¿Cuántas ranas necesita el mundo? | La vida como adorno
La idea de que algunos animales pueden ser simples objetos decorativos sustenta el maltrato, el comercio ilegal y el desequilibrio de los ecosistemas.
Por G. Jaramillo Rojas & Fotos de Dahian Cifuentes | Esta investigación fue financiada por el Pulitzer Center.
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Siempre le hacen la misma pregunta: ¿por qué, para qué y para quiénes protege el monte? Y Blas Cárdenas, con una de esas parsimonias que solo se derivan de la sapiencia, responde lo mismo: ese monte es mi casa, si no lo cuido yo ¿quién lo va a cuidar? Pero la realidad es que hay otras respuestas y, la más sencilla y concreta, está en su infancia.
El corregimiento de Santa Cecilia pertenece al municipio de Pueblo Rico, un pequeño pueblo de 3 mil habitantes que fue noticia nacional en 1997 y 2025 por dos masacres, la primera perpetrada por paramilitares vestidos de civil y la segunda presuntamente dirigida a firmantes de paz.
Para llegar allí, desde Pereira son tres horas en auto y, entre bajadas y subidas que tapan los oídos, se divisa en su máximo esplendor el paisaje cultural cafetero. Formidables montañas y profundos valles se revelan entre la perseverancia de todos los verdes imaginables. Una tierra fértil en la que cualquier semilla prende sin ningún esfuerzo y en la que el vapor del café más codiciado del mundo se confunde con las nubes.
Blas nació, se crio y ha vivido toda su vida en Santa Cecilia, un territorio que funciona como la frontera entre Risaralda, uno de los departamentos más pequeños de Colombia, y el Chocó, el más pobre y olvidado del país. De niño se perdía en el monte incontables horas hasta que el hambre y la sed le hacían regresar a la casa de madera construida a pulso por sus padres.
La geografía cultural local propone una interacción cuya dinámica social es tan rica como el río San Juan, afluente que permite a la comunidad negra extraer artesanalmente el oro suficiente para la supervivencia, a los indígenas embera pescar sabaletas de hasta medio kilo y a los mestizos lavar las ropas y refrescarse de las altas temperaturas.
En las noches, arrulladas por el eco del río y la diversa vocalización animal, el pequeño Blas se sumergía en las figuras, tamaños, colores y sonidos de los seres más asombrosos: infinidad de aves, mamíferos, insectos, lagartos y anfibios se proyectaban en su mente con la fuerza de la fascinación. Una riqueza natural que solo él podía estimar y que, cuando la compartía oralmente, le ocasionaba el mote de loco.
A sus 64 años, Blas es el referente de la conservación ambiental de la región y el guardián de la oophaga histriónica, o rana arlequín, un batracio que parece modelado con plastilina por alguna sensibilidad privilegiada, y que lleva en su lomo una circunferencia perfecta de color naranja que es una advertencia para todos los seres vivos adyacentes: no me toques si quieres vivir.
Blas no tardó mucho en comprender que su pueblo no solo desconocía la diversidad que escondían, como genuinos tesoros, los montes lindantes, sino que para muchos de sus paisanos esos seres fantásticos se reducían a simples plagas, mientras que para unos pocos eran sinónimo de dinero fácil.
La oophaga histriónica era una de esas especies que saltaba libremente por entre los caminos de tierra y maleza. Se le veía estacionada en piedras, hojas, frutos, pastos, como si se tratara de una encantadora e intocable sirena bajo el sol. Eran cientos, las que podía encontrar en un solo paseo que, si repitiera hoy, con suerte llegaría a toparse con uno o dos individuos.
Los indígenas embera han usado desde siempre el potente veneno de la rana para cazar. De un individuo puede sacarse la cantidad necesaria de secreción para detener el corazón, por medio de dardos, de una veintena de primates medianos. No hace falta matarlas, pero sí estresarlas hasta que la piel se cubra de un brillo parecido al de las uñas recién hechas.
En la década del 90 la población de oophagas histriónicas se redujo dramáticamente. Según Blas casi que dos de cada tres desaparecieron. La palabra desaparecer es tan mágica como trágica: nadie puede asegurar a donde fueron, aunque todos intuyen en donde pueden estar: Estados Unidos o Europa.
Los colores hechiceros y el exotismo de este anfibio único en el mundo llamaron la atención de coleccionistas internacionales que temían adentrarse en un país azotado por la ferocidad de la guerra. Los coleccionistas no cruzaron sus brazos y, por el contrario, sí extendieron sus sombrías manos hasta Santa Cecilia, generando un sigiloso boom que pagaba entre uno y dos dólares por individuo que, si sobrevivía, podía alcanzar un valor de hasta 800 dólares.
Blas veía cómo saqueaban sus montes. Las mañanas eran las elegidas por los “cogedores” para hacerse de las ranas. Cuando se ponían caprichosas y no salían se activaban grabadoras que reproducían las vocalizaciones de los machos para atraerlas y, en cuestión de minutos, empezaban a surgir y a destellar como diamantes sobre carbón.
Con guantes de látex las agarraban y eran metidas en bolsas plásticas apenas humedecidas para ser entregadas en el pueblo y, después de la paga, sacadas de la región en cajas atracadas de acuosa vegetación. Blas asegura que no solo es probable, sino casi seguro, que una de cada veinte ranas llegó a destino, lo cual no es otra cosa distinta a un tipo de eufemismo para no decir directamente que, en ruta, la gran mayoría muere.
En un ascenso de 500 metros por un monte que alberga un resguardo indígena, viviendas tabladas de colonos y cientos de hectáreas de terrenos baldíos, una mañana de domingo Blas encuentra dos machos. Los bautiza: Panchito, de cuatro centímetros, y Tranquilo, de cuatro y medio. Sus manos enguantadas acarician los frágiles cuerpos con la delicadeza de un amante: empiezan a croar y la sonrisa de Blas es más grandiosa que el bosque.
