Bitácoras Angulares

Día 12. Nunca es para todos

(Santiago de Chile | Carlo Maccheroni)

[Martes 7 de abril de 2020]  ¿Cuánto se puede confiar en una autoridad que tiene que cambiar su discurso todos los días? ¿Qué opciones hay si se trata de la máxima autoridad durante una pandemia? ¿Tengo que quedarme en casa si dice que es exagerado hacer cuarentena? ¿Debería hacer caso cuando dice que la cuarentena ahora sí es necesaria? ¿Habrá que usar mascarillas si dice que en realidad no son útiles?

El ministro de salud de Chile ya no tiene margen de error —pareciera imposible equivocarse tanto como lo ha hecho—. Jaime Mañalich, la máxima autoridad sanitaria, se hizo famoso a nivel internacional al plantear que el virus podía evolucionar y convertirse en «buena persona».

Sus idas y vueltan no han hecho más que crear confusión en la población; unos espantados, otros cauterizados a sus recomendaciones.

Esta semana anunciaron que será obligatorio el uso de mascarillas en el transporte y en espacios públicos de algunas comunas de Santiago. Si no cumples, multa severa —por algo que hasta hace un par de días las mismas autoridades consideraban innecesario e inútil—.

Anuncian que hay stock suficiente de barbijos para la venta, y horas después destinan fondos para producción de tutoriales en internet de cómo hacer tu propia mascarilla con cosas que puedes encontrar en casa.

En Chile las cosas no son para todos.

La Defensora de la Niñez, Patricia Muñoz, denunció hace un par de días que no llegaron insumos sanitarios a Sename (Servicio Nacional del Menor). Esto, en cristiano, significa que todos los niños que son directamente dependientes del estado, ya sea en residencias o en otro tipo de entidades, no han recibido ningún tipo de recurso para evitar que el virus se propague.

Este sábado se confirmó que una de las funcionarias del Sename en la ciudad de Concepción dio positivo a COVID-19, hecho que pone en riesgo a decenas de niños y agentes que no pueden recibir su ayuda a nivel convencional, ya que por la cuarentena  los voluntarios tienen restringidas sus visitas de todas las semanas a los centros.

Una vez más en Chile se repite la historia: lo que parece una obligación es en realidad un privilegio, que pone en evidencia profundas desigualdades.

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Día 11. Frutos rojos

(España | Pablo Tosco)

[Lunes 6 de abril de 2020]  Ibrahim, Issa y Bakary se conocieron en un viaje que ninguno de los tres quiere recordar: desde Costa de Marfil al sur de España; cruzaron desiertos, mares y montañas. Se jugaron la vida tantas veces que a veces les cuesta reconocerse vivos.

Los detuvieron.

Los encarcelaron.

Los secuestraron.

Como miles de personas, repitieron la cartografía migrante: Burkina Faso, Niger, Libia e Italia. El relato trágico de su cautiverio en Tripoli se ilumina con las luces de un amanecer remoto en un bote de goma a la deriva rescatado por el barco de Proactiva Open Arms. La oenegé —que realiza rescates en el Mediterráneo central— los desembarcó en el Puerto de Pozzalo de Italia. Su destino final era el sur de Francia donde esperaban conseguir trabajo en las explotaciones agrícolas, pero la búsqueda de un jornal los llevó hasta Andalucía, región de España donde la producción de frutos rojos lleva varios años en plena expansión. Al llegar a la provincia de Huelva recorrieron a pie caminos con fincas de fresas, arándanos, naranjas y mandarinas; preguntaban por un jornal a diestra y siniestra. Por la tarde llegaron a uno de los tantos asentamientos informales levantados con plásticos, maderas de pálets y cartones. Ese sería su nuevo refugio.

El crecimiento del negocio de la producción de frutos rojos es inversamente proporcional a los derechos laborales de estas personas, que buscan trabajo y trato digno.

El 12 de marzo conocí a Issa, a Ibrahim y a Bakary el un asentamiento a las afueras de Cartaya, un día antes de que el Estado español declarara el estado de alerta y el confinamiento de las personas en sus hogares.

La crisis sanitaria provocada por el Covid-19 derivó en el cierre de la frontera con Marruecos, y ha puesto en peligro la campaña de recogida del fruto rojo. Miles de jornaleras y jornaleros atraviesan el estrecho año a año; trabajan con contratos temporales en origen en éstas explotaciones. En la actualidad, se hacinan en espacios paupérrimos e insalubres, sin permiso de trabajo. Son miles de personas migrantes en situación administrativa irregular que reclaman al gobierno de España que concreten una regularización masiva. Se calcula que más de cinco mil personas sobreviven en condiciones infrahumanas en los asentamientos durante el confinamiento. Ponen su confianza en que la carencia de mano de obra a raíz del cierre de fronteras —que en condiciones normales se cubren con trabajadores temporales migrantes— abra una oportunidad para acceder a trabajos que les permitan tener una vivienda digna.
La supervivencia no entiende de cuarentenas.

