De frente al miedo

(S8 · b.24º | Ciudad de México | Bruno Grappa)

[miércoles 27 de mayo de 2020]  La mayoría de hospitales de atención Covid-19 en la Ciudad de México delimitan su perímetro con un muro, visiblemente similar al que nos separa de Estados Unidos. Cientos de tubos de tres metros de altura, separados por diez centímetros el uno del otro; marcan una nueva frontera no menos significativa.

Hoy, sobre esta frontera, permanecen cientos de personas que esperan; no quieren estar ahí, no quieren cruzar al otro lado, solo desean sacar a su pariente con vida en un país donde los muertos por Covid-19 se cuentan de a 300-400 de manera diaria. Ayer —26 de mayo– fueron 501 muertes.

Son personas solas, son familias enteras, gente que va y viene pero todos deciden forzosamente estar ahí. Los motivos fundamentales: por un lado, al no tener horario fijo para recibir un reporte de salud, prefieren estar porque puede pasar en cualquier momento. Algunos se pasan días sin recibir noticia alguna. La otra razón es estar atentos ante cualquier petición que requiera el familiar y que el hospital no pueda brindar, por no tener las condiciones para hacerlo; desde medicamentos hasta —en algunos casos, no pocos—, agua potable.

Las puertas de hospitales mexicanos se han convertido en lugares donde convive gente que puede estar en situaciones diametralmente opuestas: hay quienes acaban de recibir un reporte de salud positivo y esperan el alta de su familiar; otros, quizás en la carpa conjunta, a la espera de realizar los trámites necesarios para retirar un cadáver. De fondo, se mezclan sonidos de risas y llantos, con el ruido de los autos que pasan y los altavoces que alertan sobre el peligro de estar ahí.

Hay quienes juegan cartas, están los que aprovechan el estar reunidos en familia para reirse y emocionarse con anécdotas del paciente; hay quienes, simplemente, no se separan de la reja y mantienen la mirada inmóvil dirigida al interior. 

Saben que corren riesgo al estar allí. Se los recuerdan, insistentes, los altavoces.

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Lo llamaremos democracia

(S7 · b.23º | Santiago, Chile | Carlo Maccheroni)

[viernes 15 de mayo de 2020]  En el mismo momento que escribo este texto el ministro de Salud de Chile, Jaime Mañalich, anuncia por primera vez —contradiciendo a su discurso eterno—, «cuarentena total» para el gran Santiago.

Para estos efectos y para cuidar las decisiones del estado, lo llamaremos democracia. Después de semanas, se escuchó la voz de Santiago. Desde el primer día han sido los trabajadores, las personas comunes y corrientes, “la Señora Juanita” —como se dice en Chile—, quienes demandaban medidas preventivas.

La postura del gobierno fue lamentable: dijeron que no se necesitaba cerrar las escuelas, que era tonto una cuarentena total, ridículo usar mascarillas. Decidieron mantener abiertos los centros comerciales; se instó a la población a trabajar, a salir y tomar café con los amigos sin preocuparse —en palabras de la subsecretaria de Salud—.

Fue doloroso para muchos chilenos ver estos meses a la prensa latinoamericana alabar los métodos del gobierno por su programa de cuarentenas parcializadas mientras nuestros vecinos, amigos y familias se contagian y mueren.

Anoche, en las noticias, el tema central fue el despliegue de boinas negras (tal vez los más temibles y preparados militares del país) por las calles de Santiago, controlando los permisos para circular en las zonas de cuarentena obligatoria. De hecho, el mismo ministro de Defensa sobrevolaba la ciudad en un helicóptero de la Armada.

Pero si todo estaba bajo control y bien distribuido, si se hicieron las cosas de manera perfecta (según las palabras del ministro de Salud), ¿por qué ahora entramos en cuarentena más de ocho millones de personas al mismo tiempo?

Los datos oficiales dicen que son 2660 casos nuevos en un día, de ellos 508 asintomáticos; las comunas que salieron de cuarentena volvieron a subir de manera dramática sus contagios; el ministerio no pudo poner en acción su plan de carnet para recuperados; de los mil respiradores que se prometieron al principio de la pandemia solo 53 han sido implementados; los casos de contagios dentro de los centros de salud (en particular enfermeras y técnicos) se volvieron incontrolables; las clínicas quedaron desabastecidas del reactor de las pruebas PCR a nivel nacional, y se suspendieron los exámenes privados a nivel nacional.

Gobernar desde la planilla de excel no les funcionó. La curva no se aplanó, estamos a mediados de mayo y el peak del virus no se ha alcanzado. Tampoco hemos llegado a la fecha crítica de las enfermedades respiratorias y ya tenemos los hospitales colapsados.

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Del fuego, el movimiento y la insurrección

(S6 · b.22º | Patagonia, Argentina)

[Miércoles 6 de mayo de 2020]  Antes de anoche prendimos un fuego tímido en la parrilla del patio. Una ocurrencia de Liev, mi pequeño hijo, encendió las ganas de todos en casa por hacer de comer algo a las brasas. Fue una cena sencilla, sabrosa como la mayoría de alimentos que se preparan al fuego. Y fue, además, una excusa efectiva para subvertir —por un buen rato— la dictadura virtual que se está instaurando.

Mientras estábamos ahí, conversando, recordé un viejo cuento del negro Dolina —narrador maestro que escucho desde mis desvelos universitarios—. En aquel relato premonitorio, las autoridades de un antiguo imperio hacían cuanto podían para que nadie se moviera demasiado de su morada. La gran ciudad capital desde la que gobernaban estaba dividida en barrios, y los barrios en distritos más pequeños. A cada distrito y a cada casa lo rodeaba un muro. La historia decía que para las autoridades las personas itinerantes eran un grave incordio. «La sujeción requiere inmovilidad», decretaron. Quienes recorrían mucha distancia eran insurrectos y conspiradores.

Reivindicación de los panes

Otro extraordinario escritor, Juan Villoro, publicó días atrás un artículo acompañado por una advertencia sutil: «La civilización comenzó en torno a una fogata. Los gobiernos del mundo deberían saber que eso sirvió para tres cosas imprescindibles: calentarse las manos, preparar comida y contar historias.» Y vinculó su frase con la de Federico García Lorca: «No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos claman a gritos». La mitad de nuestra existencia es imaginaria: el sabor del pan depende de la libertad.

Pienso en el fuego tímido de las brasas reflejado en la cara de mi hijito, que sonreía a mi lado; pienso en la calidez de las conversaciones sin interrupciones virtuales; pienso en las historias que nos hace falta leer tanto como las caminatas diarias.

Los pueblos del interior argentino, en su inmesa mayoría, esperan. No sé muy bien qué ni por cuánto, pero esperan casi inmovilizados, entre-tenidos en la sujeción cibernética. Y me preocupa esa quietud tensa. La angustiosa pero inerte expectativa. Y al igual que Carrión, me pregunto: «…nosotros, ¿qué estamos esperando? ¿La vacuna? ¿La inmunidad? ¿La caída de la curva de contagios? ¿El regreso de la anormal normalidad?»

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Flexibilización y conciencia, ¿es posible?

(S6 · b.21º | Erbil, Irak)

[Lunes 4 de mayo de 2020]  «Trece personas resultaron heridas durante los disparos de celebración, y cuatro de ellas necesitaron una cirugía menor», dijo Hamza Razki, portavoz del departamento de salud de Duhok.

Esta nueva semana de cuarentena comenzó con noticias esperanzadoras provenientes de la ciudad de Duhok: semana completa sin nuevos infectados. La ciudad se encuentra limpia, y en estos tiempos sin precedentes, tal novedad es sinónimo de fiesta.

El 23 de Abril, decenas de miles salieron a las calles de la ciudad norteña a festejar los resultados del esfuerzo colectivo: bocinas, cantos, risas, autos por todos lados, gente en las calles como nunca en meses. Las autoridades citaron a la población a acompañar el festejo encendiendo velas. Pero con el correr de la noche las velas dieron lugar a fuegos artificiales y los fuegos artificiales a rifles, pistolas y ametralladoras. Gran parte de la población kurda porta armas y muchas veces las celebraciones suelen incluir algunos tiros al aire. Muchas familias corrieron a cubrirse: «Salí a la calle, pero cuando escuché los disparos volví rápidamente dentro de mi casa», contó Khalid.

A la mañana siguiente, las novedades de parte de Razki. Además de los heridos por balas perdidas, se confirmaron tres nuevos casos de coronavirus.

Después de más de seis semanas de bloqueo total, el gobierno kurdo flexibilizó las medidas y permitió la circulación dentro de las zonas urbanas de la región, no así entre ciudades o localidades. Ciertas actividades también fueron retomadas: constructoras, florerías y el sector agropecuario.

Pero un buen porcentaje de la población tomó los comunicados como la confirmación que deseaban escuchar: el riesgo de contaminación es cosa del pasado. Ya no se observan tantos ciudadanos utilizando elementos de protección, el miedo pareciera ya no ser tal y el distanciamiento social se transformó para algunos en una linda anécdota de una vida pasada. Las calles muestran un nivel de actividad habitual —previa cuarentena—, mucho auto y peatón y poco guante y máscara.

