Se desmaya Providencia

Se desmaya Providencia

Desde la casa de Providencia hasta el lugar donde se desmayó no hay más de 350 metros de distancia. Entre la puerta del edificio donde vive y el lugar donde se desmayó hay cuatro supermercados. Hay 34 grados centígrados y hoy la edad Providencia es de 62 años, 7 meses y catorce días.

Por Willy McKey

El nuevo sistema de regulación de compra de alimentos y artículos de primera necesidad impuesto en Venezuela sólo le permite comprar productos regulados a aquellos cuyo números de cédula terminen en 6 o en 7: es jueves.

El número de cédula de Providencia tiene sólo cinco dígitos y el último es 4. No le toca hoy, pero al hijo que vive cerca sí, así que ella también hace la cola los jueves, a pesar de que él le ha dicho que no lo haga, que no está en edad:
— Como que cree que yo no sé que soy una vieja… pero aquí los viejos no sabemos cómo ayudar. Y, bueno, yo ayudo así: hago la cola cuando me toca a mí y hago la cola cuando le toca a él.
En los tres supermercados que quedan más cerca de su casa también hay colas de personas que cada jueves se reducen a 6 y 7. Providencia opta por ir al que le queda más allá “porque éste es más grande y, bueno, hay más probabilidad de que llegue algo. Estos otros son chiquitos y, como no seas amiga de la gente de ahí, es muy difícil conseguir algo”.
Pero quien insiste puede estar seguro de que existe la posibilidad de conseguir más de lo que buscaba. Conseguir la muerte, por ejemplo: mediante una bala, tras una diferencia política o de un infarto.

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Los logotipos de las empresas de las cercanías aparecen en los uniformes de quienes justifican el retraso o la ausencia laboral porque “es mi número de cédula”. Este supermercado es el vecino capitalista del canal de televisión del Estado. Los bordados y estampados de Venezolana de Televisión son evidentes y múltiples. Están en las colas de los cuatro supermercados y manejan el código a la perfección: “Llama a Camacho y dile que baje, que llegó harina de trigo y leche completa”; “Yo de aquí me voy a Don Sancho, que me están guardando un café”; “Tengo visto un supermercado en Macaracuay que al mediodía no tiene nadie, así que si pones el carro vamos juntas”.
Quienes mantienen activa la señal televisiva de todos los venezolanos hacen una cola que jamás será noticia en su lugar de trabajo. La escasez tampoco será transmitida.

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La hilera de personas parece avergonzar al derecho de frente de la cadena de supermercados. No está hecha desde un lugar visible: los 6 y los 7 no entrarán por la puerta principal, sino por detrás, esos recovecos del centro comercial que confiesan el excremento de las palomas, el olor a orine de gato y la alta rotación de los puestos de estacionamiento. Es jueves y es por ahí por donde entran, uno tras otro, los 6 y los 7.
Con insistencia, los vigilantes repiten que “No es necesario hacer fotos”. No dicen que está prohibido. No dicen que no se puede. Dicen que “No es necesario”, como si esa frase buscara la complicidad de quien vive la misma tragedia absurda.
Inquieta el calor que antecede a las neveras. Inquieta el contraste entre los seis metros de alto del portón gris y el metro cincuenta de Providencia, recostada y volviendo del desmayo. Inquieta que estemos a punto de pasar, uno tras otro, por el mismo lugar por donde entraban las reses caladas al medio, los pollos que sangraban cuando rompían la cadena de frío, los pescados decapitados bajo el hielo. Son 6 y 7 que atraviesan un trazado imaginario hecho con cintas amarillas y negro que advierten un peligro que no se ve.

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Los estacionamientos, los accesos posteriores, las entradas a los depósitos nunca son lugares ventilados: son las costuras de la arquitectura, la parte de atrás, lo invisible.
Un joven sigue usando como abanico el suplemento del periódico para darle aire a Providencia y otro se encarga de custodiar el monedero, las llaves y el teléfono celular. Aparecen un vaso desechable con un poco de agua del termo de otra señora que hace la cola. Desde hace rato conseguir agua potable embotellada es más difícil que conseguir harina de maíz. Con el agua brindada aparece también la ironía: una de las cuatro voces inmóviles de la escalera sugiere en voz alta que le den “un poquito de azúcar, para que se recupere”.
Providencia se desmayó un jueves en que quería que su hijo consiguiera, gracias a ella, “papel higiénico, café y, precisamente, azúcar”.
La mujer se recupera y hace el inventario de sus pertenencias. Dice que no llamen a nadie, que su hijo se va a molestar si se entera, que ella se va tranquilita para su casa a menos de 350 metros de ahí, en una de las calles de Caracas con más alta densidad poblacional y con tres supermercados más donde hoy no podrá ni comprar ni volver a desmayarse, porque no le corresponde según el número de su cédula. Camino a su casa me cuenta que no entiende qué le pasó porque “hoy sí me tomé la pastilla para la tensión”. Y ese “hoy sí” me obliga a preguntarle por qué no se la toma todos los días: “Es que me cuesta conseguirla, pero cuando tengo que salir o sé que voy a hacer cola no me la dejo de tomar”.

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No es todavía mediodía y ya afuera no queda nadie. Faltan algunas horas para que llegue la próxima cava blanca: han desaparecido los logotipos y las pistas tipográficas. Quien quiera saber qué es lo que lleva un camión debe hacer su cola y esperar el grito del empleado encargado de ser la voz en el desierto: “¡Llegó azúcar y queda leche, así que cédula en mano!”. Su grito pone en evidencia cómo ya aquel número por el cual comenzaba la cédula y que daba pistas de tu edad y tu generación cada vez importa menos: ahora sólo importa el número final y el azar que hay escondido detrás de esa lotería.
Adentro, superadas las vicisitudes de entregar la cédula a un empleado del supermercado justo antes de atravesar la zona de los frigoríficos, las cajas registradoras se transforman en el lugar donde los venezolanos cantan victoria.
El desmayo de Providencia y la actitud de las cuatro colistas profesionales categoría Máster es el tema de conversación: “¿Pero, chica, cómo es posible?”; “¿En qué nos hemos convertido?”; “¿Pero pudiste acompañarla y dejarla en su casa, no?”. Hacernos esas preguntas nos distrae, nos hace creer que no formamos parte de todo esto. Y mientras evadimos, la empleada registra en la máquina captahuellas las yemas de los dedos de ciudadanos tipo 6 y tipo 7, porque hoy es jueves y nuestra suerte depende del único número “que nadie puede elegir a consciencia”. “Elegir a consciencia” dice el cliente mientras diez uñas acrílicas ajenas limpian el lector que ha dado error y de nuevo conduce sus huellas dactilares al infrarrojo. Y entonces, como si se tratara de un niño, la mujer de la caja lo tranquiliza y le hace una promesa: “No te preocupes, mi amor, que si me entero de que va a llegar pollo yo te aviso. Tú pendiente…”
Mañana seremos ochos y nueves.

Willy McKey

Poeta, editor & docente   |   Prodavinci

Poeta, escritor, docente y editor de no-ficción y nuevo periodismo. Forma parte del equipo editorial de Prodavinci. Especialista en semiología política y conceptualización creativa. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci

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