La esperanza menos.

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Día 10. Detenida en Irak · [1ra. Parte]

(Erbil | Eric Itin)

[Sábado 4 de abril de 2020]  «Era de noche. Dos hombres me llevaron por un túnel largo y oscuro hasta llegar a la habitación del motel. Tuve miedo y pensé que podía pasarme cualquier cosa. No había donde escapar. Golpearon la puerta y una mujer musulmana extranjera, totalmente cubierta, salió y empezó a gritarles. Ellos respondieron empujándola hacia afuera, vociferando: no queremos sus sucios gérmenes en nuestro país. No pude contenerme y me largué a llorar».

No es novedad que, ante la amenaza, el riesgo a perderlo todo y el miedo a lo desconocido, las búsquedas por respuestas se encaminen hacia lo conocido, lo controlable, lo palpable. Si hay algo que esta crisis internacional puso de manifiesto es que la globalización tiene nuevos lados oscuros —otros de sus tantos—, y que cuando las papas queman, el rechazo al resto del mundo se hace moneda corriente.

Vera es de Albania, pero vive y trabaja en Irak. Debería haber vuelto a su vida normal ese segundo viernes de marzo, pero los oficiales iraquíes tenían otros planes en mente.

Albania es uno de los países mas pobres de Europa. Y en un contexto en el que juega la ley del sálvese quien pueda este dato no es menor, ya que las ayudas externas escasean más que nunca. El pequeño país se encontraba trabajando en la reconstrucción de hogares para las diecisiete mil personas afectadas por el último terremoto de noviembre cuando el coronavirus golpeó la puerta. Su vecino rico y principal influencia —Italia—, ya era señalado como el país más afectado y potencial amenaza. La discriminación contra italianos se hizo usual en Europa, pero no en Albania. La decisión del gobierno fue clara: blindar el país, pero también ayudar a sus vecinos. Es así que un grupo de médicos y enfermeros albanos volaron el 28 de marzo con destino Milán, en un acto de solidaridad y amistad. Así es Albania. En tiempos de egoísmo, de individualismo, de distanciamiento social y miedo a la amenaza externa, el pequeño país europeo muestra su mejor cara. Pero, ¿qué saben en Irak de Albania?

Por esos días en Erbil ya se hablaba de inminentes medidas de protección y cierre de aeropuertos, pero nada concreto. La cuarentena obligatoria para viajeros se decidió mientras Vera volaba hacia Irak. Arribó sin conocimiento de la nueva ley, sin entender el idioma ni porqué las autoridades aeroportuarias los trataban de esa manera. En su bolso, un análisis de sangre recién emitido por una médica de confianza la declaraba limpia del virus. Pensó que eso podría ayudarla a no ser detenida, pero no alcanzó.

 –Al llegar a Erbil vi como ciertos empleados de la ONU presentaban sus análisis de sangre y pasaban sin problema los controles, me acordé que yo también tenía uno y lo saqué. Lo mostré junto con mi identificación de trabajadora humanitaria. Intentaron encontrar mi país en una lista infinita, pero no lo encontraban. Un oficial intentó dejarme pasar, pero otros repetían que yo no era ni diplomática ni de la ONU. Finalmente me pusieron a un costado con los rechazados. Éramos unas 25 personas y solo tres mujeres. Les pregunté repetidas veces a los oficiales cual era la diferencia entre los diplomáticos y nosotros, siendo que todos viajamos en el mismo avión y estuvimos expuestos a lo mismo. Pero no hubo respuestas.

Mucho se habló de cómo este virus no distingue clase social ni jerarquías: una suerte de socialismo precario y de ocasión, en el que los poderosos que nunca compartieron ganancias ahora se muestran inclusivos con sectores vulnerables. Pero lo que comparten solo son las pérdidas. El poder entendió —¿entendió?— que no puede salvarse solo, no ésta vez; hay algo de verdad en aquello de que en esta lucha todos vamos en el mismo barco. Aunque también es cierto que si los diplomáticos que pasan los controles en Erbil se enferman, recibirán atención inmediata, evacuación y una posibilidad real de seguir viviendo; pero de enfermar Vera, los rechazados y tantos otros millones que viven vulnerabilizados, les tocará lo de siempre: esperar al costado del camino.