Con el comienzo del mes sagrado de Ramadán, donde las cenas con familiares y amigos ocupan un lugar primordial en la celebración diaria de los creyentes musulmanes, el riesgo es aún mayor. Si bien existen restricciones de movimiento vespertino, Ramadán toma la prioridad para ciertos ciudadanos que logran esquivar los controles y juntarse con sus seres queridos. El uso de elementos de protección personal y la concientización continúan siendo un problema a resolver; y se espera que en las próximas horas el gobierno retome aquellas medidas restrictivas aplicadas inicialmente.

Todavía no es tiempo de celebrar.

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La pequeña y frágil nueva normalidad

(S6 · b.20º | Barcelona, España | Pablo Tosco)

[Lunes 27 de abril de 2020]  Hasta ayer, por las calles de Barcelona solo sonaban sirenas de ambulancias, bomberos o policías, y seguía la pulsión trágica de estos tiempos. Hoy, a partir de las nueve de la mañana comenzaron a escucharse risas tímidas que se sumaron a patines que rascaban veredas; las rueditas de una bici buscando equilibrarse, alguna lágrima tras una caída, muñecos despeinados que se arrastran por el suelo y el sonido de un empeine chiquito sobre una pelota. La pequeña y frágil nueva normalidad.

El Gobierno de España autorizó a niñas y niños de hasta 14 años salir de sus casas tras cuarenta y un largos días de confinamiento. El decreto indica que deben ir con uno de sus padres o madres, o con un cuidador autorizado. Pueden pasear durante una hora (entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche) y no se pueden alejar más de un kilometro de su vivienda.

Tras el cierre de los colegios el 9 de marzo y la declaración de Estado de alarma, hoy es el primer día que muchas niñas y niños salen de casa. Lo hacen con emoción, nervios y temor. Sus progenitores deben garantizar las medidas de protección; las autoridades han recomendado que se utilicen mascarillas y guantes.

Los parques recreativos, las plazas y espacios verdes están precintados, las caminatas y los juegos se desarrollan en las aceras, en las calles peatonales, en alguna explanada o en la playa.

Dos niñas junto a su padre se detienen en la esquina de Casp y Lepanto. Él saca su teléfono, marca y corta. A los pocos segundos dos personas mayores se asoman al balcón de la quinta planta y comienzan —a gritos entrecortados por la emoción— una puesta al día de lo que fueron estos cuarenta días sin besos, abrazos, caricias y encuentros.

Una de las primeras decisiones que vaticinan lo que podría ser el inicio de la desescalada del confinamiento de esta crisis que no deja de golpear diariamente con estables pero trágicas cifras: más de doscientos mil contagios, más de veintitres mil personas fallecidas, y casi cien mil supervivientes.

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Con vida en las manos y muerte en la cabeza

(S5 · b.19º | Santiago, Chile | Carlo Maccheroni)

[Jueves 23 de abril de 2020]  Mientras preparaba este texto, lo único que tenía en mente era la última fotografía de Olivia Arthur en su proyecto Home. Esa foto exacta cuando levantan por primera vez a su bebe, la cámara desde los ojos de la madre, la luz que apunta tan certeramente al recién nacido haciendo que todo el resto parezca inexistente.

Le mostré esa foto a Rose y me dijo que tiene cientos de fotos así; claro, no tomadas por la madre, hechas por ella. Me las muestra y en realidad son fotografías maravillosas, se puede ver una suave sonrisa mientras las revisa y lee los nombres de sus padres.

Las comparte conmigo con gentileza.

Rose se desempeña como matrona con pacientes de infertilidad; lo que en otros países se denomina obstetra (término que en Chile es exclusivo para doctores), ella aclara: es enfermera matrona.

Este fin de semana le tocó atender un parto que parecía eterno —el tiempo parecía no avanzar entre tanta tensión— en una de las clínicas más estrictas del país:

—Es terrible trabajar sintiendo que todos los que se te cruzan pueden ser una amenaza, —dice con la cabeza inclinada hacia delante y los ojos bien abiertos.

Todo el mundo trae mascarillas y guantes. Es curioso y penoso, ya que el personal de salud pide de regalo a la población insumos mínimos de protección porque el ministerio no les otorga.

«En esta área no estamos acostumbrados a trabajar en condiciones de muerte, estamos acostumbrados a trabajar con la vida».

Rose relata la tensión que significa hacer consciente la distancia entre colegas en espacios donde es muy extraño ver contagios. «No es sencillo hacer conciencia de mantener la distancia con las personas, no tocar las superficies, mantener la mascarilla puesta, no apoyarte en el ascensor. Todo se siente distante».

Otro punto complejo es la espera de los resultados del examen de Covid-19. En la clínica —que trabaja a su máximo nivel—, se obtienen resultados entre 4 a 5 horas, muchísimo más rápido que lo normal, pero nunca suficiente cuando la paciente ya está en trabajo de parto.

«Mientras los resultados no estén listos, tenemos que pensar en la paciente como contagiada. No estamos acostumbrados a mover a la paciente así, hay mucho contacto cuando la preparamos, y tener que sacarse la pechera, la mascarilla y los guantes y volver a ponerse todo porque había que ir a buscar un papel es muy engorroso».

Mientras esperan resultados, la tensión no tiene forma de bajar. Nadie le hace el examen al doctor, a la matrona, auxiliares, ni siquiera a la pareja de la paciente. Básicamente no hay forma de saber ni de asegurar que el virus no estará presente en el pabellón sin importar protocolos.

«Un parto es sobre todo emociones, en especial con familias como ésta, que no podían tener hijos. Es súper difícil decirle a la madre que no puede sostener a su bebe porque el resultado del examen todavía no está listo».

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Del tiempo reptil al blackout 

(S5 · b.18º | Patagonia, Argentina | Migue Roth)

[Martes 21 de abril de 2020]  Se multiplican los insomnes tanto como la policía moral vecinal. A poco más de un mes de declarado el Aislamiento Social preventivo y obligatorio en Argentina, las dosis de virtualidad para afrontar la densidad del encierro son cada vez mayores. Y —vaya curiosidad— incluso crece en los pueblos del interior. ¿Resultados? Apatía, violencia repentina —en sus variadas formas—, brotes de ansiedad y adicción abúlica a lo cibernético, que se agudiza.

Es un momento de quiebre y no porque entremos a una nueva fase pandémica; es un punto de inflexión porque estamos llegando a los cuarenta días: tiempo en el que las prácticas cotidianas se consolidan, se transforman en hábitos.
Qué fácil se la estamos dejando a quien pretenda sacar rédito de tanta vulnerabilización.

Leí una nota publicada en la revista de la Universidad de México en la que el autor (un cronista destacado) se esforzaba en llevar un diario personal porque creía que la honestidad elemental —practicada al menos con uno mismo— puede ser una gran reserva de poder cognitivo en tiempos oscuros. Se translucía en el fondo lo mismo que me dijo días atrás por whatsapp una escritora: que le cuesta escribir, que le cuesta leer, que le cuesta concentrarse. Lo mismo me plantearon por separado dos amigos periodistas, casi a modo de confesión. Y antes de ayer, me crucé con una nota publicada en el diario de mayor circulación en el país, que escribió otra excelente colega: «El tiempo es un reptil: horas paralizado al sol hasta que algo lo asusta y se escurre. Entonces cae la noche y otro día se va. La madrugada se paga en cuotas, somos muchos los solos y los insomnes.»
Qué peligrosa es una comunidad que no duerme y está cansada.

«Los sentimientos se contagian rápido. Y cuando el miedo se contagia a la sociedad, se convierte en pánico», dice Carlos Sica, profesional que fundó el grupo de atención de Emergencias Psicosociales (EPS) y con años de experiencia en asistencia en situaciones traumáticas: «vivo en un departamento sin balcón, salgo una vez por día, solo unos minutos. Hay mucho ambiente de violencia, falta de educación y de información».
¿Cómo? ¿No estamos hiperconectados? Sí, pero la conexión actual tiende a la artificialidad; no necesariamente es educativa. Y la sobrecarga de datos —monotemáticos, para colmo— nos infoxica.
Qué sencillo es controlar a sociedades digitales, mucho más si tienen miedo.

El estado de excepción y biovigilancia se extiende tanto —¿o más?— que la pandemia. Se ramifica, llega incluso a lugares dificiles de ubicar en un mapa, como el pueblo en el que vivimos donde se mantiene firme la cuarentena. Acá hay, cada día, toques de queda con sirena de policía a las seis en punto; hay promesas de algunos insumos que enviará el gobierno provincial, y hay —sobre todo— falta de organización como para coordinar medidas comunitarias que ayuden a aliviar la tensión angustiante de una espera en encierro.

Inteligencia no es sinónimo de sumisión.
Y esto no es una exégesis de la rebeldía, sino un llamado a desalinearnos: si el aislamiento social provoca adicciones, ansiedad, abulia y violencias tan contagiosas como el coronavirus, tenemos que crear formas efectivas de contrarrestarlas. «Utilicemos el tiempo y la fuerza del encierro —dice Paul Preciado— para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Hagamos el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos la revolución que viene. Cada sociedad pueda definirse por la epidemia que la amenaza y por el modo de organizarse frente a ella».
No es sano esperar que otros desarrollen anticuerpos o bajen fondos para recien entonces decidir qué hacer; si la biopolítica actual fomenta la descolectivización, hay que resistirla.

