Crónica de una caminata al lago Escondido

Hay bellísimos parajes patagónicos a los que no se puede entrar. Hay aguas de lagos de postal que quieren prohibir. Hay guardias, puestos de avanzada, walkie-talkies y cámaras en un lugar perdido del bosque.

¿Qué oculta Lewis en su mansión?

Por Sebastián Carapezza

Atrás habían quedado los treinta kilómetros que recorrimos hasta el refugio Laguitos, partiendo desde Mallín Ahogado, cerca del mítico pueblo rionegrino de El Bolsón; acá —allá— en el sur, en la Patagonia.

Los cuatro mirábamos para adelante. Nos esperaba otra caminata brava, sin certezas, con destino incierto. Encaramos para el lago Soberanía, pasando por el lago Montes y de ahí —si los vientos eran propicios y no nos interceptaban los guardias— tocar aquel lago desconocido: Lago Escondido.

El Escondido forma parte de las 14.000 hectáreas que compró el magnate inglés Joe Lewis en 1996 y desde entonces, si bien es territorio público, no existe ningún otro acceso vehicular —salvo el suyo, el privado— para llegar al bellísimo espejo de agua.

El recorrido no figuraba en ningún mapa de montaña: uniríamos a pie Mallín Ahogado con el Foyel, en un trayecto de más de cincuenta y cinco kilómetros de marcha. Se sabe; el lago es de todos, pero sin caminos habilitados no sólo permanece escondido: nos queda prohibido.

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«No van a llegar con ese calzado», vaticinó Mario, encargado del camping desde el cuál empezamos a transitar el sendero. Nos habló de pedreros filosos y lo extenso del camino. Luego se sinceró y nos dijo que él no lo había recorrido nunca.

El primer día de marcha resultó una sorpresa: la totalidad de la picada hasta Los Laguitos (ocho horas a buen paso), no era el clásico sendero de montaña: la senda era tan ancha que daba espacio para una 4 x 4. Esto hacía que el estado de la picada fuese malo y debiéramos caminar sobre cañas recién cortadas, con tierra revuelta y sobre un terreno plagado de ramas y troncos caídos. No le encontrábamos sentido a tanto deterioro de la vegetación.

Montañistas y refugieros (del Cajón del Azul, de Laguitos) no sabían si la picada  a Lago Escondido se encontraba abierta, si dejaban pasar o te rajaban a perdigonazos. No conocían a nadie que hubiera realizado el recorrido que íbamos a encarar, recomendaban no ir y en el mejor de los casos nos despedían con frases tan alentadoras como: «ojalá que no los manden de vuelta / no los van a dejar acampar / con ese calzado no llegan ni en pedo».

Por aquel entonces, Lorena —que refugiaba en Laguitos— nos dijo que no entendía, que no sabía porqué hacíamos tanto escándalo con eso de que no nos dejaran pasar por el lago Escondido: «en el peor de los casos es un lago más. ¿O me van a decir que si querés dar la vuelta por el Nahuel Huapí te dejan pasar tranquilamente?»

Nos sorprendió el desconocimiento, el desinterés y hasta —si se quiere— la funcionalidad con la privatización de la naturaleza.

¿Qué cuidan?

Fuimos al Club Andino Piltriquitrón para averiguar sobre la picada, pero estaba cerrado. «Es que tienen un horario muy raro», dijo el muchacho que atendía en la oficina de Turismo en El Bolsón. Terminaba un paquete de galletitas y nos respondía con la boca llena que no sabía bien, «no sé bien. Tienen un horario raro, qué se yo».

De picadas solo conocía la que lleva queso y salame.

En el Cajón del Azul sobra buena vibra y no piden plata a cambio de agua para mate, pero para quedarse en el lugar cobran sin importar que seas turista sueco o que duermas a la intemperie. En el refugio Los Laguitos la cosa se pone peor. Si bien el lugar no cuenta —ni de cerca— con la infraestructura que tiene el Cajón del Azul (agua caliente, duchas, amplio comedor) la tarifa por noche tampoco hace distinciones, aunque se trate de una especie de resort campestre en el que uno debe cargar en la espalda las comodidades que espere.