En las últimas semanas Irak intensificó las medidas de prevención, incluyendo el cierre de aeropuertos. La razón dada puertas adentro fue la necesidad de reducir el riesgo de contagio, pero el cierre de todas las fronteras también obedecía a otra razón: hay falta de espacios para mantener individuos en cuarentena y falta de recursos para tratarlos en hospitales; existe riesgo inmediato de un colapso total del sistema.

El miedo a la proliferación masiva en la población y el miedo de parte de los agentes de seguridad hacia un enemigo invisible, expusieron a Vera:

—La policía nos llevó a un motel que usan para tener gente en cuarentena. No era un hotel como nos decían, era un motel. Yo venía libre del virus y la idea de que me encerraran ahí me asustaba. Pero no solamente porque el virus parecía estar esperándonos a todos ahí dentro, sino porque el lugar se veía como aquellos que usan en Albania para prostituir chicas.

(continuará…)

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Día 9. Fe del interior

(La Pampa, Argentina | Migue Roth)

[Jueves 2 de abril de 2020]   En el interior creen.

Hay distintas doctrinas y formas de manifestarlas, pero si hay algo que distingue al poblador promedio de cualquiera de las provincias argentinas fuera de Buenos Aires, es que tiene fe en alguien o algo. Y no se hace drama en decirlo, ni en colgar un crucifijo o una imagen de su virgen predilecta en la pared —aunque sea de un organismo público—; si es evangélico o de alguna otra rama protestante, por ahí lo dice medio de costado, como esquivando la cosa (porque, aunque va perdiendo terreno, el interior aún es católico), pero igual: cree y cuando puede, lo dice.

A la vera de las rutas, estas semanas los altares para el Gauchito Gil —un santo popular— tienen más velas y banderitas rojas. Y en los lugares de adoración que quedan para la Difunta Correa —otra santa no canonizada— hay nuevas botellas, en su característica pleitesía.

Desde que se declaró la cuarentena, salvo algunas denominaciones inconscientes, las iglesias cerraron sus puertas y la feligresía dejó de congregarse; pero las expresiones de fe no menguan. Todo lo contrario, se multiplican los cultos online, se establecen horarios por whatsapp para cadenas de oración y se comparten meditaciones por redes sociales. Las variadas manifestaciones de los credos asumen versiones digitales y el mapa de la espiritualidad en tiempos de pandemia muta a diario. Es difícil interpretarlo, pero «algo es claro —escribió Violeta Gorodischer, en su libro “Buscadores de fe”—: todos ellos, hombres y mujeres como nosotros, con trabajos, familias, problemas y contradicciones, buscan algo más. Algo a lo que aferrarse cuando todo se derrumba».

Me pregunto: ¿la intensidad de la fe será proporcional al crecimiento pandémico?

No toda creencia funciona como asidero seguro: algunas actúan mas bien como una golosina mística; otras tornan a las personas pasivas, inertes, inactivas.

Las hay que provocan hipersensibilidad metafísica: anoche, sin ir más lejos, hubo quienes vieron en el cielo argentino nocturno un rostro maléfico trazado por las nubes y la luna. Una foto lo hizo viral, «el rostro de Lucifer», decían. Antes, Facebook y Whatsapp estuvieron caídos y la paranoia tuvo aristas apocalípticas. Ésta mañana, en la fila del supermercado del pueblo vecino, una señora escuchaba en alta voz el audio de otra señora que promulgaba que el coronavirus se debía a un castigo divino.

[A tanto problema, a tanto encierro y vulnerabilidad, proclamar la teoría macabra de un dios que se ensaña con sus criaturas por portarse mal, me resulta tan retrógrada y perjudicial como repulsiva].

Es digno el esfuerzo de los pobladores por respetar la cuarentena, sin dejar de producir. Pero hay localidades que prefieren esperar y se aferran a la esperanza de que el coronavirus no llegue. Rezan por eso. Prenden velas. Confían.

Las preocupaciones, no obstante, van tensándose más y más con las noticias; aflora el agobio. Por el contrario, las comunidades que continúan preparándose y comienzan a responder a la crisis que asoma, se muestran más oxigenadas.

Leí declaraciones de especialistas de Médicos Sin Fronteras (que de crisis sanitarias tienen conocimiento, y mucho): «con lo que hemos aprendido del Ébola y otras epidemias, sabemos que hay que centrarse en las tres ces: Coordinación, Colaboración y Comunidad».