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Detenida en Irak · [última parte] ·  S4 / b.17º

 (Erbil | Eric Itin)

[Sábado 18 de abril de 2020]  Me intriga ese plan de seguridad del que habla. Vera me explica que el estrés que sentía esos primeros días era muy alto: «Proteger puertas y ventanas me hacía sentir más segura. Por eso es que coloqué vasos y otros elementos en las ventanas para que, si alguien las intentara abrir, los vasos cayeran y estallaran en el piso. Eso me iba a despertar y encontrar un poco más preparada. Me sentía constantemente cansada como para hacer algo debido a las condiciones: falta de luz, falta de información sobre que estaba pasando afuera, misma habitación las veinticuatro horas del día. Nunca antes dormí tanto en mi vida. Creo que esta fue la consecuencia de haber integrado ese constante modo de alerta en mi día a día.

Todo aquello que había aprendido en mi infancia en cuanto a medidas de seguridad, las reaprendí durante mi tiempo en Mosul como trabajadora humanitaria: análisis de riesgos, análisis de impactos, medidas preventivas. Estructuré lo que en mi infancia eran solamente medidas de supervivencia callejera. Y creo que me sirvieron durante esta cuarentena en Erbil.»

Mientras Vera me cuenta sobre el plan, el ruido de un helicóptero militar sobrevolando nos interrumpe y corta la charla. Al retomar, ya no habla de su experiencia en términos de riesgos e impactos, sino en tono optimista. Cuenta que ni comía durante los primeros días pero que Hanan, su compañera de habitación, la forzaba a cuidarse. Esa mujer que a priori parecía representar un riesgo, terminó siendo una increíble ayuda: «Hanan tiene 50 años y es una mujer fuerte. Ella se ocupó de que yo comiera, me bañara, puso presión para que nos mejoraran las condiciones de la habitación, que la comida comenzara a ser decente. Con el pasar de los primeros días yo comencé a fortalecerme y ella a decaer y deprimirse. Nos convertimos en una especie de madre e hija, apoyándonos mutuamente. Al tercer día, nos llegó el rumor de que alguien había pagado para salir de la cuarentena y se había ido, dejando una habitación libre mucho mejor que la nuestra. Hanan se quejaba tanto que le ofrecieron mudarse allí. Ella podría haberse mudado sola, pero me ofreció que fuera con ella.»

En paralelo, las quejas colectivas continuaban. Cada persona detenida intentaba incesantemente contactar a personas con influencia, amigos de amigos, oenegés y otros con el fin de que se conozca la situación: “Hanan está muy bien conectada, pero por su seguridad no puedo dar detalles. Ella conocía de antes a la persona que dicta las reglas de cuarentena en la región, pero esa persona no conocía las condiciones reales en las que vivíamos ni cómo era el trato hacia nosotras. En cuanto se enteró de la situación en ese motel, todo empezó a cambiar. La comida mejoró, los guardias comenzaron a ser un poco más respetuosos. Lo que Hanan hizo por mí y por todos los que estábamos ahí fue increíble. Ella sola se encargó de pelearse con quien hacía falta para mejorar nuestras vidas esas semanas.»

Seis días después, Hanan fue liberada. «Esta es una cultura relacional: cuantos más amigos tengas, mejores oportunidades vas a tener, más seguro vas a estar. Los pocos amigos que tengo acá fueron los que me ayudaron con comida, sábanas y toallas.»

La escucho y me pregunto por los otros: todos aquellos que tal vez no cuentan con contactos, aquellos que no tienen la suerte de conocer a los que hacen las reglas, aquellos que no tienen qué ofrecer a cambio.

—No hay tantas personas entrando y saliendo desde aeropuertos en Irak. Por ende, la mayoría de las personas que fueron retenidas en el aeropuerto tienen conexiones. La sensación es que si no tenés esas conexiones, no obtenés nada. En mi caso, dejando de lado esos primeros días de caos total y estrés, al trato que recibí lo califico como bueno. Desconozco si tuve esa suerte por ser extranjera y trabajadora humanitaria, o si los demás detenidos recibieron el mismo trato que yo. No podría asegurarlo, pero sí puedo decir que el ambiente cambió rotundamente. En esa segunda semana, empecé a escuchar música y gente cantando en todos lados, otros riendo a carcajadas a las tres de la madrugada. Los guardias empezaron a golpear la puerta y pedir permiso antes de entrar. Nos permitieron salir de las habitaciones hacia los pasillos, veía gente charlando y fumando en los halls. Creo que fue una consecuencia de empezar a pelear por nuestros derechos. Fue la única forma, pero lo entendieron y lo respetaron. Fuimos los primeros en ser puestos en ese motel. Y aprendimos a vivir juntos.

Vera también me cuenta que, con solo salir al pasillo, le llovían los I love you de otros que sabían que ella estaba en esa habitación. «En mi vida normal, esos gritos me hubieran molestado. Y en los primeros días de esta cuarenta, esos gritos me habrían aterrorizado. Pero en este contexto, me hacían reír. Significaba que el nivel de estrés había bajado y que a pesar de que todavía estábamos encerrados en ese horrible lugar, la vida estaba volviendo de alguna forma a la normalidad. Yo intento no darme por vencida nunca, y esta vez tampoco lo hice. Pero reconozco que no sabía que podía ser capaz de manejar situaciones como la que tocó atravesar. Esta experiencia me ayudó a poner en práctica mis conocimientos teóricos respecto al manejo de crisis y me preparó para afrontar y salir airosa de desafíos y situaciones mas complicadas. No sé cómo se presentará el siguiente nivel de desafíos; si pienso en los que siento como imposibles de manejar psicológicamente: secuestros, fuego cruzado, y otros. Cuando vivía Bangladesh, me costaba dormir a la noche porque me daba mucho miedo una lagartija que aparecía en la habitación. Hoy vivo y trabajo en Mosul, Irak.»

Esta pandemia afectó a muchos países por sorpresa y obligó a muchos a actuar de modo repentino, a improvisar. A gente como Vera, le tocó sufrir esa falta de coordinación.

Finaliza su segunda cuarentena de 14 días en su estación de trabajo: una casa con jardín, luz natural, y con gente que conoce y quiere.

—Al retornar, me sentía tan feliz. No sólo no contraje el virus, sino que además acá tengo una ventana grande por donde el sol entra a la mañana, duermo de noche sin interrupciones, tengo buena comida. Si pudiera elegir entre no haber pasado por esta experiencia o haberla vivido, no tengo ninguna duda: volvería a elegir vivir la cuarentena, sin dejar de lado ninguno de todos los malos momentos.

Algunos lo describen como resiliencia. Otros como un efecto secundario del trabajo humanitario. Otros como locura. Hoy adopta mundialmente un nombre y forma diferente y estacional: coronavirus. Mutará, desaparecerá, una nueva crisis lo sacará de las primeras planas, pero también dejará otras Veras por ahí: que de no poder dormir por una lagartija pasaron a entender que son capaces de sobreponerse a traumas que jamás consideraron posibles de enfrentar.

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Sones y desesperanzas ·  S4 / b.16º

(Ciudad de México | Bruno Grappa)

[Miércoles 15 de abril de 2020]  Una manta de desasosiego, hermosa e inquietante, alborotada y pacífica. Décimas que discuten al unísono en tono de canción de cuna, lejanas del característico y acelerado tempo del Son tradicional veracruzano (el jarocho):

   La palabra se extinguió, se apagaron las pasiones

       se apagaron las pasiones, la palabra se extinguió

   El silencio dominó y en todos los corazones

      y en todos los corazones, el amor se terminó

Versa la Quemayama de Patricio Hidalgo y el afrojarocho, «un son medicinal, un son para aliviar el alma», según su propia descripción.

Entre memes y graficas del avance del virus, hoy recibí esta bella pieza por WhatsApp y me obligó a modificar mi bitácora.

En México estamos a mitad de camino de la seudo-cuarentena declarada el 1 de abril y con extensión hasta el 30 (que probablemente prolongarán). Sin embargo, lo más repugnante de la miseria humana comienza a emerger. No dejo de creer que todos saldremos de esta más individualistas y egoístas que como entramos, en mayor o menor medida. La situación no desprende un sentimiento colectivo, sino que despierta las alarmas para defender lo propio cueste lo que cueste y duela a quien le duela; si se saca provecho de alguna situación, mejor —aumentaron precios de alimentos, insumos sanitarios, productos básicos por ejemplo—.

En estos tiempos donde cada día representa una tendencia nueva y masiva, atrás quedaron los videos de gente peleándose en cadenas de supermercados por un rollo de papel higiénico o la última caja de cereales. Superamos ese umbral de estupidez: ahora nos metemos con aquellas personas capaces de sacarnos de esta situación. No paran de circular videos con agresiones a personal de salud; en hospitales, en la calle. Por mi trabajo tengo la obligación de verificar y tratar de llegar a las fuentes originales y —lamentablemente—, la mayoría son reales. 

Anteayer, el Instituto Mexicano del Seguro Social abrió una convocatoria para diferentes especialidades del sector salud con el fin de contratar personal y cubrir las plazas que la desabastecida salud pública mexicana necesita para afrontar la emergencia sanitaria.

Había cientos de personas haciendo fila para anotarse. Un halo de luz entre tanta oscuridad o una demencia total en plena contingencia. Una situación por demás ambigua y controversial. 

Al hablar con los asistentes, las respuestas se dividían entre quienes estaban allí por pura voluntad de ayudar y quienes lo hacían por una necesidad extrema de trabajo, sin importar los riesgos.

