Reportajes

La ciudad de los muertos

Llegar a Guayaquil a principios de abril era entrar en una película apocalíptica. Jamás presencié algo semejante: en el primer control policial —antes de ingresar a la ciudad— vimos los primeros ataúdes. Para no perder el tema, queríamos tomar fotos. No imaginamos que las calles, sin tráfico ni gente, estarían repletas de féretros: transportados adentro de carros, amarrados con cuerdas; con las ventanas abiertas por el olor.

Texto: Lise Josefsen Hermann | Fotos: Iván Castaneira

Un olor vil. Incluso penetraba mi equipo de protección, una máscara especial. Intenté ignorarlo, pero no pude. El hedor se potenciaba con el escenario de ataúdes y personas desesperadas en duelos desgarradores. Había cadáveres de varios días en las casas, bajo el calor abrasador de más de treinta grados de Guayaquil.

¿Por sorpresa?

La ciudad desbordaba en todo sentido. Las autoridades parecían no saber cómo reaccionar ante una enfermedad que los atacaba sin preparación. ¿pero qué países estuvieron bien preparados para esto? ¿Quiénes en el mundo se hubieran imaginado el golpe tan fuerte del coronavirus?». En Guayaquil no daban a basto los hospitales, ni los servicios funerarios, ni los cementerios.

Ecuador es el país con más cantidad de contagios y muertos per cápita relacionados al Covid-19 en Latinoamérica. Otro detalle impactante fue que ya la preocupación parecía no ser que la gente moría, sino qué hacer con los cadáveres. Como que la esperanza de poder enfrentar la enfermedad era una lucha perdida.

«Llamamos al 911 muchas veces, pero no contestaron —dice Evelyn Bastidas (28) del cantón de Duran, parte del distrito metropolitano de Guayaquil—. Llevamos a mi papá a varios hospitales, pero no nos querían atender. Al final, un médico nos dijo que le lleváramos a la casa a que muera».

Así como tantos otros casos —que no se terminaron de esclarecer si se debieron o no al Covid-19— el drama no terminó con la muerte: «Al cuarto día tuvimos que dormir afuera en la calle. Ya no aguantábamos el olor. Fue horrible. Nunca lo imaginamos. No deseo esto para nadie. No era un animal. Era mi papá».

Orlando, su padre, era taxista. El sustento de la casa.

—¿Y ahora qué? Les pregunté.

El hermano de Evelyn hace un comentario afilado: «No hay trabajo. Y tenemos hambre. A veces me llaman para alguna cosa, pero no hay trabajo. Así, lo único que queda es salir a la calle y robar».

Sé que no se siente orgulloso por lo que acaba de decir. Mas bien describe la realidad de su zona en Guayaquil; describe gran parte de Ecuador, de Latinoamérica. No solo está molesto y siente impotencia por la muerte de su padre. Ahora no puede ir a trabajar. Hay hambre.

 «Tengo miedo del peligro de contagio al tenerlo ahí, en el piso»

Lo más frustrante y preocupante que vimos no fueron los ataúdes, sino la reacción de las autoridades que negaban, ocultaban, y hasta censuraban nuestra labor para mostrar la situación.

A principios de mes nos encontramos al ministro de salud, Juan Carlos Zevallos, en el hotel Wyndham Garden. Lo vimos por casualidad en el lobby y logramos entrevistarlo para Danish Broadcasting Corporation (DR). La entrevista comenzó de forma abrupta: él no usaba mascarilla y me quiso saludar de un beso. Como no lo dejé, se rió y me dijo: «yo no tengo coronavirus».

Sus respuestas estaban cargadas de tenor político: «En el inicio es verdad que se nos salió un poco de los manos [la situación]. Pero ya está bajo control. Ya no hay cadáveres en las casas». Insistí en que sabía de casos de personas muertas en sus casas desde hacía días. «Ya está solucionado eso», respondió concluyente.

Esa misma noche visitamos a Patricia, una de las personas que debió vivir con el hedor de cadáveres de uno de sus seres queridos. La mujer de 52 años llevaba dos días con el cuerpo de su padre tendido en el suelo de la habitación. Estaba desesperada y nerviosa por lo que podrían decir sus vecinos:

—Van a estar diciendo “ahí viene el coronavirus”. Tengo miedo del peligro de contagio al tenerlo ahí, en el piso.

Su padre de 86 años había muerto con síntomas de Covid-19. Patricia dice que ella y su madre de 89 años también tienen tos y fiebre.

—Estoy nerviosa y tengo miedo de esto. Quiero llevar a mi madre al médico, pero primero tengo que arreglar lo del cuerpo de mi padre. No soporto verlo. Puse el periódico abajo de la puerta, el olor es bien fuerte.