Y pensaba en ello cuando vi, en el pueblo vecino, la estatua del ángel protector y el niño —con barbijo—. No es prudente solo esperar; es indispensable afrontar la epidemia con otra lógica: no se trata de descartar la espiritualidad; todo lo contrario, es reactivarla coordinados, colaborando entre comunidades.

«A Dios rogando, pero con el mazo dando».

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Día 8. Desventajas y resistencias ante un aislamiento difícil

(México | Bruno Grappa)

[Miércoles 1 de abril de 2020] México declaró la emergencia sanitaria el lunes 30 de marzo y el enfático llamado a quedarse en casa se extendió hasta el 30 de abril. Sin embargo, un amplio sector de trabajadores y trabajadoras que viven del ingreso diario se resisten a abandonar sus puestos. Según datos oficiales, la movilidad en la Ciudad de México se redujo en un 60% y esto comienza a golpear fuerte al sector.

▪ «Hasta ahora vinieron solo dos personas», dice Genaro, lustrador de zapatos, visiblemente molesto, sentado sobre el sillón que ocupan sus clientes. Hace 15 años trabaja en la transitada —transitadísima— esquina de Varsovia y Hamburgo, a dos cuadras del Ángel de la Independencia; un lugar de rascacielos, oficinas y que, en condiciones normales, está colmado de zapatos que lustrar. Por cliente cobra veinte pesos; hoy, el viaje ida y vuelta hasta su casa le sale unos 60 y, en plena contingencia, le toca conformarse apenas con cubrir ese gasto.

▪ Juan Manuel, por su parte, no obtiene ni la mitad de ingresos de lo que gana habitualmente con su puesto de diarios y revistas: «aún sin parar estoy mal, imaginate si freno».

▪ La desidia y el cinismo de algunos agravan la situación. María, que no puede abandonar su puesto de comida corrida por ser su única fuente de ingreso, está obligada a hacerse cargo del tratamiento médico de su padre, quien sufrió un accidente laboral en la construcción y sus patrones lo abandonaron a su suerte. «Son veinte inyecciones diarias de 349 pesos cada una, más otro medicamento de unos 800». El total, 7780 pesos mexicanos, (unos 330 dólares americanos) se suman a sus gastos cotidianos.

▪ «¿Cómo voy a parar, si tengo que darle de comer a 4 hijos?», cuestiona Norma. Es encargada de un local de comidas y, luego de que anunciaron que toda actividad no esencial debía suspenderse, comenzó a idear maneras de generar un ambiente sin riesgos de contagio para no verse obligada a cerrar el lugar y privar del trabajo a sus empleados. Colocó carteles inhabilitando el uso de mesas intercaladas, para que entre los clientes —que ya son pocos— exista la recomenda sana distancia de un metro y medio.

▪ El trio Koral De La Sierra es uno de esos grupos que caminan cargando sus instrumentos de bar en bar, de fonda en fonda, de restaurante en restaurante para amenizar el ambiente con su música, y así obtener ingresos. Ayer, en plena hora del almuerzo, estaban sentados en un parque con sus instrumentos guardados por la falta de clientes en locales gastronómicos.

«Quédate en tu casa. Quédate en tu casa. ¡QUÉDATE EN TU CASA». Así. Tres veces. Elevando el tono y buscando centrar su mirada en la cámara que lo toma a primer plano; Hugo López-Gatell, Subsecretario de Salud y la persona a la que todo México toma con mayor seriedad en este momento, insiste desde hace varios días. Los casos de contagio se triplicaron respecto al miércoles pasado —hoy se registran 1215 contagios y hay 29 muertes confirmadas—. El funcionario afirma que ya entramos en una fase de ascenso en los contagios muy veloz, en la empinada cuesta arriba inicial de la famosa curva. Diariamente advierte que ya no hay más margen de error: «Esta es la última oportunidad de reducir contagios. Si no se para ahora, no se va a poder frenar la epidemia». A pesar de esto, el Ejecutivo Federal mantiene su postura de confiar en la responsabilidad ciudadana, tanto de individuos en general como del sector privado.

Espacio Angular se suma al pedido de justicia por el asesinato en Veracruz de la periodista María Elena Ferral el pasado lunes 30 de marzo. María Elena recibía y denunciaba amenazas desde 2016. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, desde el año 2000 han sido asesinados 155 comunicadores y comunicadoras en México.

#NoSeMataLaVerdad #JusticiaParaMaríaElena #NiUnxPeriodistaMenos

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Día 7. «Se sale igual»

(Chile | Carlo Maccheroni)

[Martes 31 de marzo de 2020] El «se sale igual» puede sonar como una de las frases más subversivas que se podrían decir en un ambiente de pandemia.

