “Deme dos años, deme dos años, por favor, y le resuelvo”. Me quería operar en Estados Unidos, pero eso se veía muy lejos. Mi mamá todavía no tenía papeles. Confié en mi mamá. Ella tiene el poder de hacer lo que se propone. Siempre le sale. Durante esos dos años lo único que me dio esperanza fue esa confianza en que mi mamá lo iba a resolver.

En el 2019 ya no aguanté más. Empecé a buscar cirujanos en Cali. Llegué donde Carlos Triana. Las paredes de la sala de espera y la oficina estaban llenas de títulos y certificados de estudios. Eso me dio confianza. Él me revisó y me explicó cómo era la cirugía, dónde me cortaba, qué me extraía y me dijo que no me dejaba pezones. Yo dije: “Aquí es”. Era exactamente la cirugía que yo había investigado durante mucho tiempo. Me la sabía de memoria. Para buscar una segunda opinión, consulté a otro cirujano y le conté que el doctor Triana me había examinado. Me dijo que nadie la iba a hacer mejor, que era una eminencia.

En dos meses mi mamá se estalló esos diez millones de pesos. No sé cómo hizo, pero los consiguió y pude practicarme la cirugía. Me encanta como quedé, me encanta estar sin camisa, me encantan mis cicatrices. Yo no me quise echar cremas cicatrizantes. Yo quiero ver mis cicatrices, luché mucho por tenerlas.

Aquí es más relajado ser trans. Hay mucha más diversidad. Cuando entré a trabajar en Amazon, la persona que nos estaba haciendo la introducción era una chica súper masculina y súper chévere. Ella conectó el computador y el fondo de pantalla era la foto de su matrimonio con la esposa. Normalizado, completamente normalizado. Así, se siente mucha paz.

Hace poco tuve la cita con la ginecóloga para la histerectomía en el centro de género de Eskenazi y fue maravilloso. Pensé que me iban a enviar al área de ginecoobstetricia, como en Colombia. Eso era súper incómodo porque uno tiene apariencia masculina. No, me atendieron directamente en el área de género. Ahí hay ginecólogos, urólogos, psicólogos, psiquiatras, endocrinos, trabajadores trans. Todos saben exactamente lo que deben hacer y son discretos. Hay una persona cuyo único rol es asegurarse de que el paciente no sea discriminado. Eso es maravilloso. La enfermera o la doctora se presenta, dice su nombre y cuáles son sus pronombres, y te pregunta cuáles son los tuyos. Luego te hace la consulta.

Aunque me voy a practicar la histerectomía, yo siento que, para efectos prácticos, ya terminé mi transición. Ya mi vida no da vueltas alrededor de mi tránsito y la disforia desapareció. En la terapia de grupo entendí que el tránsito es como un árbol con muchas ramitas: la parte legal, la parte social, la parte médica. Cada uno debe decidir cuáles ramas necesita sacarle a su árbol y cuáles no. Se trata de una experiencia personal, en la cual, es fundamental saber qué tanto queremos cambiar por nosotros mismos, no para encajar en la sociedad. Hay unos que se dicen cambiantes y su tránsito siempre está abierto. El mío está cerrado.

Ni siquiera me interesa tener pene. El pene nunca me dio disforia. No creo que me vaya a hacer esa cirugía.

Solo he tenido dos parejas, a distancia. Eso y nada es la misma maricada. Nunca sostuve una relación sentimental de verdad, solo cuenticos. Nada serio. Eso tiene más que ver con mi autismo que con el tránsito. Para mí es muy difícil crear relaciones de cualquier tipo. Desde que estoy acá, solo hice un amigo y nos dejamos de hablar. No me importa. Mientras tenga a mi familia, estaré bien.

Sé que ya no soy la persona que era. Si mis recuerdos de mí mismo cambiaron, fue de forma inconsciente y no me di cuenta, pero yo siempre me vi a mí mismo de forma muy masculina. Cuando tenía trece años me dio por imaginarme mi futuro. Me veía como médico y papá. Ahora que observo estas fotos o los videos de mi niñez, no me reconozco en esa niña. Sé que soy yo, pero no me reconozco y me pregunto: “¿Qué tanto de mí es?”. De todas maneras, todos los humanos cambiamos. El adulto es otra persona que el niño. El doctor Who regenera todo su cuerpo cuando está a punto de morir y cambia totalmente. Es como una resurrección, pero en otro. Hay un diálogo de él que es perfecto. Dice: “Todos cambiamos en el proceso de nuestra vida. Siempre somos personas diferentes. Y eso está bien, mientras recuerdes todas las personas que fuiste”. Es como que yo soy esa persona, pero al mismo tiempo no lo soy. No me molesta ver esos videos, esas fotos. Yo era adorable.

Luché mucho por hacer mi tránsito y lo logré. Luché y vencí, y tengo orgullo de ser trans. Ya no tengo que esconder mi identidad, pasar inadvertido, hacerme invisible. He llevado un proceso tan largo que llegué al punto en que decidí que no me importan las etiquetas. No necesito etiquetarme en mi sexualidad. Lo que me gusta, me gusta. Punto y final.

* (Bastián Camilo Peñaloza. Carmel, Indiana. Julio 10 de 2021).

Esta crónica hace parte del libro Allende el mar. Crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos, escrito como resultado de un proyecto de investigación-creación desarrollado gracias a la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano y al año sabático otorgado por la Universidad del Valle. En tanto relato documental, la historia aquí contada se atiene estrictamente a la información allegada en la investigación. En relación con los procedimientos textuales, el cronista actúa con absoluta libertad en pro de lograr un tratamiento literario de dicho relato. En este sentido, la primera persona es una voz híbrida que se construye en un espacio de tensión entre la del cronista y la del protagonista.

Óscar Osorio

Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Doctor en Literaturas Hispánicas y Luso-Brasileras de la Universidad de la Ciudad de New York (CUNY). Ha publicado trece libros: crítica literaria, poesía, crónica, cuento y novela. Recibió, entre otras distinciones, el XXXII Premio Cáceres de Novela Corta (España 2007), el Premio de Ensayo Autores Vallecaucanos Jorge Isaacs (Colombia 2015), la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano (Colombia-USA 2020).

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