Las dudas, el miedo

No fue fácil tomar la decisión de ir a Guayaquil para ésta cobertura. Mientras evaluaba la situación en mi casa y decidía qué hacer, me llegó la noticia de que habían muerto cuatro periodistas. Por un lado, como corresponsal quería estar ahí. Por otro lado escuchaba el #quedateencasa todo el tiempo y me cuestionaba: ¿valdría la pena correr el riesgo de exponerme? ¿Iría por un bien común o por mi ego profesional?

Hasta ahora en Guayaquil, el número de periodistas muertos por Covid-19 —o por probable Covid-19—es de doce colegas. «Se cree que la mayoría de los periodistas se contagiaron mientras trabajaban. Pero no podemos estar 100 % seguros de eso», dice César Ricuarte de Fundamedios.

Una vez allí, me llamó mucho la atención que no hubiera más trabajadores de prensa, casi no habían periodistas locales o nacionales, menos aún internacionales. Se estaba produciendo un desastre humano sin precedentes y no había colegas para contar lo que pasaba al resto de Ecuador y al mundo. Mi celular rebalsaba de mensajes: «¿Es verdad lo de muertos y fallecidos en las casas? ¿O son Fake News?».

«Hubo periodistas en las calles hasta finales de marzo —dice Ricuarte—. Luego empezamos a ver estos casos de contagiados y muertes, y los periodistas comenzaron a quedarse en casa. Era una manera de autocensura, los periodistas simplemente estaban aterrorizados y no tenían equipo de protección».

«La gente tiene miedo «dice Blanca Moncada, del periódico Expreso de Guayaquil—. Muchos están en casa con depresión porque sus amigos y colegas han muerto. La mayoría no tiene ningún equipo de seguridad. Los periodistas simplemente no se atreven a trabajar en estas condiciones, no quieren arriesgar sus vidas».

Uno de sus compañeros conductores, Omar Paredes, murió a principios de abril.

«Un momento crucial para mí, durante esta terrible crisis en mi ciudad, fue cuando perdí a uno de mis amigos cercanos del trabajo, Omar Paredes. Nadie pudo ayudarlo a conseguir un tanque de oxígeno esa noche». A Blanca le cuesta hablar de Omar sin que sus ojos se humedezcan. «Claro que tengo miedo. Tengo miedo de ser contagiada sin síntomas e infectar a otros. Imagínate, varios amigos han muerto. Omar está muerto. Son demasiados. Tengo miedo, no estoy exenta de que me pase».

924

Días después de la entrevista con el ministro, estábamos con el equipo de Tareas Especiales, formado para recolectar los cadáveres. Se estableció un departamento informático para analizar los datos e identificar focos en la ciudad. Allí nos topamos con un número que no se había publicado: 924 presuntas muertes por covid-19 en DMG – el distrito Metropolitano de Guayaquil. Este mismo día el número oficial de los reportes covid decían 272 fallecidos. Me sorprendí al ver el número; tomé una foto con mi celular y luego le pregunté al General Tania Varela, jefa del Estado Mayor de la policía:

—Es un error. Fue un número que pusimos así nomas. No es un número verdadero, —fue su respuesta, que repitió cuando insistí con la pregunta.

924 era un número que me resultaba más representativo de los tantísimos ataúdes que vimos en las calles.

También fuera de los hospitales en Guayaquil, la gente estaba desesperada. Estar frente a uno de los llamados Hospitales Covid-19, Los Ceibos, fue una experiencia desalentadora. La gente estaba indignada. Varias personas tosían, era difícil no pensar en riesgos de infección. Algunos gritaban. Había frustración e ira. En la acera, tres hombres lloraban. Uno de ellos era Jaime: «Mi padre murió hace veinte minutos. Tenía síntomas de Covid pero nunca se hizo la prueba». El padre, Antonio Yumaella, murió a la edad de 65 años en medio de la etapa más dramática de la crisis en Guayaquil.

Adentro del hospital, el personal de salud improvisaba atenciones. Según El Colegio de médicos del Guayas, al menos noventa médicos han muerto por la enfermedad en la provincia.

Uno de los que está en primera fila es un médico joven que prefiere permanecer anónimo por temor a perder su trabajo. Lo llamaremos Juan. Hasta la crisis de covid-19 vivía en otra ciudad costera de Ecuador. Pero a principios de abril, cuando empezó la escasez de profesionales de la salud en Guayaquil debido a médicos infectados y al fuerte aumento de pacientes por la pandemia, Juan comenzó a trabajar en el hospital Teodoro Maldonado Carbo en Guayaquil. Llegó en el peor momento y recuerda su primera guardia: «No había espacio para los pacientes en las camas, tenían que estar en sillas o en sillas de ruedas con los aparatos de oxígeno. Y los porteros no pudieron alcanzar a mover los fallecidos. En un momento hubo como cuarenta muertos en los pasillos del hospital durante 24 horas».

