Una herida de hormigón

«Vamos a llamarlo Khaled, aunque no sea su nombre. Khaled no tiene inconveniente en que lo nombremos como realmente se llama, pero mejor no. Vive en Qamishlo, en el Kurdistán sirio, a un par de cuadras de la frontera con Turquía: la situación es inestable y lo que nos va a contar puede afectar su seguridad. Sus palabras tienen el tono de sinceridad que pone incómodos a quienes los prefieren acallados.»

Fotos: Pablo Tosco  |  Texto: Migue Roth

A sus ochenta años la cantidad de conflictos que presenció Khaled no le impiden mirar con afecto; aunque al recordar, su voz se resquebraja de forma involuntaria. Se sienta sin soltar el bastón, se sirve azúcar y revuelve el primer té dulce que tomará mientras nos cuenta —con sosiego— cómo sobrevive un abuelo en medio de la guerra y cuánto sabe de esa muralla descomunal que los divide: de los novecientos once kilómetros de frontera con Siria, el muro que mandó construir Erdogan ya cubre más de dos tercios: aproximadamente setecientos sesenta kilómetros de placas de hormigón de tres metros de altura con alambres de púas, una red de torres de vigilancia con artillería, trincheras y/o terraplenes que lo rodean. El gobierno turco paga, además, soldados extra entrenados para reacción rápida.

La primera parte —casi seiscientos kilómetros— fue levantada por la constructora estatal turca. La parte restante se la dividieron empresas privadas. En 2015 el argumento para levantar el muro fue «frenar la inmigración y el contrabando»; ahora, para la administración en Ankara se trata de una cuestión de «Seguridad Nacional».

Qamishlo es un centro administrativo custodiado por las fuerzas kurdas, una ciudad poliétnica y multireligiosa que bien podría servir como verificación de que es posible la convivencia: hay un barrio cristiano aledaño a la mezquita referencial de los musulmanes de la zona; calles de asirios, calles de armenios, casas de la religión preislámica yazidí, casas de drusos, casas de chiíes cerca de casas de suníes. Y reductos con banderas celestes donde se atrincheran las agencias de Naciones Unidas.

Los kurdos tienen idioma propio, cultura e historia milenaria. Tienen un modelo de gobierno de democracia directa —con asambleas populares y un Comité Supremo—. Tienen una milicia que fue —y es— una de las líneas de defensa más importantes en la lucha contra el yihadismo. Lo que no tienen es Estado.

Qamishlo funciona como el eje económico y político de Rojava: el Kurdistán sirio. En la ciudad se transita con relativa libertad; hombres y mujeres barren las calles a cambio de un salario básico que les provee el PNUD; los almacenes están abastecidos (incluso es posible conseguir Efes, la cerveza turca). Aunque a los vecinos de aquí no los domina el temor al hablar con la prensa, siempre hay recelo —la desconfianza de aparecer en medios que algún grupo opositor considere enemigo o dar declaraciones que puedan ser malinterpretadas—. Si bien se respira cierta calma, en Siria la tranquilidad puede ser un espejismo peligroso. Ya está demostrado qué sucede cuando se baja la guardia en regiones con conflictos abiertos.

«Antes aquí no había ninguna frontera, solo estaba la vía de tren —dice Khaled señalando hacia el muro—. Íbamos caminando a lo que hoy es el lado turco y nos encontrábamos con amigos para tomar té, comprar-vender, conversar sobre proyectos o simplemente pasar el rato, pero ahora…».

En el imaginario, las murallas suenan a cosa de China, Estados Unidos-México, a lo sumo Berlín. Pero no son cosa del pasado. Gracias a trabajos periodísticos exhaustivos que ganaron algunos minutos en la agenda mediática, nos enteramos que la cantidad de alambradas, vallas, trincheras y murallas erigidas en la actualidad suman más de las que tuvimos en cualquier otro momento de la historia de la humanidad; sin embargo, de la construcción encargada por Erdogan —el presidente turco— se habla muy poco, y menos se conocen las consecuencias que ocasiona la segregación en una población ya golpeada por la guerra.

«Aunque la frontera no se cerró para los civiles, hay cada vez más recelo. Sí o sí hay que ir hasta alguna aduana y ya se sabe lo que pasa en las aduanas —dice Khaled—. Además, a los kurdos nos consideran terroristas. Ya no está el Daesh (como se refieren a Estado Islámico) en la zona, ahora las autoridades y sus soldados nos dicen terroristas a nosotros».

«Es cierto que sirven para disuadir, pero jamás impiden el paso —explican los especialistas—. Los gobiernos harían mejor en trabajar para resolver las causas que están en el origen de los flujos migratorios antes que gastar en la construcción de muros». PorCausa, una fundación de investigación y periodismo con foco en migración, advierte: «La Industria del Control Migratorio no ha nacido de forma espontánea. Si las migraciones han sido a lo largo de la historia un fenómeno natural y sometido a pulsiones que escapan al control inmediato de los Estados (como la desigualdad de ingresos, los conflictos o la evolución de los mercados de trabajo en destino) el intento por controlar de forma estricta estos flujos dispara los riesgos asociados al proceso migratorio y limita innecesariamente sus oportunidades.»

En las etapas de construcción, se prohibieron obras agrícolas cercanas a la línea divisoria; se secaron zonas pantanosas o humedales y se talaron árboles para mejorar el control.

«Antes no había división aquí: a lo sumo nos conocíamos como “los que están del lado de arriba de la vía del tren” y los que vivimos de este otro lado —reitera Khaled y cuenta lo peligroso que es acercarse a las inmediaciones del muro—, con la muralla nos han impuesto estar apartados».

«Las consecuencias de la guerra tardarán generaciones y generaciones en curar; quien sabe, cien años quizás. Y este muro es una herida abierta».

Migue Roth

Periodismo narrativo   |   Visual storyteller

Graduado en Comunicación y en Fotoperiodismo; se especializó en Periodismo en la respuesta a las crisis humanitarias. Freelance y docente universitario. Editor y fundador de Angular. Recorre Latinoamérica con el foco puesto en las problemáticas sociales y sus transformaciones.

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Pablo Tosco

Angular  |  Realizador multimedia

Foto-videoperiodista, comunicador social y máster en Documental Creativo. Desde 2004 documenta para Oxfam Intermón proyectos de cooperación, desarrollo y acción humanitaria en África, América Latina y Asia. Miembro fundador de Angular.

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