El sistema de inscripción, en principio, era sencillo: las personas llegaban, les daban una ficha para completar y ese documento les servía de turno; de a poco los llamaban para presentar sus documentos y tener una entrevista. La convocatoria —que duraría dos días—, se quedó sin fichas a las once de la mañana del primero. A las dos de la tarde, las vacantes de ciertas especialidades ya se habían agotado. Y allí comenzó el problema. Muchos que ya tenían su ficha comenzaron a intentar venderlas con sigilo; cobrando entre 200 y 500 pesos mexicanos (entre 9 y 20 dólares). Como si se trataran de entradas de un concierto o un partido de fútbol.

Hubo quienes compraron y terminaron de fulminar la posibilidad de una distribución justa de esas fichas que debían devolverse y ser repartidas nuevamente. Nunca debieron acabar solo en manos de quien pueda pagarlas. Pero, como se ha dicho, es un tiempo de individualismos y apatías.

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Cultos de auto-engaño ·  S4 / b.15º

(Santiago, Chile | Carlo Maccheroni)

[Martes 14 de abril de 2020] Pasó el fin de semana de Pascua de Resurrección y a pesar de todo el esfuerzo de alejarme de las malas noticias y limpiar un poco la cabeza de las tensiones que ocurren en Chile, fue a través de la prensa europea que me vine a encontrar —una vez más—, con una vergonzosa noticia de mi país.

Un periódico español tituló: «Chile contabiliza a los muertos como recuperados porque ya no pueden contagiar».

Es casi imposible que la frase no suene a mal deja-vu. Es el mismo criterio que utilizó la ex ministra Javiera Blanco para llamar “egresados” del Servicio Nacional del Menor a cientos de niños que habían muerto en las instalaciones.

Parece ser que una vez más el lenguaje del gobierno se acerca más a números vacíos de una plantilla de Excel que a una realidad con personas, nombres e historias.

Pero la tendencia a sumergirse en eufemismos no solo se da en las altas esferas del poder político. Mientras alcaldes y ciudadanos pedían que no viajaran a la costa durante el fin de semana largo, miles de automovilistas intentaron entrar a diferentes pueblos. Algunos fueron expulsados, y quienes lograron entrar sufrieron repudio y rayones en sus automóviles.

El punto tragicómico de este capítulo de la cuarentena fue que identificaron a unos cuantos que usaron helicópteros para llegar a sus casas en la playa (¿creerán que el problema era el tráfico y no el contagio a poblaciones enteras?). El asunto llegó a las autoridades y en lugares como Valparaíso no solo se cercó la carretera, sino que también se cerró el espacio aéreo.

Dentro de la ciudad, mientras tanto, la situación de los residentes no difería; muchos tienen sus propias excusas para exponerse —y poner a otros— en riesgo.

La costumbre de no comer carne durante cuaresma fue practicada de forma masiva, aunque las medidas sanitarias no tuvieron el mismo éxito. El icónico Muelle Barón de Valparaíso se vio plagado de gente que, por tradición, fue a comprar pescado.

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Día 14. Detenida en Irak · [II Parte]

(Erbil | Eric Itin)

[Viernes 10 de abril de 2020]  Vera continúa su relato hasta que la interrumpo. Me incomoda no saber todavía por qué decidió volver a Irak. En estos días, muchos trabajadores humanitarios y diplomáticos en el país recibieron la oferta de retirarse de su puesto de trabajo, de ser de repatriados. Algunas embajadas —como la canadiense y la británica— incluso contrataron vuelos especiales, «de evacuación». Precios astronómicos, pero una opción concreta de poder ir hacia una tierra mejor.¿Mejor?

—Nunca pensé que quedarme en Albania fuera una opción. Vine a Mosul porque quería utilizar mi profesión para ayudar a gente que la está pasando mal. Siempre supe que trabajar y vivir acá incluiría la exposición a ciertos riesgos, incluso la muerte. Esto es Irak. Mi disposición a sacrificar lo que se necesite para ayudar a su gente no iba ni va a cambiar por un virus o una complicación con vuelos y papeles.

Su determinación contrasta con la calidez de su sonrisa. Continúa:

—Mis dos hermanas y yo crecimos en un contexto en el cual los secuestros, la prostitución y las desapariciones eran comunes. Mis padres nos enseñaron cómo reaccionar ante situaciones peligrosas: cómo y hacia dónde correr, qué hacer y qué no hacer, cuándo hablar y cuándo callar. Todavía recuerdo como si fuera hoy esas noches de 1997: dormíamos en el piso mientras mi papá se quedaba toda la noche despierto custodiando la puerta para proteger a nuestra familia. Toda nuestra generación creció bajo el miedo. Siempre vivimos con miedo, pero sabiendo como reaccionar ante él.

Tal vez por esto es que Vera se siente cómoda en la cultura kurda e iraquí, ya que no solo los unen cientos de años bajo dominio turco: «No tuve ningún shock cultural al llegar a Irak. Se siente como Albania en los ‘90, pero sin comunismo.»

—Mi mamá siempre nos decía a las tres que nos mantengamos alejadas de las fuerzas de seguridad porque ellos pueden hacer con una lo que quieran sin que nadie se entere ni lo reporte. En Albania nadie confía en el ejército ni en la policía.

La historia de Vera no dista de las realidades de tantas otras regiones. La diferencia es, quizá, que tanto su padre como su madre son militares, y conocen las implicancias desde adentro. Ambos se convirtieron en militares por obligación y no por decisión propia, en esas épocas grises en las que fueron llamados para ayudar a construir el comunismo albano.

A pesar de su conocimiento previo, el día de su detención Vera se encontró de súbito dentro de una camioneta; la única mujer en medio de un grupo numeroso de hombres, sin saber a donde los llevaban; nadie hablaba inglés, no tenía como comunicarse.

—No había asientos suficientes. Estábamos todos pegados uno al lado del otro. Yo pensaba: «¿cómo no contagiarse en ésta situación?». El miedo comenzó a correr por mi cuerpo. Pero no únicamente por el miedo al virus y sus efectos sino por ser la única mujer ahí. Si alguien busca secuestrarte para la prostitución, en mi país les lleva solo unos días hacerlo. Primero se aseguran de volverte vulnerable. Por eso tal vez exageré todos mis comportamientos durante esos momentos: les preguntaba a los oficiales por direcciones, a donde íbamos, les decía que mi oenegé estaba esperando que me comunique con ellos (así sabrían que no estaba sola). Yo sé que tanto en su cultura como en la mía, como mujer una no habla con hombres tan libremente porque puede interpretarse como que busco algo más que hablar. Pero esto era diferente y sentí que por mi seguridad tenía que hacerlo. No era momento de pensar lógicamente sino de seguir mis instintos. Era de noche y no había luces alrededor. Llegamos a un motel, no a un hotel. Intenté localizar el lugar en el mapa de mi celular, pero ni siquiera figuraba ahí. Al llegar, entre las sombras pude distinguir muchos policías. Me tranquilizó un poco ver la cantidad de agentes porque es mas difícil que alguien te haga algo sin que todo el resto se entere, pero al mismo tiempo la cantidad de movimientos y de gente alrededor generaba mas tensión porque no sabíamos qué estaba pasando. Me sentía fuera de lugar. El olor a tabaco viejo y todo lo que veía me hacía sentir en un ambiente de hombres. Dos hombres me llevaron por un pasillo largo y oscuro hasta una habitación del motel. Tuve miedo y pensé que podía pasarme cualquier cosa. No había donde escapar. Golpearon la puerta y una mujer musulmana extranjera, totalmente cubierta, salió y empezó a gritarles. Ellos respondieron empujándola hacia afuera, vociferando: no queremos sus sucios gérmenes en nuestro país. No pude contenerme y me largué a llorar. Los gritos continuaban. Supuse que si lloraba mas fuerte, al menos podría ayudar a parar la discusión con Hanan, la mujer musulmana, asi que continué. Y funcionó. Al verme llorar, el foco giró hacia mí, la tensión se redujo y finalmente, dejaron a Hanan conmigo a la habitación. Ahí descubrí que ella hablaba un poco de inglés. Las dos entendimos que estar juntas en esa pieza era lo mejor para ambas.

En mi casa nunca tuve mi propia habitación ni ningún tipo de lujo, pero las condiciones del lugar donde nos dejaron eran asquerosas. Y fue ese el detalle que disparó en mi cabeza la sensación de que lo que estaba viviendo era real y que era serio. Bloqueamos la puerta. Esa noche no pude dormir. Recuerdo que en un momento alguien intentó abrir la puerta violentamente y nos levantamos de un salto. Mientras desde afuera seguían girando la manija una y otra vez intentando abrir esa delgada puerta de aluminio, Hanan gritaba desde adentro en árabe. Yo, congelada, pensé lo peor. Hoy pienso que tal vez simplemente querían comprobar si esa habitación estaba desocupada, pero en ese contexto, esto se convirtió en el momento mas terrible de mi cuarentena. Empecé a tener ataques de pánico durante esas primeras noches, sentía que no podía respirar. Dormía con un cuchillo al lado para sentirme mas segura. Durante el día lo escondía para que no lo encontraran.

Después de los primeros dos días, comencé a aceptar el hecho de que así iba a ser mi vida por las siguientes semanas y empecé a pensar mas lógicamente. Creé mi propio plan de seguridad. En lo personal, comencé a estudiar los patrones de los doctores, la comida, el té, sonidos. Cualquier cosa que pasara fuera de esos patrones podría representar un riesgo. No lo iba a poder evitar, pero al menos me iba a encontrar preparada. El riesgo de contagiarme ya había dejado de ser mi primera preocupación.