—Ninguna mujer me aguanta este amor por el monte, y eso que las negras son bien aguantadoras. Yo ya me quedo solo acá, acompañado, desde donde esté, por mi hijo de 17 años desaparecido por las FARC en el 2000. Yo no tengo cartón de biólogo, pero sé lo necesario para entender y proteger la especie. Mi conocimiento lo comparto con los niños, porque con los adultos no pasa nada, dice Blas, mientras deposita a Tranquilo en la lodosa base de un helecho.
En los últimos años Blas ha sido contactado innumerables veces por traficantes de Cali y Medellín. Le han ofrecido hasta 30 dólares por individuo, a lo que él responde que ese dinero es el que puede hacerse en un día de trabajo con personas que, muy de vez en cuando, vienen a visitarlas. Su trabajo, que nadie en la comunidad solicitó, consiste en estar atento a los movimientos extraños y, cuando surge uno, ir a preguntar, acción sencilla que ahuyenta las manos sombrías.
Aunque el tráfico es la cuarta amenaza directa de la oophaga histriónica, después de los depredadores naturales, la brutal deforestación que sufre el bosque húmedo y el uso excesivo de agroquímicos, el comercio ilegal de la especie sobresale no solo por lo injusto y desigual del negocio, sino por la crueldad y el silencio con el que es ejecutado: no hay veneno que pueda detener ni la ambición ni la maldad humanas, les dice Blas, en el centro de Santa Cecilia, a un par de sus niños investigadores.
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En su casa a las afueras de Tampa, Florida, David (nombre modificado por petición de él), de 38 años, hijo de madre estadounidense y padre ecuatoriano, solo enciende su cámara después de remarcar que no quiere tener problemas con nadie. Lo único que hago es trabajar y seguir mis hobbies, que son dos y no hacen mal a nadie: el básquetbol y las ranas exóticas, dice, en español cubanizado. Su primer acercamiento a la terrariofilia (afición por el mantenimiento de terrarios habitados por animales) fue gracias a un profesor de la secundaria a la que asistió y que solía llevar a sus clases de biología acuarios con ranas, lagartijas y arañas. Me enamoré, añade.
Contactado por medio de la página www.dendroboard.com David decide no enviar correos electrónicos y comunicarse exclusivamente por Telegram. La página, en la que es usuario activo desde 2016, se presenta así: Un foro comunitario dedicado a dueños y aficionados a las ranas dardo. ¡Únete a la conversación sobre cría, salud, comportamiento, alojamiento, terrarios, adopción, cuidados, anuncios clasificados y mucho más! Tenemos una sección de Mercado para que los miembros establecidos compren y vendan ranas y suministros. La única manera de acceder al Mercado es dedicar tiempo a publicar, conocernos, hacer preguntas y compartir comentarios útiles sobre las publicaciones de otros.
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En el occidente del Valle del Cauca, a una hora de Cali, está Dagua, un municipio caracterizado no solo por su variada topografía y profusa naturaleza, sino también porque no duerme debido al constante flujo de vehículos atestados de mercancías y animales: Dagua limita al norte con Buenaventura, el puerto de importación más importante del país que ha sido, para la comunidad, tanto una fortuna económica, como todo un anatema social.
Todo el mundo dice: yo no sé nada. Una forma de existencia lingüística ante la confusión que lega el contexto, pero también de inducidas cegueras, sorderas y mutismos. Los locales saben cada cosa que pasa: qué, quién, cómo y cuándo, pero ante alguna pregunta sobre la seguridad repiten, como un mantra: yo no sé nada. Puede parecer miedo, pero la realidad dicta que lo que se despliega es un esquema básico de autoprotección.
Los registros históricos de violencia en Dagua han estado relacionados con la larga cadena del conflicto armado. Controles, disputas y hostigamientos de diversos grupos armados hacia la población civil han generado múltiples desplazamientos y terrores, pero también una conservación ambiental de primer nivel, fenómeno que aspira a convertirse en bandera turística.
Atuncela es un corregimiento que se encuentra a 30 minutos en auto del centro de Dagua. En el mapa se ve una carretera serpenteante que termina en una zona de relativa elevación desde donde se puede divisar la naturaleza pródiga de la región: colinas, valles, bosques, caminos de herradura, amplias zonas agrícolas y la entrada a una gran selva. El clima es templado en relación a la calentura de Dagua y sus cuatrocientos habitantes, de una u otra forma, están emparentados.
La andinobates bombetes, o rana rubí, forma parte del minúsculo paisaje que se descubre si se sabe examinar la vegetación. El individuo más grande alcanza los dos centímetros y es conocida como el “bicho venenoso que hay que cuidar”. De colores marrones, negros y rojos, desarrollan un croar tan fuerte que pone en tela de juicio su casi invisible tamaño.
Anyelo Benítez, de 43 años, interrumpe su matutina jornada de trabajo para mostrarla. Es el presidente de la junta de acción comunal y, en sus tiempos libres, oficia como guía local de avistamiento de aves. La suavidad de su voz y sus ojos verdes portan una tranquilidad de piedra apenas interrumpida por sus pisadas sobre el follaje.
—Soy bisnieto del fundador de este pueblo. Mi familia conoce cada metro cuadrado del territorio. A los vecinos hay que decirles que las ranitas son muy venenosas para que las dejen en paz. Sí son venenosas, pero no tanto como para matarte y eso las hace más vulnerables.
Anyelo estaciona su moto a la vera de un camino destapado. Camina seis metros y se detiene al inicio de un pequeño bosque. Se agacha y lo que sus manos mueven con escrúpulo es, para el ojo foráneo, simple maleza.
—Acá viene gente de muchas partes a ver aves, pero en los últimos años se dio interés por estas ranitas que solo se encuentran en estos montes. Quieren verlas, estudiarlas, fotografiarlas, pero también extraerlas sin permiso y hasta te ofrecen dinero por capturarlas. Mira, ahí hay una y otra y otra. Caben en la uña de un dedo y son bien bonitas, yo creo que son parientes de la lehmanni, una que se encuentra bien adentro de la selva.
