Entre rezos y razias

Según ACNUR: «El número de migrantes y refugiados que llegaron a Europa durante el año 2017 y los tres primeros meses 2018 ha descendido, pero ha crecido el número de peligros que afrontan. En lo que va de año, ha aumentado la proporción de personas que han muerto.»

Por Yasna Mussa (Revista LATE)  |  Fotos: Pablo Tosco

Hussein Abdrask es fanático del F.C. Barcelona y tiene entre sus ídolos a Suárez y Messi. Ama tomar té con menta por las mañanas y tararear las canciones de Fátima, su cantante favorita. Hussein tiene 28 años, una esposa profesora y un hijo de tres años. Hace más de un mes que no tiene noticias de su familia ni ellos saben si él está vivo. Hace un tiempo salió de su casa en Sudán del Sur, donde trabajaba como agricultor, debido a la situación política de su país. Cruzó el territorio en auto, pasando por Chad hasta llegar a Libia, donde pagó US$ 450 para poder viajar en una barcaza ilegal hasta Italia.

«Eramos 400 hombres y 200 mujeres», cuenta Absrask. En esa embarcación, de veinte metros de largo por cinco de ancho, viajaban 600 indocumentados, apretados, en un espacio sobrepasado en su capacidad, pero que tuvo la fortuna de no naufragar en el Mediterráneo —como sí le ha sucedido a otras personas (a razón de diez por día, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR) que al igual que Abdrask buscaban refugio y una mejor vida en Europa.

A su llegada, Hussein Abdrask se instaló junto a otros viajeros bajo un puente de la línea de metro en La Chapelle, en el distrito 18 de París, un barrio donde conviven inmigrantes africanos, árabes e indios. En tiendas de campaña improvisaron un campamento que fue creciendo con las semanas y aunque la mayoría eran hombres, pronto se sumaron mujeres y niños. Poco tiempo después, el prefecto dio la orden de evacuación alegando un posible peligro de epidemia. Justo en momentos en que la Organización Internacional para las Migraciones advertía que si las cosas no cambiaban, el número de muertos podría superar los treinta mil. Los que han logrado sobrevivir sólo esperan una cosa: asilo.

Según ACNUR: «El número de migrantes y refugiados que llegaron a Europa durante el año 2017 y los tres primeros meses 2018 ha descendido, pero ha crecido el número de peligros que afrontan. En lo que va de año, ha aumentado la proporción de personas que han muerto.»

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La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, propuso crear un centro para los que desconocen dónde pedir asilo, un lugar donde puedan alojarse y reflexionar. La mayoría proviene de Sudán, Eritrea y Somalia, países que viven conflictos internos donde Occidente ha jugado un rol político. Por ese motivo se instalaron en Libia para buscar trabajo, pero tras la violencia y tensión desde la caída de Muammar Gaddafi en 2011, tuvieron que convertirse por segunda vez en refugiados y emprender otro viaje, esta vez al Viejo Continente. Ahora temen ser deportados y por lo mismo han resistido las evacuaciones. No quieren ser separados. Para ellos, los edificios acondicionados como albergues se parecen más una cárcel que a un centro de acogida, con cámaras de seguridad, muros y alambres de púas.

Dicen que tienen miedo porque son tratados como ilegales. «Pero lo que hace el Estado es ilegal, viola los convenios internacionales con respecto al asilo de refugiados», comenta Salim, un joven voluntario francés que viene cada día para participar de la organización y defenderlos ante la policía. Como él, una centena de personas participan en los comités solidarios que se dividen en alimentos, salud, traducción-interprete y burocracia para conseguir una solución legal.

Los desalojos han sido violentos, con cientos de efectivos que no han dudado en utilizar gases lacrimógenos y ellos han debido salir corriendo con lo que tienen a la mano.

Hussein Abdrask está sentado en uno de los tantos mítines que se han realizado luego de la última expulsión que los situó en la Plaza Stalingrado de París. Acarrea una bolsa de supermercado y dice con una gran sonrisa que ese es su gran equipaje. En su interior: una toalla, un cepillo de dientes, una camiseta y una chaqueta. Es todo lo que posee y asegura que no quiere mucho más que una cama y poder darse una ducha diaria. Pero deben recoger sus cosas cada vez que suena la sirena de un auto de la policía y salir corriendo, todos juntos, hasta otro punto. Hasta ahora, las autoridades han sido incapaces de encontrar una solución.

«La gravedad de la crisis necesita adaptar con urgencia los medios de que Francia dispone», dijo el ministro del Interior al presentar su plan para atender la crisis de los inmigrantes. Aunque el gobierno de François Hollande prometió crear cuatro mil lugares de alojamiento adicional para los solicitantes de asilo (antes de terminar 2016) y otros de once mil plazas para acogerlos, han sido limitadísimos los avances. A esto se suman la presión de diferentes frentes políticos de aceptar repartir a los refugiados entre los países miembros de la UE. Mientras la discusión continúa, Hussein Abdsrak dice que seguirá resistiendo porque para él, este es el comienzo de un sueño: estudiar, trabajar y traer hasta aquí a su familia. Por ahora, sólo le queda rezar.

Este texto fue publicado previamente en La Tercera, Chile.

Yasna Mussa

Periodista  |  Fundadora de Revista LATE

(Chile, 1983) Ha jurado por lo más sagrado que no volverá a mudarse de casa, pero no puede evitarlo. En los últimos 5 años ha pasado por 20 departamentos distintos en tres continentes. Ha aceptado su espíritu nómada casi tanto como su dispersión, por lo mismo apuesta a trabajar como freelance. Nació en Arica, en una triple frontera entre el mar y la pampa. Quizás por eso le obsesionan las rutas migratorias y las historias de viajes. Luego de Ciudad de México y París, ahora se instala en Santiago de Chile sin idea de cuánto podrá soportarlo.

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