(continuará…)

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 Día 13. Balance en frío

(La Pampa, Patagonia | Migue Roth)

[Miércoles 8 de abril de 2020]  Ayer cayó la primera helada en La Pampa. Recién comenzó el otoño y los días aún son claros y radiantes, pero la sensación social no es tan luminosa si intento proyectar mi mirada un par de semanas adelante.

No quiero que ésta entrada en la bitácora tenga tenor lúgubre; podría optar por seguir a la gurú del nuevo periodismo digital, Arianna Huffington, quien trabaja en un nuevo medio que sólo publicará buenas noticias; podría reducir la nota a la confianza que da la distancia temporal del invierno y la distancia física de las grandes urbes; podría escribir sobre eso y conformarme con la idea de que hoy se lee menos, que los lectores tienen rasgos adolescentes y no pueden concentrarse más que un par de líneas; podría optar por entretenerme y entretenerlos con lo fácil, con lo radiante. Fiarme. 

Pero

acabo de escuchar éstas sesiones del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción humanitaria y ya no me fio tanto de los artilugios artificiales como actitud preventiva. Y siento que es indispensable hacer un balance en frío de la situación. Al final haré mención a las medidas inteligentes que se están tomando en algunos distritos del país.

Pero

se habla hasta el cansancio sobre la importancia de las disposiciones higiénicas y de distanciamiento social (recomendadas por la OMS) para contrarrestar el coronavirus. Solo que no he visto grandes alternativas ni mejores propuestas para efectivizarlas en escenarios donde es difícil de llevarlas a cabo: no solo en África, el Sudeste Asiático u Oriente Medio; sino en las villas miseria latinoamericanas, donde la densidad poblacional es enorme, donde la posibilidad de lavarse las manos durante veinte segundos, varias veces al día, es impensable —porque directamente no hay agua corriente—. Son escenarios de hacinamiento, allí las personas sobreviven el día a día con lo que obtienen a diario. 

La falta de respiradores en los sistemas de salud más eficientes del mundo son una advertencia que no se puede ignorar si pensamos en las condiciones sanitarias de regiones precarias. Ni hablar del control epidemiológico y el seguimiento de casos en lugares donde ni siquiera hay insumos de protección para el personal de salud.

Al centrarse la lucha en responder al coronavirus, quedan relegadas enfermedades que afectan a miles —¿qué digo miles?—, a millones de personas. Ya está sucediendo: programas de salud que se cancelan; dejan de distribuir alimentos (en el Sahel, la fecha aguda de la brecha alimentaria está prevista para mayo/junio, ¿A dónde llegará el pico pandémico si ni siquiera hay comida?) Se han detenido las distribuciones de mosquiteros tanto como la vacunación contra la Fiebre amarilla, el Sarampión y la Malaria. Menguaron o directamente están paralizados los programas de atención a mujeres embarazadas y los de Salud Sexual y Reproductiva. El Ébola continúa llevándose la vida de innumerable cantidad de personas. Cientos de iniciativas de respuesta a la Tuberculosis, el Sida o la desnutrición están suspendidas. Lo mismo con enfermedades crónicas como el Dengue, el Zika o el Chikungunya. ¿Chagas? Los programas de atención al Chagas —que es endémico en nuestro país y afecta a miles y miles de personas— ya eran paupérrimos antes de la pandemia.

En lo económico: el FMI habla de una caída de casi un 50% de los ingresos fiscales en los países de la región (lo que implica que habrá menos capacidad de respuesta). La CEPAL calcula que el impacto inmediato a la crisis serán nuevos treinta y cinco millones de personas en pobreza, y unos veintidós millones de personas en pobreza extrema en América Latina. Sin mencionar que las cadenas de suministro alimentario ya comenzaron a resentirse. Hay oportunistas, eso está claro. Hay quienes aprovechan las crisis para obtener ganancias (lo hemos visto estos días con los sobreprecios). Quienes no tienen margen de maniobra para responder al estrés provocado por la crisis estarán aún más expuestos a la situación; las acciones preventivas ya no serán factibles, será el turno de reacciones duras.

Pero

aún existen medidas y redes de aprendizaje para aprender a enfrentar la pandemia. 

Me gusta lo que cuenta Stella Bin en ésta nota: hay distritos en diferentes puntos del país que trabajan «para aumentar el número de camas, sumar respiradores, mantener el aislamiento y asistir a las familias que lo necesitan». Es solo un ejemplo de innovación local efectiva.

¿Seremos capaces de activar otros en nuestra comunidad antes del invierno?

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Día 12. Nunca es para todos

(Santiago de Chile | Carlo Maccheroni)

[Martes 7 de abril de 2020]  ¿Cuánto se puede confiar en una autoridad que tiene que cambiar su discurso todos los días? ¿Qué opciones hay si se trata de la máxima autoridad durante una pandemia? ¿Tengo que quedarme en casa si dice que es exagerado hacer cuarentena? ¿Debería hacer caso cuando dice que la cuarentena ahora sí es necesaria? ¿Habrá que usar mascarillas si dice que en realidad no son útiles?

El ministro de salud de Chile ya no tiene margen de error —pareciera imposible equivocarse tanto como lo ha hecho—. Jaime Mañalich, la máxima autoridad sanitaria, se hizo famoso a nivel internacional al plantear que el virus podía evolucionar y convertirse en «buena persona».

Sus idas y vueltan no han hecho más que crear confusión en la población; unos espantados, otros cauterizados a sus recomendaciones.

Esta semana anunciaron que será obligatorio el uso de mascarillas en el transporte y en espacios públicos de algunas comunas de Santiago. Si no cumples, multa severa —por algo que hasta hace un par de días las mismas autoridades consideraban innecesario e inútil—.

Anuncian que hay stock suficiente de barbijos para la venta, y horas después destinan fondos para producción de tutoriales en internet de cómo hacer tu propia mascarilla con cosas que puedes encontrar en casa.

En Chile las cosas no son para todos.

La Defensora de la Niñez, Patricia Muñoz, denunció hace un par de días que no llegaron insumos sanitarios a Sename (Servicio Nacional del Menor). Esto, en cristiano, significa que todos los niños que son directamente dependientes del estado, ya sea en residencias o en otro tipo de entidades, no han recibido ningún tipo de recurso para evitar que el virus se propague.

Este sábado se confirmó que una de las funcionarias del Sename en la ciudad de Concepción dio positivo a COVID-19, hecho que pone en riesgo a decenas de niños y agentes que no pueden recibir su ayuda a nivel convencional, ya que por la cuarentena  los voluntarios tienen restringidas sus visitas de todas las semanas a los centros.

Una vez más en Chile se repite la historia: lo que parece una obligación es en realidad un privilegio, que pone en evidencia profundas desigualdades.

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Día 11. Frutos rojos

(España | Pablo Tosco)

[Lunes 6 de abril de 2020]  Ibrahim, Issa y Bakary se conocieron en un viaje que ninguno de los tres quiere recordar: desde Costa de Marfil al sur de España; cruzaron desiertos, mares y montañas. Se jugaron la vida tantas veces que a veces les cuesta reconocerse vivos.Los detuvieron.

Los encarcelaron.

Los secuestraron.

Como miles de personas, repitieron la cartografía migrante: Burkina Faso, Niger, Libia e Italia. El relato trágico de su cautiverio en Tripoli se ilumina con las luces de un amanecer remoto en un bote de goma a la deriva rescatado por el barco de Proactiva Open Arms. La oenegé —que realiza rescates en el Mediterráneo central— los desembarcó en el Puerto de Pozzalo de Italia. Su destino final era el sur de Francia donde esperaban conseguir trabajo en las explotaciones agrícolas, pero la búsqueda de un jornal los llevó hasta Andalucía, región de España donde la producción de frutos rojos lleva varios años en plena expansión. Al llegar a la provincia de Huelva recorrieron a pie caminos con fincas de fresas, arándanos, naranjas y mandarinas; preguntaban por un jornal a diestra y siniestra. Por la tarde llegaron a uno de los tantos asentamientos informales levantados con plásticos, maderas de pálets y cartones. Ese sería su nuevo refugio.

El crecimiento del negocio de la producción de frutos rojos es inversamente proporcional a los derechos laborales de estas personas, que buscan trabajo y trato digno.

El 12 de marzo conocí a Issa, a Ibrahim y a Bakary el un asentamiento a las afueras de Cartaya, un día antes de que el Estado español declarara el estado de alerta y el confinamiento de las personas en sus hogares.

La crisis sanitaria provocada por el Covid-19 derivó en el cierre de la frontera con Marruecos, y ha puesto en peligro la campaña de recogida del fruto rojo. Miles de jornaleras y jornaleros atraviesan el estrecho año a año; trabajan con contratos temporales en origen en éstas explotaciones. En la actualidad, se hacinan en espacios paupérrimos e insalubres, sin permiso de trabajo. Son miles de personas migrantes en situación administrativa irregular que reclaman al gobierno de España que concreten una regularización masiva. Se calcula que más de cinco mil personas sobreviven en condiciones infrahumanas en los asentamientos durante el confinamiento. Ponen su confianza en que la carencia de mano de obra a raíz del cierre de fronteras —que en condiciones normales se cubren con trabajadores temporales migrantes— abra una oportunidad para acceder a trabajos que les permitan tener una vivienda digna.
La supervivencia no entiende de cuarentenas.