Tres individuos saltan por entre las hojas secas. Los brincos alcanzan el medio metro y sus pieles destellan cuando se topan con algún rayo de sol. El peligro al que está expuesto la especie no se reduce al tráfico, sino también al uso de pesticidas y la tala de bosque nativo. Una de las tareas que Anyelo se autoimpuso es la de generar consciencia en la comunidad a propósito del uso equilibrado de la tierra: si hay para el humano, también debe haber para las especies con las que se convive.
—A un vecino le ofrecieron buen dinero por una finca. Los compradores querían forestar para después talar y hacer negocio. Hablamos con él sobre el riesgo que eso tenía y, por suerte, entendió. Después nos dimos cuenta de que en esa finca también había ranitas y otras especies endémicas. Imagínate: el señor vende y para forestar sí o sí arruinan a los animalitos. Después pelan todo y ya ninguna especie vuelve. Pero bueno, esto se puede controlar, contra quienes no se puede hacer mucho es contra los que quieren las ranas y pagan millones de pesos por ellas: ¿qué tendrán en la cabeza?
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David trabaja para una empresa informática y su salario anual de aproximadamente 110.000 dólares le alcanza para vivir y seguir holgadamente sus hobbies. Es un fanático acérrimo de Los Tampa Bay Titans y tiene una habitación entera de su casa dedicada al cuidado y mantenimiento de 13 ranas provenientes de las selvas colombianas y a las cuales se refiere como “mis tesoros”: 2 dendrobates truncatus, 2 oophagas histriónicas, 2 oophagas sylvaticas, 3 phyllobates bicolor, 3 oophagas lehmannis y la joya de la corona, como él mismo la llama: 1 phyllobates terribilis, la rana más venenosa del mundo.
Las dendrobates truncatus salieron 130 dólares. Se llaman Bob y Leo. Las oophagas histriónicas salieron 1400. Si comparaba una sola pagaba 900. Se llaman Mia y Ava. Las oophagas sylvaticas salieron 700. Se llaman Jack y Joe. Por las phyllobates bicolor pagó 320. Se llaman Rose, Luna y Kai. Las oophagas lehmannis salieron 900 dólares. Se llaman Dan, Tim y Max. La phyllobates terribilis alcanzó un valor final de 1300 con una espera de siete meses para su entrega. Se llama Queen Anna. En acuarios, medidores, controladores de iluminación y temperatura, sistemas de drenaje y riego, sustratos, plantas, decoración y dietas, David calcula que gastó, en los últimos cinco años, más de 10.000 dólares. Ranas y hábitats suman 14.750 dólares, un monto similar al salario mínimo de 28 meses en Colombia.
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A tres horas de Atuncela, por la vieja vía a Buenaventura se llega a Anchincayá. La entrada a la selva es marcada por el centro poblado de El Queremal. Un territorio al que nadie recomienda ir sin el contacto de alguien local y por el que es obligación, sin excepción alguna, transitar sin casco o con los vidrios abajo. Un territorio donde no hay presencia de ninguna fuerza estatal y que, entre sus copiosas montañas, se hallan verdaderos erarios naturales como la oophaha lehmanni.
En bajada, desde los 1450 m s. n. m y por una trocha que hasta finales de la década del 80 fue la única salida al mar desde Cali, nubes bajas, ríos y quebradas se manifiestan vírgenes entre la espesura de los campos, favoreciendo no solo la belleza natural y la biodiversidad de la zona, sino forjando el primer telón de apertura a una de las zonas más húmedas del planeta.
La comunidad mantiene viva una cultura campesina arraigada en sus tradiciones y en la profunda conexión con la tierra. Freddy Rebolledo, hombre mediano de cuerpo macizo y 52 años, abre las puertas de su casa para que su amiga Gloria sirva frijoles con arroz y carne, acompañados de yuca y plátano recién cosechados. La tarde transcurre con amenaza de lluvia, momento no propicio para ir a buscar la lehmanni.
A la mañana siguiente, Freddy invita a una caminata de media hora por la trocha que oscila entre la cordillera y un precipicio de 500 metros. En un barranco que solo él conoce se detiene, ajusta sus pantalones, tapa sus manos con guantes quirúrgicos y enfila su machete. Desciende con la intrepidez de un jaguar por entre los oscuros forrajes y, al cabo de cuarenta minutos, regresa con su mano derecha cerrada.
En 1998, en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, se incautaron varias cajas atiborradas de medio millar de ranas que tenían como destino Europa. Más de la mitad de los individuos pertenecían a la especie oophaga lehmanni que, para ese momento se calcula que llegaba a una población total de cuarenta mil, población que hoy no llega a cinco mil.
Freddy trabaja en consonancia y casi que de forma voluntaria con Wildlife Conservation Society (WCS), una organización fundada en 1895 en Nueva York que tiene como objetivo la protección de fauna y espacios silvestres alrededor del mundo. Aunque lejana, la tierra en la que Freddy nació, y de la que nunca ha salido, pertenece al municipio de Dagua: corregimiento La Cascada, vereda El Placer.
Colombia es el segundo país más biodiverso del mundo, lo que ha implicado, desde siempre, un alto potencial de comercio ilegal de fauna silvestre. Especies de aves y primates han sido las más traficadas, pero antes de la incautación de 1998, nadie se había detenido a pensar en los anfibios. Así fue que se activaron las alertas de las organizaciones medioambientales del país y la oophaga lehmanni se hizo célebre fuera de los corredores de tráfico dirigidos a coleccionistas y científicos.
Freddy pasó parte de su juventud viendo movimientos extraños de forasteros a lo largo y ancho de la cuenca del río Anchicayá, pero la trama del conflicto armado no le permitía preguntar de más. Cuando escuchó la noticia de la incautación, se puso a averiguar por la rana, descubriendo una silenciosa tradición de recolección, no maliciosa, sino algo así como una salida económica rápida que permitía, a algunas familias, hacer frente a la imperante escasez.