La situación en Santiago parecía cambiar a fines de la semana pasada. Si bien el cuestionado toque de queda sigue en pie, se aprobó una ley que contempla el teletrabajo, y siete (7) de las treinta y dos (32) comunas de la capital entraron en una cuarentena estricta.

Pero una vez más se olvidó que gran parte de los ciudadanos cargan con mucho —cinco meses de manifestaciones contra el gobierno— desde la esquina política de esta pandemia.

El día 29 de marzo es una de las fechas a las que estamos acostumbrados a tener manifestaciones todos los años. El ya intocable «Día del Joven Combatiente» (que recuerda la muerte de los hermanos Vergara hace ya 36 años), se creía un borrón en el calendario 2020. Sin embargo, a pesar de todo tipo de sugerencia de permanecer en los hogares, fue la oportunidad de poner en palestra que el descontento aún existe, que no se ha camuflado ni menguado con las mascarillas, como muchos creímos que sucedería.

No solo el descontento da señales de vida. La inconsciencia continua: una doctora, sabiéndose contagiada, decidió ir al supermercado e insistir a los guardias que estaba sana. El contagio aumenta de forma proporcional a las fiestas en departamentos («si todos los vecinos están cuarentena nadie debe ser contagioso»).

Es penoso ver la gente que —sin opciones— debe salir a trabajar para juntar los pesos del día. Ahora más que nunca, después de que el gobierno le diera el derecho a empresarios y empleadores a despedir o no pagar sueldos si un trabajador no se presenta.

Santiago sigue en las calles, pero el «se sale igual» suena distinto según el distrito.

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Día 6. Barcelona fría

(España | Pablo Tosco)

[Lunes 30 de marzo de 2020] Ismael recoge un cartón para aislar su saco de dormir del suelo. Khalid, sentado en un banco frío, desenreda de su bufanda un colgante con la insignia de la mano de Fátima. Frente a la entrada del mercado de Fort Pienc una docena de personas migrantes de Rumania, Nigeria, Senegal y Marruecos resisten al duro invierno en refugios construidos con telas y cartones. Son parte del grupo de personas que ante el confinamiento decretado por el estado español no tienen un hogar donde quedarse.
Según la fundación Arrels, 4200 personas se encuentran sin hogar en la ciudad de Barcelona. Muchas de ellas son personas migrantes en situación administrativa irregular, otras son solicitantes de asilo, y las hay que no han tenido acceso a un trabajo digno que les permita contar con acceso a una vivienda.

Algunos clientes del mercado comparten productos alimenticios y varios vecinos aportan un plato de comida caliente.


Esto —todo esto—, que se inició como «una peste más» que se puso fulera allá en China, ahora tiene en vilo al mundo entero. Declarada pandemia semanas atrás, decenas de países comenzaron a tomar medidas restrictivas mientras miran con preocupación cómo evoluciona la situación en Italia y España. «Si a los países desarrollados con sistemas sanitarios eficientes les cuesta organizar una respuesta eficaz a la COVID‑19, ¿qué esperanzas hay para otros sistemas mucho más frágiles?»

Se multiplican los tapabocas de diversos colores y formas, memes y bulos saturan los smartphones, y las decisiones gubernamentales cambian de tenor al tiempo que las cuarentenas se alargan; las desigualdades se tornan más notorias y agudas. La tensión crece, despareja según las condiciones sociales; pero crece.

A través de imágenes y relatos íntimos, en Angular nos propusimos describir y retratar la peor pandemia que nos tocó vivir. Continuamos el intercambio de postales desde cinco locaciones: Pablo Tosco nos cuenta cómo está Barcelona; Bruno Grappa nos muestra México; Carlo Macceroni envía sus impresiones desde Santiago de Chile; Migue Roth prepara sus notas desde un pequeño pueblo de La Pampa argentina, y Eric Itín es nuestro corresponsal desde Erbil, en Irak.

Ésta es la segunda distópica semana de las bitácoras angulares.

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Día 5. Irak: la tradición y la actualidad

(Erbil | Eric Itin)

[Sábado 28 de marzo de 2020]. «Seguimos siendo el mejor país del mundo en cuanto a medidas preventivas contra el coronavirus», dijo Jaafar Allawi, el Ministro de Salud iraquí. Aún así, expresó su preocupación por el hecho de que «en caso de que la propagación de la enfermedad sea elevada, como en otros países, no tenemos los medios para enfrentarla».

Esperaba sorprenderme al llegar a Erbil, la capital de la región kurda de Irak, pero no sabía de qué forma sería. Supuse distintas cosas durante el vuelo: «la ciudad, ¿será como Kabul, que parece estancada en los tiempos de la última ocupación? ¿Será como Amman, que pretende ser capaz de mezclar occidente y oriente?».