La esperanza menos.

Espacio Angular se suma al pedido de justicia por el asesinato en Veracruz de la periodista María Elena Ferral el pasado lunes 30 de marzo. María Elena recibía y denunciaba amenazas desde 2016. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, desde el año 2000 han sido asesinados 155 comunicadores y comunicadoras en México.

#NoSeMataLaVerdad #JusticiaParaMaríaElena #NiUnxPeriodistaMenos

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Día 10. Detenida en Irak · [I Parte]

(Erbil | Eric Itin)

«Era de noche. Dos hombres me llevaron por un túnel largo y oscuro hasta llegar a la habitación del motel. Tuve miedo y pensé que podía pasarme cualquier cosa. No había donde escapar. Golpearon la puerta y una mujer musulmana extranjera, totalmente cubierta, salió y empezó a gritarles. Ellos respondieron empujándola hacia afuera y gritándole: no queremos tus sucios gérmenes en nuestro país. No pude contenerme y me largué a llorar».

No es novedad que, ante la amenaza, el riesgo a perderlo todo, el miedo a lo desconocido; las búsquedas por respuestas se encaminen hacia lo conocido, lo controlable, lo palpable. Si hay algo que esta crisis puso de manifiesto a nivel global es que la globalización también tiene nuevos lados oscuros —otros de sus tantos—, y que cuando las papas queman, el rechazo al resto del mundo no es una idea aberrante.

Vera es de Albania, pero vive y trabaja en Irak. Debería haber vuelto a su vida normal ese segundo viernes de marzo, pero los oficiales iraquíes tenían otros planes en mente.

Albania es uno de los países mas pobres de Europa. Y en un contexto en el que juega la ley del sálvese quien pueda este dato no es menor, ya que las ayudas externas escasean más que nunca. El pequeño país se encontraba trabajando en la reconstrucción de hogares para esas diecisiete mil personas afectadas por el último terremoto de noviembre cuando el coronavirus golpeó la puerta. Su vecino rico y principal influencia —Italia—, ya era señalado por el mundo como el país más afectado y potencial amenaza. La discriminación contra italianos empezó a ser moneda corriente en Europa, pero no en Albania. La decisión del gobierno fue clara: blindar el país, pero también ayudar a sus vecinos. Es así que un grupo de médicos y enfermeros albanos volaron el 28 de marzo con destino Milán, en un acto de solidaridad y amistad. Así es Albania.

En tiempos de egoísmo, de individualismo, distanciamiento social y miedo a la amenaza externa, el pequeño país europeo muestra su mejor cara. Pero, ¿qué saben en Irak de Albania?

Por esos días en Erbil ya se hablaba de inminentes medidas de protección y cierre de aeropuertos, pero nada concreto. La cuarentena obligatoria para viajeros se decidió mientras Vera volaba hacia Irak. Vera arribó sin conocimiento de la nueva ley, sin entender el idioma ni porqué las autoridades aeroportuarias los trataban de esa manera. En su bolso, un análisis de sangre recién hecho, que su hermana médica le había recomendado hacer, el cual la declaraba limpia del virus. Pensó que eso podría ayudarla a no ser detenida, pero no alcanzó.

– «Al llegar a Erbil vi como ciertos empleados de la ONU presentaban sus análisis de sangre y pasaban sin problema los controles, me acordé que yo también tenía uno y lo saqué. Lo mostré junto con mi identificación de trabajadora humanitaria. Intentaron encontrar mi país en una lista infinita, pero no lo encontraban. Un oficial intentó dejarme pasar, pero otros repetían que yo no era ni diplomática ni de la ONU. Finalmente me pusieron a un costado con los rechazados. Éramos unas 25 personas y solo tres mujeres. Les pregunté repetidas veces a los oficiales cual era la diferencia entre los diplomáticos y nosotros, siendo que todos viajamos en el mismo avión y estuvimos expuestos a lo mismo. Pero no hubo respuestas.»

Mucho se ha hablado de cómo este virus no distingue poder económico ni jerarquías. Una suerte de socialismo precario y de ocasión, en el que los poderosos que nunca compartieron ganancias ahora se muestran inclusivos con sectores vulnerables. Pero lo que comparten son solo las pérdidas.

El poder entendió que no puede salvarse solo, no ésta vez; por eso hay algo de verdad en eso de que en esta lucha todos somos parte del mismo barco. Aunque también es cierto que si esos diplomáticos que pasan los controles en Erbil se enferman, reciben atención inmediata, evacuación, una posibilidad real de seguir viviendo, pero para Vera, para los rechazados y tantos otros millones, lo de siempre: esperar al costado del camino.

En las últimas semanas Irak intensificó las medidas de prevención, incluyendo el cierre de aeropuertos. La razón dada puertas adentro fue la necesidad de reducir el riesgo de contagio, pero lo que nadie dijo desde el gobierno es que el cierre de todas las fronteras también obedecía a otra razón: el riesgo inmediato de un colapso total del sistema. Falta de espacios para mantener individuos en cuarentena y falta de recursos para tratarlos en hospitales. El miedo a la proliferación masiva en la población y el miedo de los agentes de seguridad hacia el enemigo invisible, expusieron a Vera:

—La policía nos llevó a un motel que usan para tener gente en cuarentena. No era un hotel como nos decían, era un motel. Yo venía libre del virus y la idea de que me encerraran ahí me asustaba. Pero no solamente porque el virus parecía estar esperándonos a todos ahí dentro, sino porque el lugar se veía como aquellos que usan en Albania para prostituir chicas.

(continuará…)

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Día 9. «Fe del interior»

(Patagonia, Argentina | Migue Roth)

En el interior creen.

Hay distintas doctrinas y formas de manifestarlas, pero si hay algo que distingue al poblador promedio de cualquiera de las provincias argentinas fuera de Buenos Aires, es que tiene fe en alguien o algo. Y no se hace drama en decirlo, ni en colgar un crucifijo o una imagen de su virgen predilecta en la pared —aunque sea de un organismo público—; si es evangélico o de alguna otra rama protestante, por ahí lo dice medio de costado, como esquivando la cosa (porque, aunque va perdiendo terreno, el interior aún es católico), pero igual: cree y cuando puede, lo dice.

A la vera de las rutas, estas semanas los altares para el Gauchito Gil —un santo popular— tienen más velas y banderitas rojas. Y en los lugares de adoración que quedan para la Difunta Correa —otra santa no canonizada— hay nuevas botellas, en su característica pleitesía.

Desde que se declaró la cuarentena, salvo algunas denominaciones inconscientes, las iglesias cerraron sus puertas y la feligresía dejó de congregarse; pero las expresiones de fe no menguan. Todo lo contrario, se multiplican los cultos online, se establecen horarios por whatsapp para cadenas de oración y se comparten meditaciones por redes sociales. Las variadas manifestaciones de los credos asumen versiones digitales y el mapa de la espiritualidad en tiempos de pandemia muta a diario. Es difícil interpretarlo, pero «algo es claro —escribió Violeta Gorodischer, en su libro “Buscadores de fe”—: todos ellos, hombres y mujeres como nosotros, con trabajos, familias, problemas y contradicciones, buscan algo más. Algo a lo que aferrarse cuando todo se derrumba».

Me pregunto: ¿la intensidad de la fe será proporcional al crecimiento pandémico?

No toda creencia funciona como asidero seguro: algunas actúan mas bien como una golosina mística; otras tornan a las personas pasivas, inertes, inactivas. Las hay que provocan hipersensibilidad metafísica: anoche, sin ir más lejos, hubo quienes vieron en el cielo argentino nocturno un rostro maléfico trazado por las nubes y la luna. Una foto lo hizo viral, «el rostro de Lucifer», decían. Antes, Facebook y Whatsapp estuvieron caídos y la paranoia tuvo aristas apocalípticas. Ésta mañana, en la fila del supermercado del pueblo vecino, una señora escuchaba en alta voz el audio de otra señora que promulgaba que el coronavirus se debía a un castigo divino.

[A tanto problema, a tanto encierro y vulnerabilidad, proclamar la teoría macabra de un dios que se ensaña con sus criaturas por portarse mal, me resulta tan retrógrada y perjudicial como repulsiva].

Es digno el esfuerzo de los pobladores por respetar la cuarentena, sin dejar de producir. Pero hay localidades que prefieren esperar y se aferran a la esperanza de que el coronavirus no llegue. Rezan por eso. Prenden velas. Confían.

Las preocupaciones, no obstante, van tensándose más y más con las noticias; aflora el agobio. Por el contrario, las comunidades que continúan preparándose y comienzan a responder a la crisis que asoma, se muestran más oxigenadas.

Leí declaraciones de especialistas de Médicos Sin Fronteras (que de crisis sanitarias tienen conocimiento, y mucho): «con lo que hemos aprendido del Ébola y otras epidemias, sabemos que hay que centrarse en las tres ces: Coordinación, Colaboración y Comunidad».

Y pensaba en ello cuando vi, en el pueblo vecino, la estatua del ángel protector y el niño —con barbijo—. No es prudente solo esperar; es indispensable afrontar la epidemia con otra lógica: no se trata de rechazar la espiritualidad; todo lo contrario, es activarla coordinados, colaborando entre comunidades.