—Conservación con hambre no es posible. En un territorio como este, tan aislado y complejo, primero debemos garantizar el estar vivos y después de eso sí viene la consciencia ecológica. Mi trabajo tiene que ver más con la búsqueda de la medida exacta entre la supervivencia de las comunidades y la armonía con el medio ambiente. A veces líder comunitario o profesor, quizás un guía turístico o hasta un biólogo sin universidad, pero ante todo soy un trabajador de la tierra y por eso es que me debo a ella.
Freddy abre su mano y, sobre el látex azul cielo, resplandece una de joya anchicayense: la lehmanni. De piel negra trazada con estelas rojo escarlata, o de piel rojo escarlata trazada con estelas negras, es una insólita cebra invertebrada de cinco centímetros productora de enérgicas toxinas que le sirven como defensa contra depredadores. Freddy le habla como si fuera una de sus sobrinas: tranquila niña, no le va a pasar nada, pose, linda, y ya la devuelvo a su casa…
Freddy es una de las pocas personas de la comunidad que sabe en dónde puntualmente se encuentran los anfibios. Dice: acá, a cincuenta metros, hay 8, allá, a un kilómetro, hay 5, en esa bajada, llegando a la cañada, sé de 6. Su precisión es exacta, como la de un reloj atómico: puede que un día no se dejen ver, pero croando se comunican con su protector.
Con WCS se está planeando la construcción de un zoocriadero para repoblar la zona. Un reto que implica no solo tiempo de investigación para que la lehmanni, por ejemplo, no pierda ni disminuya su toxicidad (algo muy común cuando se cría en cautiverio), sino también amplios recursos económicos para garantizar las condiciones idóneas para la pretendida reproducción de la especie.
—No nos interesa el comercio de la rana. Si alguien la quiere ver o estudiar que venga hasta su hábitat natural. Esto también es una fuente de trabajo para la comunidad y un modelo de conservación que se podría replicar con otras especies en peligro de extinción. La única que tiene el derecho de coleccionar fauna es la naturaleza y, para bien o para mal, me tocó nacer acá y eso me hace responsable de lo que hay en esta difícil, pero amada selva. Más abajo está la oophaga anchicayensis, otra que es endémica ¿quieren ir a verla?
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El 13 de abril de 2019 fueron incautadas 424 ranas (oophagas lehmannis y oophagas histriónicas) en el Aeropuerto el Dorado de Bogotá. Iban en una maleta, amontonadas en recipientes de rollos fotográficos, con destino a Sao Paulo, Brasil. El hombre que las transportaba aseguró que un ciudadano alemán le había contratado y comprado los tiquetes.
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David considera que la habitación de su casa destinada a las ranas es un auténtico santuario de vida y color como pocos en La Florida y en Estados Unidos. Amigos y familiares suelen venir a sentarse frente a los acuarios y pasar horas conversando, con snacks y cerveza, sobre lo que surja a propósito de la vida cotidiana, pero muy pocas veces, o nunca, según él mismo, sobre conservación ambiental y/o protección de las especies: soy un guardián de mis ranas, no les falta nada y tienen su propia miniselva. Mi objetivo es llegar a tener las más alegres del mundo. No me interesa hacer negocio con ellas, solo las compro porque son como obras de arte naturales, dice.
Como coleccionista apasionado, no habla de cautiverio ni de maltrato animal y dice desconocer, por decisión propia, las maneras como las ranas son extraídas de sus hábitats naturales y posteriormente transportadas a miles de kilómetros sin las condiciones necesarias para evitar, mínimamente, algún tipo de sufrimiento. Ante el uso de la palabra tráfico asegura que él todo lo hace dentro de los márgenes legales que le proporciona la libertad comercial de su país y que no tiene la culpa de lo que pasa en los territorios en donde se ejecutan las extracciones: Algún vacío legal deberá tener Colombia para que las ranas puedan llegar a la puerta de mi casa, concluye.
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El Artículo 328 del Código Penal colombiano se titula Aprovechamiento ilícito de los recursos naturales renovables: El que con incumplimiento de la normatividad existente se apropie, acceda, capture, mantenga, introduzca, extraiga, explote, aproveche, exporte, transporte, comercie, explore, trafique o de cualquier otro modo se beneficie de los especímenes, productos o partes de los recursos fáunicos, forestales, florísticos, hidrobiológicos, corales, biológicos o genéticos de la biodiversidad colombiana, incurrirá en prisión de sesenta (60) a ciento treinta y cinco (135) meses y multa de ciento treinta y cuatro (134) a cuarenta y tres mil setecientos cincuenta (43.750) salarios mínimos legales mensuales vigentes.
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La andinobates supatá es una rana que no existía para el mundo hasta que un biólogo se la topó accidentalmente en 2007 a escasos 80 kilómetros al occidente de Bogotá. José Gil Acero tenía en ese entonces 27 años, estaba recién graduado de la Universidad Distrital y disfrutaba de su primer trabajo como profesional en un proyecto de ingeniería. Cualquier cosa sospechaba a propósito de su futuro, menos que podría alcanzar el mote de descubridor o, mejor aún, contar con la suerte de ser el primer ser humano en ver una criatura.
¿De dónde sacó eso? Fue lo primero que preguntó el profesor José Vicente Rueda, uno de los herpetólogos más respetados del país. Pues ahí, en una finca de mi municipio, de entre las hojas saltó una y después otra y otra y así, respondió el estudiante. Una semana después llegó una comisión investigativa y recolectó siete individuos que, primero, fueron llevados para la Universidad Nacional y, después, para la Universidad de los Andes, en donde estaba el único terrario del país con las condiciones necesarias para inquirir y reproducir anfibios en cautiverio.