Pudo sorprenderme el control estricto en el aeropuerto debido al coronavirus, que ya está golpeando fuerte la región, —principalmente en Irán—. Pero no. (Si bien hay máscaras respiratorias por todos lados, la mayoría de pasajeros las usa como simple protección personal y no para proteger a los demás).

Lo que más me sorprendió al arribar fue ver cinco grupos de personas fuera del aeropuerto sentados en el pasto: haciendo Picnic.

El picnic es a los kurdos lo que el fútbol a muchos sudamericanos. Cualquier ocasión sirve de excusa para celebrar con amigos y familia. Y si de celebraciones se trata, ninguna es más importante que Nowruz, el año nuevo persa, que data de milenios atrás y tiene fecha de celebración esta semana. Nowruz, que marca el fin del invierno, es sinónimo de fiesta, y se celebra con miles de picnics en toda la región. 

A diferencia de otras naciones, el Gobierno de la Región Kurda de Irak cerró escuelas y mezquitas con celeridad al registrarse los primeros casos. Luego se clausuró la Casa de Gobierno, ministerios, aeropuertos, bancos y se establecieron cierres parciales de accesos. La cercanía con Irán y el volumen de interacciones con el país vecino obligó a actuar casi sin pensar. Si bien las medidas permitieron reducir el impacto inicial del virus, también produjeron resistencia en la población. ¿Cómo convencerlos de quedarse en casa sin enviar mensajes previos de concientización? ¿Cómo esperar que se acepte el cierre de parques en Nowruz sin explicar que la exposición podría costarles la vida?

La falta de cumplimiento por parte de la población llevó al gobierno local a implementar —en las últimas horas— un cierre total de rutas y accesos entre centros claves como las ciudades de Erbil y Sulaimani. Bloques de concreto obstruyen las calles. El panorama local se completa con amenazas de cárcel para aquellos agentes de seguridad que no detengan a los ciudadanos que rompan la cuarentena. Si bien las medidas se anunciaron por poco tiempo, con el correr de los días se intensificaron. Ahora las fuerzas militares vigilan las calles. Un frente inesperado, considerando otras crisis que demandan su presencia: la reaparición de células de ISIS en Mosul, no muy lejos de Erbil, por ejemplo. O los ataques con misiles en Baghdad, y los miles de refugiados en el flanco occidental.

Este año Nowruz pasó sin pena ni gloria. Al menos sin multitudes en las calles que pretendieran asegurarse el mejor rincón del parque para el mayor picnic del año; sin la humareda típica de los fogatas; sin los olores ajenos de la comida compartida; sin música.

Con 382 casos y 36 muertes confirmadas, de momento los números defienden las medidas tomadas por el Ministro de Salud. Pero el riesgo de un crecimiento exponencial de los infectados y de un colapso del precario sistema de salud continúa presente.

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Día 4. «Antes de que llegue…»

(La Pampa, Patagonia | Migue Roth)

[Viernes 27 de marzo de 2020]  Hubo dos momentos —en estos años— en los que #LaPampa (provincia del centro argentino) fue trending en redes sociales: en octubre de 2019 se viralizó un hilo irónico que planteaba la teoría de su inexistencia (debido a la baja densidad poblacional).

El martes nuevamente encabezó las tendencias. Los usuarios de internet se sorprendían al notar el incremento de casos de Coronavirus en el país, mientras La Pampa, rodeada de provincias afectadas, continuaba invicta.

Con memes, algunos volvían a la teoría de su inexistencia; otros explicaban que no había confirmados porque está deshabitada, «es un desierto» repetían. Los mismos bulos se aplican ahora a las cinco provincias sin registro de Covid-19. Las reacciones virtuales serían dignas de un estudio. Pero más allá de memes y bulos, surge una pregunta preocupante en este escenario pandémico que ya golpeó a la Argentina: si la cosa empeora, ¿el interior deberá valérselas por sí mismo?

Si bien es cierto que el gobierno nacional prometió ayudar a todo el país, el foco —como es lógico— está puesto en Buenos Aires. Las miradas, la atención y los rezos se concentran en el conurbano, donde se aglomeran en condiciones precarias más de diez millones de personas. El interior, compuesto en un 70% por poblaciones rurales, no aparece en el radar de los medios masivos —salvo en notas de excepción, amarrillas o rojas—. Las lógicas de comportamiento social son distintas a la capital, pero la vulnerabilidad es la misma.

