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Día Mundial de la Asistencia Humanitaria

Desde el 2008 las Naciones Unidas instauró el Día de la Acción Humanitaria en memoria del diplomático brasileño, Sergio Vieira de Mello, quien luego de más de 30 años de labores humanitarias murió en un atentado en Bagdad el 19 de agosto del 2003, junto a otros 22 trabajadores humanitarios.

Texto: Jorge Fernández |  Fotos: Migue Roth

Ser trabajador o trabajadora humanitaria suele ser un trabajo de riesgo, de entrega, en escenarios demandantes y territorios que suele estar en crisis: conflictos bélicos, de seguridad, de acceso a servicios básicos de salud, de educación. El desplazamiento forzado, las crisis prolongadas de derechos humanos, el incremento constante del número de personas refugiadas que —año tras año— hace que las situaciones sean cada vez más complejas. En estos contextos, además, la violencia basada en género, los abusos sexuales y el maltrato se incrementan. Los espacios de trabajo para los humanitarios también se dan ante desastres socio-naturales, producto de la ausencia de políticas de gestión de riesgos, problemas asociados a los modelos de desarrollo de las sociedades que impactan en el trágico proceso de cambio climático. Pobreza, desigualdad, desempleo, inequidad, hacinamiento y falta de agua potable, agudizan los contextos críticos.

Agencias del Sistema de Naciones Unidas y centenares de organizaciones humanitarias tratan día a día de paliar estas situaciones, de prevenir y aliviar el sufrimiento humano, de brindar asistencia humanitaria a través de esquemas de protección, de acceso a la ayuda humanitaria, recursos para el sostenimiento de la vida y la dignidad humana, con base en los derechos humanos. La labor profesional de estos trabajadores humanitarios comprende procesos de capacitación, entrenamiento técnico y desarrollo de competencias que van desde las complejas negociaciones humanitarias hasta el uso de estándares humanitarios internacionales, basados en la dignidad humana.

En los últimos años se incrementaron las estadísticas de centenares de trabajadores y trabajadoras humanitarias que pierden su vida, decenas de ellos secuestrados, o asesinados en circunstancias vinculadas a su trabajo (basta recordar la reciente pérdida de tres compañeros de Médicos Sin Fronteras asesinados en la región de etíope de Tigray).
Es una labor que implica fuerte exigencia personal, familiar, comunitaria y entrega —incluso, a veces— hasta el final.
En ocasiones el trabajo implica alejarse meses o años de casa, vivir temporalmente en hospedajes o moradas que se transforman en una especie de hogar, aunque siempre se sienta la ausencia de los seres queridos más cercanos. La tecnología ayuda a achicar distancias, pero no reemplaza abrazos y ni risas compartidas; tampoco reemplaza una buena charla de sobre mesa familiar compartiendo un café, un mate o un vino.

Los múltiples aprendizajes para el humanitario, sobre temas, culturas, geografías y políticas es constante, pero el mayor aprendizaje que se tiene es de uno mismo, de las sombras y luces propias. Algunos no soportan la presión, el dolor y la bronca que se acumula al compás de las crisis, la burocracia institucional y los complejos vínculos humanos; otros sienten depresión, o experimentan estrés post-traumático. Intentar mantener buena salud mental en el trabajo humanitario es un desafío.

“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.” —Martin Luther King.

El trabajo humanitario tiene una cuota del orden espiritual (más allá de la religión que se profese o no), algo tan profundo como sencillo que se mezcla con la vocación, dado que se siente el llamado a la misión: la de ir a donde hay dolor, sufrimiento, angustia, y tratar de ser un instrumento de paz, de esperanza para los demás. Con herramientas —invisibles— que van más allá de las cuestiones técnicas o de las
competencias adquiridas o desarrolladas, pero que se decodifican en cualquier cultura. Las y los trabajadores humanitarios se inspiran en el testimonio y espíritu de Henry Dunant, Florence Nightingale, Eglantyne Jebb, Sadako-Ogata, Jacques Moreillón y de otros tantos que dedicaron su vida a los demás desde el trabajo humanitario.

La fraternidad, la mancomunión y la camaradería que se logra, además, transcienden fronteras. La sonrisa, el compromiso, las ganas de hacer y cambiar las cosas serán un sello distintivo siempre, mezclados con profesionalismo y buen humor y buen amor por la tarea en la acción humanitaria.
Nadie elige irse a otro lado, a escenarios y contextos complejos e inciertos si no tiene eso que algunos llaman diaconía: amor para dar, transmutado en forma de servicio profesional con calidad y calidez.

En ocasiones el trabajo humanitario es temporal, a veces porque el contrato es solo por una sola misión, por un proyecto puntual. En otras ocasiones (las menos) se transforma en una carrera, en una profesión de por vida, más allá de los colores del emblema institucional que toque vestir. Las trabajadoras y trabajadores humanitarias son personas que tratan de que la vida entre en una maleta, pero tienen tantas y variadas experiencias, anécdotas que contar, libros que escribir y memorias que honrar. No pocos saben cocinar un plato exótico aprendido en lugares remotos de difícil pronunciación. No pocos tendrán historias de amor y desamor, cercanos, lejanos, a distancia, platónicos o concretos. No pocos construyen lazos de amistad variados, culturalmente diferentes y en donde quedan manifiestos esos lazos invisibles de solidaridad transfronteriza, de conspiración positiva para que otros mundos sean posibles, más justos, pacíficos y fraternos.

Que este día de la Asistencia Humanitaria sea una instancia más para dar gracias por tantas vidas que se comprometieron; por esas personas que nos inspiran a comprometernos.

“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.” —Martin Luther King.

Jorge Fernández

Humanitario

Licenciado en Organización y Dirección Institucional (UNSAM), Diplomando Internacional en Políticas Públicas, DDHH y Gestión de Riesgos en América Latina y el Caribe (Fundación Henry Dunant, Chile), actualmente es maestrando en la Universidad Nacional de La Plata en Comunicación y DDHH. Trabaja como facilitador y miembro voluntario del Centro de Competencias en Negociación Humanitaria (CCNH) de Ginebra. Miembro de la Red Interagencial de Educación en Emergencias (INNE). Especialista en Acción Humanitaria; en los últimos años ha trabajo en apoyo a la población refugiada en Argentina; para la Comisión Católica Argentina de Migraciones y ADRA Argentina, coordinando el Centro de Apoyo al Refugiado con apoyo del ACNUR. Además facilita procesos comunitarios para el Centro Regional Ecuménico de Asesoría y Servicio.

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