Los ojos del descubridor son de color miel, una tonalidad muy similar a la que ostenta la rana en la parte superior del cuerpo. José no era consciente de esta particularidad hasta que le fue mencionada la mañana en la que después de varios filtros, preguntas y contactos previos decidió que podía mostrarla: soy muy cuidadoso porque muchas personas se hacen pasar por buenos amigos de estos animalitos y solo quieren sacarlos de aquí para hacer negocio, hace un par de años fuimos notificados de la existencia de algunos individuos en Berlín ¿cómo los sacaron de estas montañas? Eso todavía es un misterio para nosotros, dice José.
Supatá es un pueblo cundinamarqués de seis mil habitantes que, a duras penas, era conocido por ser un tímido productor de café. Pero, a partir de 2008, todo comenzó a girar en torno a la rana, tanto, que el segundo fin de semana de diciembre fue declarado como el momento ideal para celebrar el festival de la rana dorada: el patrimonio natural que puso al municipio en el radar de la biología mundial. En el centro del pueblo hay una réplica en cemento de la rana del tamaño de un perro San Bernardo y en las escuelas y salones comunales está pintada hasta el hartazgo.
—Cada año, para el festival, se arman terrarios para que la comunidad y los visitantes conozcan la especie, pero se evita decir en dónde están puntualmente para protegerlas. Esta labor la cuestionan mucho, pero uno va y les explica que es para conservarlas y la gente suele entender, o eso es lo que demuestran, pero sí me han señalado hasta de que me creo el dueño de la rana.
La andinobates supatá pertenece a la familia Dendrobatidae, un género de anfibios anuros de actividad diurna en florestas tropicales. El cuerpo, que alcanza un tamaño máximo de 3 centímetros, exhibe matices palpitantes y llamativos con escalas de amarillos, grises y verdes, señal de advertencia ante su toxicidad ciertamente peligrosa para los seres humanos: los individuos que encontraron en Berlín murieron porque quienes los traficaron creían que era una rana de zona cálida, como imaginan los europeos que es Colombia en su totalidad, mientras que la rana pertenece a una zona fría, tipo bosque alto andino, además es una especie con hábitos fosoriales, lo que quiere decir que nace, vive, se reproduce y muere entre hojas de árboles muy específicos que no tienen nada que ver con pinos o eucaliptos, dice José.
Las maniobras del descubridor para encontrar su maravilla revelan un cuidado maternal: con palitos de treinta o cuarenta centímetros va corriendo hojas finamente hasta tocar la tierra. Para encontrar un único ejemplar tarda tres horas, en completo silencio, hurgando la mitad de una montaña que pertenece a campesinos amigos que no dejan entrar a nadie que no venga con él. La rana vocaliza con una vibración muy parecida a La7, la nota más alta que puede proyectar un violín, y el descubridor se dirige a su ubicación. La rana salta y se hace invisible al mezclarse con los rayos del sol. Por fin la puede agarrar con su mano enguantada y, sacrosantamente, cada minuto le aplica una gota de agua. La última vez que la vio fue hace más de tres meses, pero asegura que, desde el primer vistazo, la población se ha reducido de forma aparatosa.
—Actualmente trabajo haciendo consultorías ambientales. De estudiante me apasionaban las aves, pero después del descubrimiento me quedé en las ranas. Me gustaría poder especializarme en herpetología, pero eso requiere de un tiempo y un capital con los que no cuento. Hay una pregunta que me hago constantemente: ¿Cuántas especies desaparecieron y no las conocimos? Yo mismo me asombro de haber encontrado esta rana tan cerca de Bogotá, en una zona que lleva siendo habitada de forma masiva siglos enteros, con una tasa tan alta de deforestación y aguas azotadas por agroquímicos. No sé si fue suerte o destino, pero para ponerle el nombre muchos decían que le pusiera mi apellido, pero no, yo nací en Supatá y la rana, como yo, es de aquí.
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El 10 de abril de 2024, una empresa de encomiendas alertó a la policía colombiana acerca de un paquete con apariencia inusual y peso ligero, procedente del municipio de Itagüí, Antioquia, con destino final en la ciudad de Cali. Dentro de una pequeña botella de gaseosa, se encontraron tres ranas (oophaga solanensis).
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David celebra el hecho de que las ranas estén viajando por el mundo porque ¿acaso la naturaleza tiene dueños? Se pregunta, y él mismo se responde: la naturaleza es el tesoro de los seres humanos y por eso estamos llamados a cuidarla, imagínate que estos seres entren en extinción allá en Colombia: los individuos que conservo podrían salvar la especie ¿no? o, cuando mueran, podrían ser disecados y donados a un museo. No soy un salvador de nada, pero si me apena que desaparezcan y que las nuevas y futuras generaciones no puedan conocerlas. Es un sueño tenerlas en mi casa, me alegran la vida. Tú no sabes cómo les brillan los ojos de emoción a mis sobrinos y a sus amigos cuando vienen a verlas. Mucha gente me critica, pero esa misma gente no hace nada por estos animales, ni por otros, ni por nada, dice.
A Colombia ha querido viajar únicamente para conocer los lugares donde habitan las ranas, pero la multiplicidad de conflictos que enfrenta históricamente el país lo ha detenido en varias ocasiones. Sabe muy bien que Colombia es una nación de anfibios, con aproximadamente 866 especies de ranas, salamandras y cecilias de las cuales 417 son endémicas, lo que significa que solo se encuentran allí. En cambio, su vínculo filial con el Ecuador sí ha dado ciertos frutos y en un par oportunidades se ha escapado a algunas provincias amazónicas y andinas, con la intención de ver ranas. Así fue que visitó a la rana arlequín de limón (atelopus), la rana de cristal (hyalinobatrachium) y la recientemente descubierta (2021) rana noble de Mindo (noblella), entre otras, que describe con pequeñas curiosidades, generalmente estéticas, como la rana andina cabezona (lynchius megacephalus) que posee una cabeza extraordinariamente grande con espinas que le forman una suerte de corona.