«A Dios rogando, pero con el mazo dando».

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Día 8. «Desventajas y resistencias ante un aislamiento difícil»

(Ciudad de México | Bruno Grappa)

México declaró la emergencia sanitaria el lunes 30 de marzo y el enfático llamado a quedarse en casa se extendió hasta el 30 de abril. Sin embargo, un amplio sector de trabajadores y trabajadoras que viven del ingreso diario se resisten a abandonar sus puestos. Según datos oficiales, la movilidad en la Ciudad de México se redujo en un 60% y esto comienza a golpear fuerte al sector.

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Día 7. «Se sale igual»

(Chile | Carlo Maccheroni)

[Martes 31 de marzo de 2020] El «se sale igual» puede sonar como una de las frases más subversivas que se podrían decir en un ambiente de pandemia.La situación en Santiago parecía cambiar a fines de la semana pasada. Si bien el cuestionado toque de queda sigue en pie, se aprobó una ley que contempla el teletrabajo, y siete (7) de las treinta y dos (32) comunas de la capital entraron en una cuarentena estricta.

Pero una vez más se olvidó que gran parte de los ciudadanos cargan con mucho —cinco meses de manifestaciones contra el gobierno— desde la esquina política de esta pandemia.

El día 29 de marzo es una de las fechas a las que estamos acostumbrados a tener manifestaciones todos los años. El ya intocable «Día del Joven Combatiente» (que recuerda la muerte de los hermanos Vergara hace ya 36 años), se creía un borrón en el calendario 2020. Sin embargo, a pesar de todo tipo de sugerencia de permanecer en los hogares, fue la oportunidad de poner en palestra que el descontento aún existe, que no se ha camuflado ni menguado con las mascarillas, como muchos creímos que sucedería.

No solo el descontento da señales de vida. La inconsciencia continua: una doctora, sabiéndose contagiada, decidió ir al supermercado e insistir a los guardias que estaba sana. El contagio aumenta de forma proporcional a las fiestas en departamentos («si todos los vecinos están cuarentena nadie debe ser contagioso»).

Es penoso ver la gente que —sin opciones— debe salir a trabajar para juntar los pesos del día. Ahora más que nunca, después de que el gobierno le diera el derecho a empresarios y empleadores a despedir o no pagar sueldos si un trabajador no se presenta.

Santiago sigue en las calles, pero el «se sale igual» suena distinto según el distrito.

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Día 6. Barcelona fría

(España | Pablo Tosco)

[Lunes 30 de marzo de 2020] Ismael recoge un cartón para aislar su saco de dormir del suelo. Khalid, sentado en un banco frío, desenreda de su bufanda un colgante con la insignia de la mano de Fátima. Frente a la entrada del mercado de Fort Pienc una docena de personas migrantes de Rumania, Nigeria, Senegal y Marruecos resisten al duro invierno en refugios construidos con telas y cartones. Son parte del grupo de personas que ante el confinamiento decretado por el estado español no tienen un hogar donde quedarse.
Según la fundación Arrels, 4200 personas se encuentran sin hogar en la ciudad de Barcelona. Muchas de ellas son personas migrantes en situación administrativa irregular, otras son solicitantes de asilo, y las hay que no han tenido acceso a un trabajo digno que les permita contar con acceso a una vivienda.Algunos clientes del mercado comparten productos alimenticios y varios vecinos aportan un plato de comida caliente.


Esto —todo esto—, que se inició como «una peste más» que se puso fulera allá en China, ahora tiene en vilo al mundo entero. Declarada pandemia semanas atrás, decenas de países comenzaron a tomar medidas restrictivas mientras miran con preocupación cómo evoluciona la situación en Italia y España. «Si a los países desarrollados con sistemas sanitarios eficientes les cuesta organizar una respuesta eficaz a la COVID‑19, ¿qué esperanzas hay para otros sistemas mucho más frágiles?»

Se multiplican los tapabocas de diversos colores y formas, memes y bulos saturan los smartphones, y las decisiones gubernamentales cambian de tenor al tiempo que las cuarentenas se alargan; las desigualdades se tornan más notorias y agudas. La tensión crece, despareja según las condiciones sociales; pero crece.

A través de imágenes y relatos íntimos, en Angular nos propusimos describir y retratar la peor pandemia que nos tocó vivir. Continuamos el intercambio de postales desde cinco locaciones: Pablo Tosco nos cuenta cómo está Barcelona; Bruno Grappa nos muestra México; Carlo Macceroni envía sus impresiones desde Santiago de Chile; Migue Roth prepara sus notas desde un pequeño pueblo de La Pampa argentina, y Eric Itín es nuestro corresponsal desde Erbil, en Irak.

Ésta es la segunda distópica semana de las bitácoras angulares.

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Día 5. Irak: la tradición y la actualidad

(Erbil | Eric Itin)

[Sábado 28 de marzo de 2020]. «Seguimos siendo el mejor país del mundo en cuanto a medidas preventivas contra el coronavirus», dijo Jaafar Allawi, el Ministro de Salud iraquí. Aún así, expresó su preocupación por el hecho de que «en caso de que la propagación de la enfermedad sea elevada, como en otros países, no tenemos los medios para enfrentarla».

Esperaba sorprenderme al llegar a Erbil, la capital de la región kurda de Irak, pero no sabía de qué forma sería. Supuse distintas cosas durante el vuelo: «la ciudad, ¿será como Kabul, que parece estancada en los tiempos de la última ocupación? ¿Será como Amman, que pretende ser capaz de mezclar occidente y oriente?».

Pudo sorprenderme el control estricto en el aeropuerto debido al coronavirus, que ya está golpeando fuerte la región, —principalmente en Irán—. Pero no. (Si bien hay máscaras respiratorias por todos lados, la mayoría de pasajeros las usa como simple protección personal y no para proteger a los demás).

Lo que más me sorprendió al arribar fue ver cinco grupos de personas fuera del aeropuerto sentados en el pasto: haciendo Picnic.

El picnic es a los kurdos lo que el fútbol a muchos sudamericanos. Cualquier ocasión sirve de excusa para celebrar con amigos y familia. Y si de celebraciones se trata, ninguna es más importante que Nowruz, el año nuevo persa, que data de milenios atrás y tiene fecha de celebración esta semana. Nowruz, que marca el fin del invierno, es sinónimo de fiesta, y se celebra con miles de picnics en toda la región. 

A diferencia de otras naciones, el Gobierno de la Región Kurda de Irak cerró escuelas y mezquitas con celeridad al registrarse los primeros casos. Luego se clausuró la Casa de Gobierno, ministerios, aeropuertos, bancos y se establecieron cierres parciales de accesos. La cercanía con Irán y el volumen de interacciones con el país vecino obligó a actuar casi sin pensar. Si bien las medidas permitieron reducir el impacto inicial del virus, también produjeron resistencia en la población. ¿Cómo convencerlos de quedarse en casa sin enviar mensajes previos de concientización? ¿Cómo esperar que se acepte el cierre de parques en Nowruz sin explicar que la exposición podría costarles la vida?

La falta de cumplimiento por parte de la población llevó al gobierno local a implementar —en las últimas horas— un cierre total de rutas y accesos entre centros claves como las ciudades de Erbil y Sulaimani. Bloques de concreto obstruyen las calles. El panorama local se completa con amenazas de cárcel para aquellos agentes de seguridad que no detengan a los ciudadanos que rompan la cuarentena. Si bien las medidas se anunciaron por poco tiempo, con el correr de los días se intensificaron. Ahora las fuerzas militares vigilan las calles. Un frente inesperado, considerando otras crisis que demandan su presencia: la reaparición de células de ISIS en Mosul, no muy lejos de Erbil, por ejemplo. O los ataques con misiles en Baghdad, y los miles de refugiados en el flanco occidental.

Este año Nowruz pasó sin pena ni gloria. Al menos sin multitudes en las calles que pretendieran asegurarse el mejor rincón del parque para el mayor picnic del año; sin la humareda típica de los fogatas; sin los olores ajenos de la comida compartida; sin música.

Con 382 casos y 36 muertes confirmadas, de momento los números defienden las medidas tomadas por el Ministro de Salud. Pero el riesgo de un crecimiento exponencial de los infectados y de un colapso del precario sistema de salud continúa presente.

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Día 4. «Antes de que llegue…»

(La Pampa, Patagonia | Migue Roth)

[Viernes 27 de marzo de 2020]  Hubo dos momentos —en estos años— en los que #LaPampa (provincia del centro argentino) fue trending en redes sociales: en octubre de 2019 se viralizó un hilo irónico que planteaba la teoría de su inexistencia (debido a la baja densidad poblacional).El martes nuevamente encabezó las tendencias. Los usuarios de internet se sorprendían al notar el incremento de casos de Coronavirus en el país, mientras La Pampa, rodeada de provincias afectadas, continuaba invicta.

Con memes, algunos volvían a la teoría de su inexistencia; otros explicaban que no había confirmados porque está deshabitada, «es un desierto» repetían. Los mismos bulos se aplican ahora a las cinco provincias sin registro de Covid-19. Las reacciones virtuales serían dignas de un estudio. Pero más allá de memes y bulos, surge una pregunta preocupante en este escenario pandémico que ya golpeó a la Argentina: si la cosa empeora, ¿el interior deberá valérselas por sí mismo?