Ante la desesperación, se multiplican los pueblos que deciden blindarse: cierran vías vecinales con terraplenes, restringen los accesos principales, hacen resonar campanas o sirenas para anunciar toques de queda local. La intranquilidad se incrementa y se traduce en nuevas tensiones —con los transportistas de cargas, por ejemplo—.

En La Pampa, la cuarentena se cumple con la misma religiosidad que una siesta, pero ya se nota en los ojos: el sueño no llega. Asoma el miedo.

La incertidumbre se manifiesta en dos posturas cada vez más marcadas: hay dirigentes municipales que ponen su confianza en el gobierno provincial y nacional para afrontar la situación; entre ellos, algunos creen que esto es de «un alarmismo exagerado»; otros creen que están preparados («hemos pasado sequías graves acá; sabemo´lo que son las crisis»). No pocos creen que sus amuletos serán suficientes; que el dinero en reserva alcanzará.

Pero hay otros pueblos que buscan aprovechar el margen de tiempo, y tratan de prepararse «para los largos y duros meses que se vienen»: establecen su Comité Vecinal de Respuesta a la Crisis, preparan espacios de Aislamiento Sanitario junto con los entes de salud, buscan ayuda psicosocial, crean marcos de emergencia para fomentar el desarrollo agrario, coordinan equipos para facilitar las tareas de los que están afuera.

A las corridas, con errores pero intentando corregirlos «antes de que llegue…», dicen sin nombrarlo.

Ante la incertidumbre, dos posturas antagónicas se hacen más evidentes: la de quienes prefieren esperar y la de quienes se organizan.

Años de experiencia de la Acción Humanitaria internacional afirman que la mejor respuesta ante una emergencia es estar preparados, y un abuelo pampa dijo ayer por mensaje radial que el tiempo es la mayor medida de las cosas.

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Día 3. Confiar antes que confinar

(Ciudad de México | Bruno Grappa)

[Jueves 26 de marzo de 2020]  Es ritual: cada día a las ocho de la mañana tres hombres orbitan un camión que avanza lento, cargado de garrafas de 10, 20 y 30 kilos de gas, mientras se unen en un grito –inentendible, pero reconocido– para avisar a los y las vecinas que bajen a reponer su tubo. Cerca de las nueve de la mañana, con un modus operandi similar, una campana que ensordece avisa que el camión de recolección de basura está cerca y hay que prepararse para entregar en mano los residuos. «Se compran colchooones, tambooores, refrigeradooores…», es lo siguiente que se oye. La grabación de María del Mar Terrón, quizás la voz más popular de México, se repite varias veces al día.

 

Cada día.

Incluso hoy, a poco más de dos semanas de que la Organización Mundial de Salud haya declarado la pandemia.

Por estos días también se desarrolla el Censo de Población y Vivienda por parte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

A pesar de que la Secretaría de Salud propuso medidas y recomendaciones —que el INEGI dice estar cumpliendo—, son ciento cincuenta y un mil entrevistadores en todo el territorio nacional visitando viviendas particulares y en convivencia con las otras miles en la calle que continúan su vida normal, sea por necesidad o por necedad.

Frente a la emergencia sanitaria global que ha puesto en cuarentena y toque de queda a muchos países, México continúa en las calles y —de forma indefectible—, su ciudad capital también.

El Ejecutivo Federal deposita toda su confianza en la responsabilidad ciudadana para mitigar los contagios y, si bien hay mucha gente que cumple el pedido de quedarse en casa, la postal de un México vacío es falsa. «Hay muchas tareas que se pueden hacer desde casa. Siempre que esto sea posible, pedimos al sector privado que tome esta iniciativa», dijo ayer el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López-Gatell en la conferencia diaria, luego de anunciar la sexta muerte y confirmar que de los 475 casos registrados, hay trece cuyo contagio no es trazable; es decir, no se sabe quién fue la fuente de contagio.

La población a pie cuida sus compras, las realizan en tiendas de abarrotes barriales; los sectores más pudientes, por su parte, continúan haciendo «compras de pánico», atorándose en las cadenas de supermercados.

A pesar de que el pasado domingo la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México anunció el cierre de espacios de concentración masiva, el escenario de una cuarentena obligatoria y total que ampare los derechos y garantías de las personas más vulnerables sigue siendo lejano.

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Día 2. Entre la desigualdad y la inconsciencia

(Santiago de Chile | Carlo Maccheroni)

[Miércoles 25 de marzo de 2020]  Santiago cambió las capuchas por las mascarillas.

En medio de una tensión política que exige una nueva constitución, y que trajo manifestaciones ininterrumpidas por cinco meses, se asomaron los primeros casos de Covid-19 en Chile y hay dos términos que predominan en los comentarios generales: desigualdad e inconsciencia.