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Es el primer día de noviembre en Villagarzón, Putumayo, un pequeño municipio de 25.000 habitantes ubicado al suroccidente de Colombia y desde el cual se divisan tanto las cimas de 3500 m s. n. m. de la cordillera Oriental, como el inicio brutal de la pomposa llanura amazónica. Las aguas de los ríos madre, Putumayo y Caquetá, ostentan una juventud que pronto ha de volverse furiosa hasta desembocar en la engañosa calma del Amazonas, por allá lejos, en la profundidad de la selva brasileña.
Llegar al municipio es relativamente fácil: vuelos directos desde diferentes ciudades de Colombia y vías en perfecto estado. Quito queda más cerca que Bogotá, pero el sentimiento patriótico colombiano se acentúa pese a la embrollada historia que el departamento guarda para con la larga noche del conflicto armado. De hecho, y en detrimento de la enorme riqueza natural de la región, el miedo ha jugado un rol importante en la construcción de un relato histórico de inseguridad que no concuerda con la realidad actual.
En el transcurso del día caen siete lluvias torrenciales y, dentro de ellas, se desatan dos aguaceros de espanto. Ninguna precipitación dura más de media hora y, por el contrario, todas están intercaladas por elocuentes soles que saben enrojecer la piel con una determinación muy parecida a la caribeña. Bienvenidos al Putumayo, dice John Jairo Rincón, un campesino de 42 años que, con su esposa, suman ocho liderando procesos de conservación medioambiental en la vereda El Guineo, a las afueras de Villagarzón.
La finca se llama Portal del sol y forma parte de un circuito de 95 hectáreas convertidas en reserva por sus dueños que, a su vez, confían en que el paradigma de la economía circular les dé el fruto que tanto añoran: el cuidado del territorio, por encima del dinero. Acá la hoja de coca ha sido el motor de muchas cosas: la que ha puesto la comida sobre las mesas, la que ha formado profesionales y la que ha construido casas ¿me entiende? pero también el origen de los problemas que ya conocemos y de los cuales culpan a los campesinos. Un proyecto alrededor de la naturaleza se justifica por sí solo con la riqueza que tenemos: en lugar de irnos contra ella, nos juntamos para sacarle un provecho sostenible, dice John, mientras muestra las habitaciones que construyó con sus propias manos en la mitad de la selva.
Es difícil encontrar en la Amazonía colombiana personas cuya memoria esté separada de la guerra. Cuando era adolescente la familia de John fue desplazada de una vereda de Puerto Caicedo hacia Villagarzón. Fue el Ejército Nacional el que les impuso el mote de “guerrilleros” debido a que en las tierras familiares habían detectado movimientos insurgentes que ellos mismos ignoraban y a los que, de haberse dado cuenta, no habrían podido oponerse so pena de lo impensable. Es el cerco del sinsentido al campesinado: son los supuestos enemigos de todos los actores armados por el tan solo hecho de poseer un trozo de tierra.
John se desliza a través de los minúsculos caminos que suben y bajan por la garganta de la selva. Es el protector de cada piedra, cada hoja, cada árbol, cada animal. Frente a una cascada de diez metros se detiene y, acurrucado en la orilla, se hunde en pensamiento. El agua fría le limpia el rostro y las palabras del hombre empiezan a tatuar la piel de la tarde: llegué a esta tierra con la intención de hacer una casita de descanso para los fines de semana, pero no fue sino empezar a caminarla y la riqueza literalmente me fue saliendo de todos lados, eran como pequeñas revelaciones que tardé en empezar a entender.
Fue un biólogo francés que estaba de visita en Portal del Sol el primero que la vio. Se sorprendió tanto que alargó su estadía varios días hasta poder verificar la sospecha: la ameerega bilinguis, hasta ese momento, era una rana endémica del Ecuador y, descubrirla en Colombia, era uno de esos acontecimientos científicos tan importantes como la caída de un árbol de quinientos años en la mitad de la selva. Decenas de ranitas fueron apareciendo, noche a noche, detenidas sobre las hojas verdes más ocultas del bosque. Paradójicamente es una rana con hábitos diurnos, tan diurnos, que es más difícil encontrarla en el día, mientras que en la noche uno la sorprende descansando, dice John antes de mostrarla.
La ameerega bilinguis es una pequeña rana venenosa cuyo tamaño no supera los dos centímetros. Su dorso es brillante, de fondo rojo y granulado con manchas cafés. Su vientre suele exhibir un azul celeste con irregulares sombras grises y barras laterales amarillas. Aunque su toxicidad es relativamente baja con respecto a la potencia que manejan otras especies, la viveza de sus colores le confiere un papel de clara advertencia visual para los depredadores. A veces se muestra, a veces no, la naturaleza intuye las intenciones de los seres humanos, asegura John, en voz baja, minutos antes de encontrar la primera de tres en una jornada de dos horas.
De la desmedida biodiversidad que ostenta Portal del Sol, John se ha especializado en el infinito de las aves. En cualquier caminata puede diferenciar hasta una treintena de pájaros exóticos, con nombres coloquiales y científicos, costumbres, dietas y hasta fábulas muy emparentadas con la cosmogonía indígena de la región. Con la vegetación es igual: a su alrededor hay árboles que caminan por las noches para proteger animales heridos, raíces que funcionan como tambores cuya función es la comunicación de larga distancia y un cosmos de plantas con propiedades que la medicina alopática ignora.
Pero nada lo asombra más que las ranas: a lo largo del día la sinfonía que regala esta selva es una cosa impresionante y esos seres tan minúsculos, tan imperceptibles, casi que invisibles, son los que vocalizan con más fuerza, como si estuvieran diciéndonos algo… He recibido mensajes y llamadas de personas que quieren venir, pero que aclaran que son profesionales y no necesitan guianza en las noches: mi respuesta es no, la intimidad en este territorio está reservada para las especies, dice John después de haber mostrado una docena de insectos, un pez carnívoro, dos serpientes acuáticas, tres tarántulas y nueve anfibios. Mi sueño es ver algún día el jaguar, pero lo dudo, ese animal es más inteligente que todos nosotros juntos y ya debe llevar en su sangre la información de que somos un peligro, concluye.