Habíamos caminado todo el día para descubrir que no existía otra posibilidad de acampe. Era un abuso y los cuidadores del refugio no daban brazo a torcer. Para nuestra dicha, un anarco de El Bolsón ofreció mate y charla: llevaba días recorriendo los refugios de la zona, escogiendo los que no tenían cuidador para evitarse problemas de dinero (sabia decisión). Nos contó que en la zona todos los refugios eran privados y por ende cobraban por armar una carpa alrededor: «encima son las únicas áreas habilitadas en todo el trayecto». Un debate de nunca acabar: por un lado advierten del peligro del fuego y la intención de poner controles —sobre todo en temporada alta turística—; por el otro, se puede ver el ocaso de las áreas libres de acampe y el lucro sin fronteras, sin distinción de nacionalidad, fecha o utilización de servicios. «Tendría que haber una regulación del uso de las áreas de acampe libre en la montaña —dijo antes de cebar el último mate—, para que no queden solo lugares privados».

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Sobre gustos no hay nada escrito, dicen por ahí quienes ya disienten en algo. Pero hay bellezas indiscutibles; hay belleza contundente; belleza que no solo entra por los ojos. El lago Soberanía Argentina es una de ellas. De nombre paradójico si lo pensamos geopolíticamente, el lago Soberanía Argentina es un pórtico natural de ingreso a las 14.000 hectáreas que compró en 1996 el billonario inglés Joe Lewis, bajo la firma de Hidden Lake, con la complicidad del gobierno. Soberanía Argentina se llama este lugar de frontera entre lo que es de todos y una propiedad privada inglesa.

La escena parecía encantada: alerces al costado del lago, aguas transparentes de la cascada y truchas que saltaban delante nuestro; ese aire que solo tiene la Patagonia, de tierras inhóspitas y tentadoras.

Habíamos llegado al Lago Escondido.

Algo escondido

Una picada bordea el lago Soberanía, llega al lago Montes y va hasta la punta del Lago Escondido, donde se encuentra la casa de Muñoz, quien —según nos habían alertado— era el que decidía si podíamos pasar o no; si nos llevaba en lancha por pura amabilidad (una forma elegante de expulsarnos) o si te obligaba a desandar el camino a punta de amenazas y una escopeta.

La casa de Muñoz no es una construcción promedio entre aquellas que albergan los días y noches de los paisanos patagónicos. Más bien parece un puesto de vigía: una avanzada inglesa. Muñoz no estaba para preguntarle. Tampoco su lancha. Sí pudimos ver un Pudú-Pudú encerrado en su huerta. El Pudú es el cérvido más pequeño de América y está en peligro de extinción. Su hábitat son los bosques donde puede mantenerse a salvo y lo más lejos posible de la influencia humana.

Hallar un lago

Sí, existe. Nosotros tocamos sus aguas. Es verdad que es tan hermoso como muchos otros lagos de la Patagonia, pero tiene un gustito especial: está mezclado con incertidumbre, con lo prohibido, con el sabor del descubrimiento. Con llegar a un lugar que poquísimos habitantes de la región tienen la oportunidad de conocer. Transcurría el tercer día de marcha.

La pregunta salió durante la caminata, en esos largos minutos en los que uno va conectado consigo mismo, sintiendo el cuerpo y haciendo catarsis con las piernas. ¿Qué es lo que más nos molesta de la situación? ¿Qué es lo que más nos pica, además de los tábanos que ya están fastidiosos a esta altura del año? ¿Los 55 kilómetros para llegar a un lugar en el que te prohíben el acceso? ¿Ver la obscenidad de una mansión estilo europeo, pero en Foyel? ¿Qué sea un inglés el dueño de todo?¿Qué todo esto le pertenezca a una sola persona que vive cerca de una ciudad con crisis habitacional declarada?

Hablamos poco y pensamos mucho en esas dos horas que nos llevó divisar la mansión Lewis. Allá lejos se veía el techo de una residencia que podría aparecer en fotos de revistas tipo Ohlalá y Forbes. Jamás pensamos que estaríamos tan cerca. Bromas iban y venían: uno sugirió cambiarse la camiseta naranja que llevaba puesta para no hacerle la tarea tan fácil a los francotiradores. Estábamos convencidos de que solo era cuestión de tiempo para que nos encontraran. Porque eso estaba claro: eran ellos —los guardianes, el personal de Hidden Lake— los que nos iban a encontrar.