Las fuentes de contagios se debieron a chilenos que llegaron del extranjero y que —en una posición nihilista—, rompieron sus cuarentenas para asistir a fiestas, reuniones de amigos, gimnasios e incluso pijama parties. En los sectores acomodados, que concentran gran parte de los casos de contagio, todavía abren bares y restaurantes. Imágenes de discotecas que alardeaban medir la temperatura en la entrada dieron vuelta al país. En una de las clínicas más caras (cobra unos 75 dólares americanos por el examen y otros 110 dólares por derecho de atención), un paciente sospechoso del virus que no quiso pagar, se quitó la mascarilla para toser en la cara a la enfermera y a un doctor.

En Santiago, el virus intensificó las tensiones, y marcó aún más las diferencias sociales; entre las actitudes más irresponsables se notan las de quienes detentan recursos para tratarse (en un país en el que no existe sistema de salud estatal de calidad).

Y los mensajes gubernamentales van en la misma tónica: el presidente declaró que prefiere una crisis de salud antes que una económica.

No habrá cuarentena obligatoria, pero sí toque de queda. Los militares vuelven a salir a las calles por la noche (como si ese fuera el horario de transmisión del virus).

Para proteger a sus comunidades, decenas de alcaldes se están levantando contra el ministro de salud, y quiebran los protocolos impuestos; implementando desiciones que el gobierno nacional teme tomar. Gran parte de la masa laboral no tiene derecho ni posibilidad de trabajar desde sus casas, y muchos están perdiendo sus empleos para cuidar su salud y la de su familia.

La tensión política continúa, pero la emblemática Plaza Italia (o «de la Dignidad» como fue bautizada) ya no es el espacio de resistencia y el campo de manifestación.

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Día 1. Rincones en olvido

(Barcelona | Pablo Tosco)

[Martes 24 de marzo de 2020]  Jose Antonio es de Extremadura y lleva dos años viviendo en situación de calle, frente a Plaza Catalunya, en el centro de Barcelona.

No tiene acceso a ningún albergue ya que no aceptan animales de compañía. Bru se queda fuera.

El planeta entero vive una crisis sanitaria sin precedentes, que ha puesto aún más en evidencia las desigualdades y los privilegios. Las autoridades españolas no parecían tener registro de los indices de “sinhogarismo” que en España afecta a más de treinta y un mil personas (¡+31000!), muchas de ellas con patologías previas, agravadas por las condiciones en las que viven. Personas sin recursos para mantener las recomendaciones de higiene y distanciamiento social, y que han visto además cómo el confinamiento ha provocado el cierre de centros de día y comedores sociales.

Esta crisis parece haber dejado las calles desiertas pero hay esquinas, portales y cajeros que albergan porciones de vidas olvidadas.

Las calles no están vacías.

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La pandemia fue declarada semanas atrás y el mundo que considerábamos normal ahora presenta imágenes distópicas. Pero no todos los escenarios son iguales: mientras Barcelona —una de las urbes más activas del mundo— ahora se debate entre el silencio y la urgencia; en Ciudad de México, el presidente se muestra confiado en un video en el que pide a sus conciudadanos que «salgan a comer, tengan una vida normal, sigan llevando a la familia a comer a las fondas, a los restaurantes , porque eso es fortalecer la economía familiar y popular» (antes —en conferencia de prensa nacional— mostró amuletos y aseguró que lo protegen). En Santiago de Chile, la población cambió las capuchas por las mascarillas, pero la tensión política no cesó. En Argentina, las medidas gubernamentales buscan frenar la crisis sanitaria y ruegan que no explote el conurbano de Buenos Aires; por su parte, los pequeños pueblos del interior del país se blindan y cierran los accesos incluso cortando las rutas con montículos de tierra. ¿Cómo afrontará la pandemia un país que lleva largos años de conflicto en su territorio?

En Angular nos propusimos describir y retratar la peor pandemia que nos tocó vivir, a través de imágenes y relatos íntimos. Este será un intercambio epistolar a cinco bandas: Pablo Tosco nos contará cómo está Barcelona; Bruno Grappa nos mostrará México; Carlo Macceroni envía sus impresiones desde Santiago de Chile; Migue Roth prepara sus notas desde un pequeño pueblo de La Pampa Argentina y Eric Itín es nuestro corresponsal desde Erbil, en Irak.

Un comentario

  1. Rolando Itin marzo 26, 2020 en 7:31 pm- Responder

    Gracias por estas claras viñetas. Sigan en este camino.

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