Si bien es cierto que el gobierno nacional prometió ayudar a todo el país, el foco —como es lógico— está puesto en Buenos Aires. Las miradas, la atención y los rezos se concentran en el conurbano, donde se aglomeran en condiciones precarias más de diez millones de personas. El interior, compuesto en un 70% por poblaciones rurales, no aparece en el radar de los medios masivos —salvo en notas de excepción, amarrillas o rojas—. Las lógicas de comportamiento social son distintas a la capital, pero la vulnerabilidad es la misma.

Ante la desesperación, se multiplican los pueblos que deciden blindarse: cierran vías vecinales con terraplenes, restringen los accesos principales, hacen resonar campanas o sirenas para anunciar toques de queda local. La intranquilidad se incrementa y se traduce en nuevas tensiones —con los transportistas de cargas, por ejemplo—.

En La Pampa, la cuarentena se cumple con la misma religiosidad que una siesta, pero ya se nota en los ojos: el sueño no llega. Asoma el miedo.

La incertidumbre se manifiesta en dos posturas cada vez más marcadas: hay dirigentes municipales que ponen su confianza en el gobierno provincial y nacional para afrontar la situación; entre ellos, algunos creen que esto es de «un alarmismo exagerado»; otros creen que están preparados («hemos pasado sequías graves acá; sabemo´lo que son las crisis»). No pocos creen que sus amuletos serán suficientes; que el dinero en reserva alcanzará.

Pero hay otros pueblos que buscan aprovechar el margen de tiempo, y tratan de prepararse «para los largos y duros meses que se vienen»: establecen su Comité Vecinal de Respuesta a la Crisis, preparan espacios de Aislamiento Sanitario junto con los entes de salud, buscan ayuda psicosocial, crean marcos de emergencia para fomentar el desarrollo agrario, coordinan equipos para facilitar las tareas de los que están afuera.

A las corridas, con errores pero intentando corregirlos «antes de que llegue…», dicen sin nombrarlo.

Ante la incertidumbre, dos posturas antagónicas se hacen más evidentes: la de quienes prefieren esperar y la de quienes se organizan.

Años de experiencia de la Acción Humanitaria internacional afirman que la mejor respuesta ante una emergencia es estar preparados, y un abuelo pampa dijo ayer por mensaje radial que el tiempo es la mayor medida de las cosas.

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Día 3. Confiar antes que confinar

(Ciudad de México | Bruno Grappa)

[Jueves 26 de marzo de 2020]  Es ritual: cada día a las ocho de la mañana tres hombres orbitan un camión que avanza lento, cargado de garrafas de 10, 20 y 30 kilos de gas, mientras se unen en un grito –inentendible, pero reconocido– para avisar a los y las vecinas que bajen a reponer su tubo. Cerca de las nueve de la mañana, con un modus operandi similar, una campana que ensordece avisa que el camión de recolección de basura está cerca y hay que prepararse para entregar en mano los residuos. «Se compran colchooones, tambooores, refrigeradooores…», es lo siguiente que se oye. La grabación de María del Mar Terrón, quizás la voz más popular de México, se repite varias veces al día.

Cada día.

Incluso hoy, a poco más de dos semanas de que la Organización Mundial de Salud haya declarado la pandemia.

Por estos días también se desarrolla el Censo de Población y Vivienda por parte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

A pesar de que la Secretaría de Salud propuso medidas y recomendaciones —que el INEGI dice estar cumpliendo—, son ciento cincuenta y un mil entrevistadores en todo el territorio nacional visitando viviendas particulares y en convivencia con las otras miles en la calle que continúan su vida normal, sea por necesidad o por necedad.

Frente a la emergencia sanitaria global que ha puesto en cuarentena y toque de queda a muchos países, México continúa en las calles y —de forma indefectible—, su ciudad capital también.

El Ejecutivo Federal deposita toda su confianza en la responsabilidad ciudadana para mitigar los contagios y, si bien hay mucha gente que cumple el pedido de quedarse en casa, la postal de un México vacío es falsa. «Hay muchas tareas que se pueden hacer desde casa. Siempre que esto sea posible, pedimos al sector privado que tome esta iniciativa», dijo ayer el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López-Gatell en la conferencia diaria, luego de anunciar la sexta muerte y confirmar que de los 475 casos registrados, hay trece cuyo contagio no es trazable; es decir, no se sabe quién fue la fuente de contagio.

La población a pie cuida sus compras, las realizan en tiendas de abarrotes barriales; los sectores más pudientes, por su parte, continúan haciendo «compras de pánico», atorándose en las cadenas de supermercados.

A pesar de que el pasado domingo la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México anunció el cierre de espacios de concentración masiva, el escenario de una cuarentena obligatoria y total que ampare los derechos y garantías de las personas más vulnerables sigue siendo lejano.

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Día 2. Entre la desigualdad y la inconsciencia

(Santiago de Chile | Carlo Maccheroni)

[Miércoles 25 de marzo de 2020]  Santiago cambió las capuchas por las mascarillas.En medio de una tensión política que exige una nueva constitución, y que trajo manifestaciones ininterrumpidas por cinco meses, se asomaron los primeros casos de Covid-19 en Chile y hay dos términos que predominan en los comentarios generales: desigualdad e inconsciencia.

Las fuentes de contagios se debieron a chilenos que llegaron del extranjero y que —en una posición nihilista—, rompieron sus cuarentenas para asistir a fiestas, reuniones de amigos, gimnasios e incluso pijama parties. En los sectores acomodados, que concentran gran parte de los casos de contagio, todavía abren bares y restaurantes. Imágenes de discotecas que alardeaban medir la temperatura en la entrada dieron vuelta al país. En una de las clínicas más caras (cobra unos 75 dólares americanos por el examen y otros 110 dólares por derecho de atención), un paciente sospechoso del virus que no quiso pagar, se quitó la mascarilla para toser en la cara a la enfermera y a un doctor.

En Santiago, el virus intensificó las tensiones, y marcó aún más las diferencias sociales; entre las actitudes más irresponsables se notan las de quienes detentan recursos para tratarse (en un país en el que no existe sistema de salud estatal de calidad).

Y los mensajes gubernamentales van en la misma tónica: el presidente declaró que prefiere una crisis de salud antes que una económica.

No habrá cuarentena obligatoria, pero sí toque de queda. Los militares vuelven a salir a las calles por la noche (como si ese fuera el horario de transmisión del virus).

Para proteger a sus comunidades, decenas de alcaldes se están levantando contra el ministro de salud, y quiebran los protocolos impuestos; implementando desiciones que el gobierno nacional teme tomar. Gran parte de la masa laboral no tiene derecho ni posibilidad de trabajar desde sus casas, y muchos están perdiendo sus empleos para cuidar su salud y la de su familia.

La tensión política continúa, pero la emblemática Plaza Italia (o «de la Dignidad» como fue bautizada) ya no es el espacio de resistencia y el campo de manifestación.

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Día 1. Rincones en olvido

(Barcelona | Pablo Tosco)

[Martes 24 de marzo de 2020]  Jose Antonio es de Extremadura y lleva dos años viviendo en situación de calle, frente a Plaza Catalunya, en el centro de Barcelona.No tiene acceso a ningún albergue ya que no aceptan animales de compañía. Bru se queda fuera.

El planeta entero vive una crisis sanitaria sin precedentes, que ha puesto aún más en evidencia las desigualdades y los privilegios. Las autoridades españolas no parecían tener registro de los indices de “sinhogarismo” que en España afecta a más de treinta y un mil personas (¡+31000!), muchas de ellas con patologías previas, agravadas por las condiciones en las que viven. Personas sin recursos para mantener las recomendaciones de higiene y distanciamiento social, y que han visto además cómo el confinamiento ha provocado el cierre de centros de día y comedores sociales.

Esta crisis parece haber dejado las calles desiertas pero hay esquinas, portales y cajeros que albergan porciones de vidas olvidadas.

Las calles no están vacías.

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La pandemia fue declarada semanas atrás y el mundo que considerábamos normal ahora presenta imágenes distópicas. Pero no todos los escenarios son iguales: mientras Barcelona —una de las urbes más activas del mundo— ahora se debate entre el silencio y la urgencia; en Ciudad de México, el presidente se muestra confiado en un video en el que pide a sus conciudadanos que «salgan a comer, tengan una vida normal, sigan llevando a la familia a comer a las fondas, a los restaurantes , porque eso es fortalecer la economía familiar y popular» (antes —en conferencia de prensa nacional— mostró amuletos y aseguró que lo protegen). En Santiago de Chile, la población cambió las capuchas por las mascarillas, pero la tensión política no cesó. En Argentina, las medidas gubernamentales buscan frenar la crisis sanitaria y ruegan que no explote el conurbano de Buenos Aires; por su parte, los pequeños pueblos del interior del país se blindan y cierran los accesos incluso cortando las rutas con montículos de tierra. ¿Cómo afrontará la pandemia un país que lleva largos años de conflicto en su territorio?

En Angular nos propusimos describir y retratar la peor pandemia que nos tocó vivir, a través de imágenes y relatos íntimos. Este será un intercambio epistolar a cinco bandas: Pablo Tosco nos contará cómo está Barcelona; Bruno Grappa nos mostrará México; Carlo Macceroni envía sus impresiones desde Santiago de Chile; Migue Roth prepara sus notas desde un pequeño pueblo de La Pampa Argentina y Eric Itín es nuestro corresponsal desde Erbil, en Irak.