Sacamos unas fotos a la mansión que se veía cada vez más inmensa, “para dejar testimonio”.

A metros de la residencia, cuatro caballos sin montura, hermosos y esbeltos, cruzaron delante nuestro. Era evidente: por allí no pasaba mucha gente.

Mierda que caminaron

El primer ser humano que vimos, a unos cien metros de la mansión, era un pibe que estaba destapando una canaleta de drenaje. Los cuatro restantes: jardineros.  Llevábamos tres días de caminata y campamento. La apariencia y el efecto sorpresa estaban de nuestro lado. Les preguntamos por el camino a Tacuifí, donde continuaba nuestro recorrido. Se miraron confundidos. Nadie sabía nada. Nos mandaron a la oficina. Había que rodear la casa principal. Todo estaba impoluto: una estatua de quién sabe qué cosa sobre una pradera alfombrada y dos jabalíes bebes en un corral pulcro fueron las primeras cosas que nos llamaron la atención. Después todo se hizo más y más incómodo.

En eso se abrió una de las puertas de la residencia y salió una muchacha que nos miró con una mezcla de curiosidad, indignación y miedo. Con acento inglés nos preguntó qué necesitábamos, pero era indudable que le interesaba más saber de donde carajo habíamos salido. No tardó en mandarnos —también— a la oficina. Hacia allí fuimos.

No llegamos.

Un cuatriciclo volaba, venía rapidísimo y directo a nosotros. Llegó con el handy en la mano y se presentó: «Mocho, seguridad de la empresa». Si alguien iba a tener que dar explicaciones de qué hacían barbudos en el jardín del señor Lewis, ese era él.

Lo primero que quiso saber era básicamente era de qué planeta veníamos. Después dijo que le parecía raro que no nos cruzáramos con nadie, y «mierda, que caminaron». Por último —con mucha cintura— dijo que justo estaba saliendo un vehículo que nos podía llevar de vuelta (a donde sea), así no caminábamos tanto. Se comunicó por walkie-talkie y ¡wow, qué milagro!: había lugares disponibles para todos. Acá sí funcionan las cosas: en menos de lo que tardamos en llegar a la oficina (unos 200 metros) consiguió una 4 x 4 para acercarnos a la camioneta que dispuso en forma exclusiva para nosotros. «El transporte los acerca hasta donde ustedes quieran, muchachos».

Agotados por más de 55 kilómetros recorridos en tres días, no le pudimos decir que no. Sépanos disculpar, lector.

Al subir, Mocho nos dio la mano con incómoda gratitud. Un apretón de manos con una sonrisa vacía y una frase que flotó largo rato en el ambiente: «un gusto; la próxima vez que vengan, avisen —y remató—: es por su seguridad».

POSDATA

Dicen que caminar —esa antigua actividad que ahora llaman trekking— ayuda a descargar tensiones. Que también ayuda a la reflexión y a la memoria. Nosotros emprendimos este viaje con ganas varias e intenciones variadas, pero sobre todo con el deseo mayor de caminar: caminar por lugares que no conocíamos. Y vaya si lo hicimos.

Escribo con los pies deshechos, con los ojos llenos de viaje y con la satisfacción de sentir que podemos hacernos cargo de los espacios públicos. La picada a Lago Escondido existe y es visible (con mínima orientación de montaña). A todos aquellos que tienen la mochila en un rincón y no se aguantan más las ganas de salir: ésta es una muy buena opción que —probablemente no conozcan—.

Hay que seguir presionando para que abran el camino vehicular y público por Tacuifí. Mientras tanto nos toca a nosotros hacer respetar lo que es de todos. Ir, vivir en primera persona, ocupar y defender espacios: poner el cuerpo para que lago Escondido se transforme en un lago encontrado, al que siempre volveremos.

Sebastián Carapezza

Periodista  |  Coordinador de Colectivo Al Margen

Sebastián es el Pollo Carapezza. Dejó las gran urbe y se fue al Sur. Allá gestó Al Margen, una de las primeras revistas alternativas de la Patagonia; un equipo de comunicación popular que labura por la promoción de derechos, la inclusión  social y la cultura del trabajo. El pollo es caminante y cronista.

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