Supatá es un pueblo cundinamarqués de seis mil habitantes que, a duras penas, era conocido por ser un tímido productor de café. Pero, a partir de 2008, todo comenzó a girar en torno a la rana, tanto, que el segundo fin de semana de diciembre fue declarado como el momento ideal para celebrar el festival de la rana dorada: el patrimonio natural que puso al municipio en el radar de la biología mundial. En el centro del pueblo hay una réplica en cemento de la rana del tamaño de un perro San Bernardo y en las escuelas y salones comunales está pintada hasta el hartazgo.
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El 29 de enero de 2025 una mujer de nacionalidad brasileña que llevaba consigo 130 ranas (oophagas sylvaticas) en recipientes de rollos fotográficos fue detenida en el Aeropuerto el Dorado. Se dirigía hacia Ciudad de Panamá para conectar con Sao Paulo. La mujer dijo que los individuos se los había regalado una comunidad local del departamento de Nariño.
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La pasión de David por las ranas exóticas va más allá del coleccionismo. Hace énfasis una y otra vez en que lo suyo es un acto de amor por la naturaleza y una forma de aprender y difundir la importancia de preservar la biodiversidad de un mundo cada vez más amenazado. Asegura que, diariamente, mientras trabaja en sus computadoras, no solo está al tanto de su pequeño paraíso, sino también de varios foros, blogs, comunidades y mercados virtuales como www.tesorosfrogs.com, www.ourreptileforum.com, www.reddit.com/r/DartFrog/ y www.americanreptiles.com en donde comparte experiencias, descubre nuevas especies, curiosea documentos y discute, cuando es necesario, con aficionados y expertos: me encanta cuando llegan biólogos a cuestionar mi hobby y a decir lo que se tiene que hacer, entonces yo les pregunto ¿cuántas ranas tienes? Yo ya sé que la experiencia vale más que la academia, dice.
Cada adquisición ha sido cuidadosamente seleccionada e investigada por David. Se relaciona con otros coleccionistas que tienen cientos de individuos de distintas especies, pero a él no le trasnocha el número, sino las cualidades. La emoción de recibir un nuevo ejemplar y acomodarlo en su nueva selva de un metro cuadrado, con su piel lustrosa, movimientos delicados y ojos que encierran secretos de la evolución animal, representa para David “un premio que la vida ha decidido otorgarme”.
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Yulfreiler Garavito tiene 25 años y una boca que no para de modular cuando el tema es su tierra. Es biólogo de profesión y se desempeña como docente de ciencias naturales en una escuela municipal de San José del Fragua, un pequeño municipio ubicado 102 kilómetros al suroccidente de Florencia, la capital del Caquetá, uno de los departamentos más herméticos del país debido a los conflictos que ha albergado desde mediados del siglo pasado.
Los alrededores de la finca familiar, que también funciona como hotel para entusiastas de la exuberancia natural, incluyen una vasta porción del flanco oriental de la Cordillera de los Andes y el ampuloso inicio de la Amazonía central colombiana: una zona de altísima biodiversidad que, de forma única, mezcla selvas tropicales húmedas con frondosos bosques andinos. Las casas en los árboles, entre quebradas y aullidos de primates, son el orgullo de Yulfreiler y sus padres.
De adolescente, Yulfreiler solía internarse jornadas enteras en el monte a buscar “bichos”. Su madre le preparaba una mochila con agua fresca, algunos pasabocas, pequeñas bolsitas plásticas para recoger muestras de flora y guantes de látex. Él agregaba una libreta, un lápiz y una rudimentaria cámara digital. Cuando regresaba al pueblo las historias de sus hallazgos parecían sacadas de libros fantásticos. Así, descubrió la pasión que lo llevaría a estudiar biología: las serpientes. Pero tuve otra inspiración: Steve Irwin, el famoso Cazador de Cocodrilos de Animal Planet, dice. Una figura que le enseñó algo fundamental: los únicos animales feos de la naturaleza son los humanos.
En una de aquellas jornadas, Yulfreiler se topó con una rana que nadie había visto antes. Era tan bella, diminuta y extraña que él pasó años llevando solo a amigos y familiares a verla. Ya en la universidad describió a un profesor el carisma de la rana, lo que desencadenó una visita académica al territorio. El veredicto del profesor fue contundente: su estudiante había descubierto una rana que, hasta la fecha, se creía que era endémica del Ecuador. ¿Cómo había llegado hasta allí, cómo sobrevivió por qué nadie la había visto? Preguntas que se convirtieron en la obsesión de Yulfreiler y que intentó responder con su tesis de grado.
Esta noche vamos a ver la ameerega ingerí, mi descubrimiento, dice, mientras hace malabares con un gancho herpetológico, su compañero incondicional para las guianzas: en una de esas tengo suerte y me topo con una serpiente. El escenario es una finca privada a orillas del río Fragua Chorroso. La caminata es de media hora. Cada insecto con el que se topa es descrito primero con lenguaje científico y después de forma coloquial. Los peces que alumbra con su linterna de largo alcance también son víctimas del palabreo profesional. Incluso los sonidos de la selva tienen nombre propio y funcionalidad.
Antes de llegar a la zona de influencia de la ameerega ingerí, Yulfreiler pide silencio y, con su cara más seria, pide no manipular los individuos ni estresarlos con ruidos o luces: yo me encargo de todo, ustedes tranquilos. La voz del río tutela la atmósfera cuya humedad lleva los cuerpos a experimentar temperaturas de 30 grados a las ocho de la noche. A cinco metros de distancia Yulfreiler ve una brillantez. Allí hay una, dice, y se dirige hacia ella con la cautela de un adolescente que llega a casa de madrugada y no quiere ser descubierto. ¿Cómo la viste desde tan lejos? La costumbre compa, ese animalito es inconfundible, responde.