Según el Colegio de médicos del Guayas, hay más de 700 médicos infectados en la provincia. Juan acaba de dar negativo al test de Covid-19, pero para muchos colegas el resultado ha sido el contrario.

«Tengo miedo. Pero sí creo en las estadísticas; me da esperanza saber que soy joven. Tengo mucho cuidado de no infectarme. Y estoy seguro de que mi sistema inmunitario puede hacer frente si me infecto». También dice que las pruebas del hospital solo alcanzan para los profesionales de la salud: «Cuando los pacientes mueren por problemas respiratorios, nunca sabemos cuántos de ellos tenían covid-19».

Luego me cuenta que solo tienen una muda de ropa de seguridad para guardias de 24 horas. Por lo tanto, tienen que elegir entre reciclar su ropa después de comer, con los riesgos que conllevan. O no comer.

Me dice que muchos colegas tienen miedo de exponer a sus familias cuando regresan a casa después de trabajar en el hospital. Para Juan y sus colegas es un momento extremadamente estresante y preocupante como personal de salud en Ecuador. Aun así, está convencido de que está haciendo lo correcto: «Mi familia entiende mi dilema. Como médico, no podemos escapar de nuestras responsabilidades en medio de una pandemia. La gente nos necesita ahora. Estoy orgulloso de trabajar como médico durante este período y creo que mi familia también».

La números ciertos

Días atrás grabamos a Billy Navarrette Benavides, secretario ejecutivo del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, un video para New York Times. Fuimos hasta el cementerio en el barrio popular Pascuales. Los pobladores del sector se quejaban de que llegaban camiones con cadáveres para tirarlos en una supuesta fosa común. Con el equipo tratamos de documentar lo que nos comentaban con un drone, hasta que llegó un comando de las Fuerzas Armadas que nos obligó a bajar el drone y decomisó la memoria. Horas más tarde nos devolvieron la tarjeta, pero ya habían logrado parar nuestro trabajo periodístico. ¿Por qué actuaron así? ¿Había algo para ocultar? Era inevitable pensar en las acusaciones y las Fake News. A la información también le infectó un virus en ésta pandémica crisis de Ecuador.
Jorge Wated, encargado de la recolección de fallecidos, hizo público el 16 de abril los números de muertos en Guayas de las primeras dos semanas de abril: 7603 para la provincia, unos 5700 más que el promedio normal. Hasta la fecha no hay claridad sobre las causas de los decesos, cuántos murieron con Covid-19 y cuántos, por ejemplo, por falta de atención medica de otras enfermedades, en un sistema de salud colapsado.

Según estimaciones del New York Times, el caso de Guayaquil está entre los peores del mundo.

Una nota para que no se pierda mi padre ya muerto

Patricia, la señora con su padre muerto en el piso de la habitación, logró entrar en contacto telefónico con alguien del municipio para saber cuándo las autoridades irían por el cadáver de su padre: «Dijeron que tenían un ataud de cartón para él. Que le adjuntemos una nota para que no se pierda. Y que cuando termine todo esto, podemos ir a ver dónde lo enterraron».

La mujer está frustrada y muy triste: «Era un buen padre y esposo. No puedo soportar verlo así. Que es tratado como un animal de esa manera. Él del municipio me dijo: Patricia, si veías los cuerpos tirados en la calle, arrojados como la basura. Es impresionante la cantidad de personas que mueren».

Nuestros muertos

Anoche soñé que en mi casa había una señora gravemente enferma por Covid-19. Al final moría y debíamos dejarla allí, tirada. Teníamos que convivir con ella. Fue una pesadilla fuerte, pero no logró acercarse ni un poco a cómo imagino el dolor de las personas que tuvieron que vivir esa experiencia con sus seres queridos en Guayaquil.

La señora del sueño no era mi muerto, no tenía relación con ella. Era uno de los muchos lamentables muertos de Guayaquil.

Los muertos de Guayaquil que ahora son los muertos de todos.

Lise Josefsen Hermann

Periodista  |  Corresponsal

Lise lleva más de 10 años como freelance, insistiendo —sobre todo al público del norte de Europa— sobre las condiciones humanas en Latinoamérica y la huella que dejamos en el mundo. Reporta para varios medios de Dinamarca y Noruega, así como internacionales (NYT, DW, BBC) y oenegés (Amnistía Internacional y Oxfam). Se enfoca en temas ambientales, DDHH, migración y pueblos indígenas.

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Iván Castaneira

Fotógrafo  |  Documentalista

Iván es fótografo y documentalista freelance, ha colaborado con varias agencias de noticias, medios de comunicación, organizaciones de derechos humanos y ecologistas. El trabajo que realiza tiene foco principalmente en derechos humanos y defensa de la naturaleza y el territorio.

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