La ameerega ingerí es una rana de dos centímetros, lomo oscuro y granulado. Su panza exhibe intermitentes máculas color azul aguamarina con pequeñas, pero elegantísimas, manchas naranjas en las extremidades. Yulfreiler encuentra y muestra con sus manos enguantadas cuatro individuos de una veintena que, según sus cálculos, pueblan la zona. Aunque no es de las más venenosas, sí segrega una sustancia tóxica que puede causar alteraciones cutáneas inmediatas y fuertes irritaciones. He escuchado de estas ranas en el mercado negro, pero es muy difícil saber cómo salieron de aquí, asegura.
Al atardecer del día siguiente, Yulfreiler se dirige a Belén de los Andaquíes, el municipio vecino de San José del Fragua, felizmente célebre por haber obtenido el título del municipio con el nombre más lindo de Colombia en 1991, y también, tristemente célebre, por haber sido objeto de tomas guerrilleras y masacres paramilitares a principios de los 2000. El espacio donde se encuentra la ranitomeya variabilis o rana dardo de Zimmerman, comprende una zona de control militar, razón por la cual Yulfreiler había pedido permiso para “entrar al monte” con varios días de antelación y, así, “evitar sustos o tragedias”.
Es una noche lluviosa de mediados de noviembre. La caminata consiste en un ascenso de doscientos metros por una montaña con caminos apenas abiertos por pies humanos. En algunos apartados del trayecto, la espesa vegetación no permite que los visitantes puedan ver la mitad de sus cuerpos o, por lo menos, sortear lo que pisan. Dos horas después de la entrada al monte y, sobre la cumbre de una colina, Yulfreiler empieza a hablar de lo bellas y funcionales para los ecosistemas que son las bromelias. Las va señalando y acariciando como si sus hojas fueran terciopelos. Alúmbrenlas, tóquenlas así y muy delicadamente con alguna rama investiguen sus corazones, si tienen suerte ahí aparecerá, dormidita, la rana, dice.
No es fácil encontrar esta rana, si la vemos dense por bien servidos, ellas solo se dejan ver cuando saben que los ojos que las buscan son buenos, susurra Yulfreiler, minutos antes de encontrar el primer individuo de la expedición. Negro, amarillo, azules y verdes aguamarina. La combinación más sutil y eximia posible de estos tres colores dieron a luz a la ranitomeya variabilis, una rana de piel lisa que, con suerte, supera el centímetro y medio de tamaño.
—Paradójicamente lo más lindo de esta rana no es su color, sino su comportamiento: transportan a sus renacuajos a los cuerpos de agua que alojan las bromelias en sus corazones, no solo para protegerlas de los depredadores, sino para alimentarlas hasta que estén en condiciones de salir a conocer el mundo. Además del tráfico, las otras amenazas que tiene esta rana son la deforestación y las actividades agrícolas que van tumbando todo sin preguntarse por la enorme vida minúscula del monte, afirma Yulfreiler, mientras limpia e hidrata el segundo individuo de la noche.
De vuelta en San José, Yulfreiler reflexiona sobre lo difícil que es buscar financiamiento para investigar y preservar especies en Colombia. Lo hace mientras quita la marca de papel de una botella de cerveza: acá he recibido gente de muchas partes del mundo y algunos me han contado que vienen costeados por universidades u organizaciones, es increíble cómo los gobiernos sacan pecho de la biodiversidad que tiene este país, pero para cuidarla no aportan ni un peso, dice. En el local de comidas rápidas que está al lado del bar, un hombre saca de su bolsillo un fajo de dólares para pagar dos hamburguesas y dos gaseosas. De forma discreta le contamos lo que acabamos de ver y Yulfreiler termina: no me sorprende, mucha gente vive de la coca en esta región, ahí sí que hay plata.
Nota: Iván Lozano Ortega es zootecnista y gerente de Tesoros de Colombia, una empresa fundada en 2006 que usa el discurso de la conservación de la biodiversidad y la lucha contra el tráfico ilegal de especies, especialmente anfibios amenazados. La empresa, además, cuenta con permisos expedidos por la ANLA (Autoridad Nacional de Licencias Ambientales) para la zoocría comercial. Aunque todos los entrevistados para esta investigación manifestaron conocer la empresa (incluso en foros de www.dendroboard.com aparece Tesoros de Colombia como un gran proveedor de anfibios para Estados Unidos y Europa), la mitad de ellos afirmó conocer, de una u otra forma, la figura de Iván Lozano, quien fue conectado por medio del buzón de contacto de la página www.tesorosdecolombia.com para una entrevista que no se logró concretar. Sí se pudo conversar con un trabajador del zoocriadero ubicado en Nocaima, Cundinamarca, quien aseguró que tenía absolutamente prohibido revelar algún tipo de información de la empresa y menos si los interlocutores eran periodistas. La entrevista, de haberse dado, habría permitido a esta investigación poner sobre la mesa una serie de polémicas, cuestionamientos y dudas a propósito de las influencias y procederes de la empresa que, según algunos entrevistados, ha tenido presencia y extracciones no devueltas en varios de los lugares aquí mencionados.
*Esta investigación fue financiada por el Pulitzer Center.

Gio Jaramillo Rojas
Periodista | Escritor
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Dahian Cifuentes López
Reportera gráfica
Bogotana, es reportera gráfica para diferentes medios de América Latina incluyendo Revista Late. Documentalista de historias de vida e iniciativas sociales y culturales, y especialista en lenguajes artísticos combinados, ella cofundó Buen Ayre Visual, productora con la que ha realizado diferentes proyectos audiovisuales que vinculan arte y derechos humanos. Ha expuesto en Bogotá, Lima, Buenos Aires, y París.





