Entre dos mundos (II)

Lo que viven las personas saharauis en Argelia es considerado —según el ACNUR— como la «crisis de refugiados más larga y prolongada de la historia».
Un especial de Angular para conocer el origen de un conflicto actual, las incumbencias geopolíticas internacionales, la paz como espejismo y la sed de libertad de los habitantes del desierto.

Texto & Fotos: Karina Delgado

—¡Adoptada-adoptada-adoptada —canturrea en tono odioso un niño— ¡eres adoptada!
—No, no, yo no soy adoptada.
—Pero vienes de África, ¿cierto?

Sí, Haha venía de África. Tenía nueve años y era la primera vez que pisaba un suelo diferente a aquel donde se levantaba la tienda de campaña a la que llamaba casa. «Era la primera vez de muchas cosas», recuerda Haha. Habían pasado ya algunas semanas de ese día en que había llorado y maldecido en silencio mientras volaba sobre el Mediterráneo. El chico que canturreaba debía tener la misma edad y aunque seguramente tenía su mismo tamaño, en el recuerdo de Haha, él la miraba desde arriba:

—Y, ¿cómo es que vives con una familia española si eres de África?
—Paso el verano con ellos, pero voy a volver a mi casa después.
—No, no vas a regresar nunca, te han adoptado.
—¡No me han adoptado! Yo voy a volver a casa de mis padres.
—Cuando los niños de África vienen aquí es porque los han adoptado, no vienen para volver después a sus casas.
—Pero conmigo es diferente, porque yo soy refugiada.
—¿y qué es refugiada?
—…Es gente que vive en el desierto de Argelia…
—¿Tu vivías en un desierto?
—…Sí
—Y, ¿teníais agua allí?
—¡Que pregunta más tonta! No tenemos mucha agua, pero hay suficiente para que estemos vivos.

Refugiada había dicho, como si supiera lo que significaba.
El hombre y la mujer española con quienes vivía entonces —su familia de acogida—, le contaron historias: dijeron que aquel lugar donde estaba su familia era una zona inhóspita del desierto, en la que no había conseguido vivir nadie más antes que lo hicieran los suyos. Extendieron un mapa y señalaron una franja dorada: el Sahara Occidental. También mencionaron a España, a Marruecos. Dijeron guerra.

—Allí lo entendí. Entendí lo que es ser refugiada, y entonces fue mucho más amargo. Antes lo decía como si fuera algo normal, como quien dice soy de España, de Francia. Yo decía: soy refugiada. Después se hizo difícil. No sé si para todos los saharauis lo sea, a mí me resulta muy difícil pronunciar que soy una refugiada, decirlo aquí en Argelia, en España. Desde que entendí lo que significa ser refugiada me resulta muy difícil decirlo a otros. Es amargo. Es amargo decirlo y amargo ver y sentir esa mirada que parece murmurar: “pobrecita”.

Tres niñas y un camello. Sahara Occidental. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Haha y muchos otros niños y niñas saharauis que nacieron en los campamentos en Argelia, además de refugiados, se hacen migrantes muy temprano. Algunos de 7, 9 o 10 años dejan la jaima familiar —la tienda de campaña— para partir rumbo a España la mayoría, otros a Italia o Francia. Lo hacen en verano, cuando en los campamentos la temperatura puede llegar a 50 grados centígrados. Aunque desde el ‘76 ha habido esfuerzos por sacar a algunos niños y niñas saharauis a la costa Argelina para alejarlos un corto período de tiempo del calor infernal y de las consecuencias de la guerra, fue desde mediados de los años ochenta que se estableció «Vacaciones en paz», un programa que coordina esfuerzos del Frente Polisario y de las muchas asociaciones de solidaridad con el pueblo saharaui en España, sobre todo en Andalucía, Valencia y Cataluña. Cientos de niñas y niños desde entonces (y hasta que empezó la pandemia) viajaban para instalarse en casas de familia de acogida que, como un gesto de solidaridad, los reciben para que escapen del verano sofocante, para que conozcan y disfruten lo que allí no tienen y para que, con su presencia, le recuerden al pueblo español la deuda histórica y el conflicto irresoluto.
Parten llorando a casas de desconocidos, casas que a sus ojos son el palacete de gente rica. Con el pasar del tiempo esos niñas y niñas entienden que sus padres de acogida, como los llaman, no son ricos; solo no son refugiados, no son saharauis, no son apátridas. Entienden también que su situación y la de su pueblo es injusta, y al volver a los campamentos, también ellos encuentran lo que encontró Mohamed: la causa de su pueblo.

—Cuando salíamos de los campamentos a Vacaciones en Paz descubríamos cosas: ¡pero si hay mar, hay piscinas, hay casas, una casa sobre la otra! Veíamos eso y nos asustábamos, luego nos enfadábamos ¿por qué nosotros no tenemos nada de esto? Al regresar [a los campamentos] nuestro abuelos y padres nos lo explican: vosotros también tenéis tierra y mar, y tenéis piscinas y tenéis edificios muy altos y tenéis y tenéis y, desde entonces empiezas a decir: yo no merezco vivir aquí, yo no me voy a quedar aquí, todo esto es temporal y algún día tendré que ir a mi tierra. —dice Haha, recordando sus años en familias de acogida en España—. Cada generación tiene esa esperanza, cada uno dice: si hace tanto tiempo que estamos aquí eso significa que ya no estaremos mucho tiempo más, significa que yo no moriré siendo refugiada.

Aunque aquí está dibujada con la posición invertida, la bandera está por todos lados en los campamentos. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Bachari, que hoy tiene 24 años y un papel donde dice que es argelino, recuerda que durante su estancia en el programa Vacaciones en Paz, a su casa de acogida española una vez fue de visista una anciana. Le dijeron que era su abuela paterna. Por qué no la conocía, preguntó. Porque ella vive en los territorios ocupados por Marruecos, dijeron. Entonces Bachari recuerda que tuvo un descubrimiento, una suerte de epifanía furiosa:

—A los 11 años también me enteré que no tenía abuelos por parte de madre, ella había quedado huérfana a los 7 años. Pensé: no tengo abuelos por la culpa de estos, mi tío está herido por la culpa de estos, no tengo mi tierra por la culpa de estos, ¡ostia! Me costó dominarlo, porque se manifestó en mí como odio a la raza marroquí [SIC]. Poco a poco empecé a hablarlo en casa y me reubicaron, me aconsejaron y me formaron [para entender] que nosotros no tenemos nada contra la sociedad marroquí. Es contra la monarquía, contra los políticos y los dirigentes, contra ellos que son los responsables de tanto sufrimiento y tanto dolor.

La comunidad internacional acordó —en la Convención de Ginebra de 1951— que un refugiado es aquel que «debido a fundados temores de ser perseguido por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él».

Rotas e indefensas, como toda la gente obligada a la huida, miles de saharauis escaparon de la guerra atravesando el desierto en 1975 deseando —al igual que Haha en su infancia—, que fuera transitorio, que tras poco tiempo pudieran regresar a casa; pero, aquellos campamentos temporales se ven hoy, 45 años después, cinco ciudades en medio del desierto pedregoso, cinco wilayas, cada una replicando el nombre de una ciudad en el territorio ocupado —para no olvidar, dicen.

(Arriba) Niña saharaui en los campamentos de refugiados. (Abajo) Niños camino a la escuela del campamento. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Campamentos y caramelos

Hay campamentos de refugiados y centros migratorios diseminados por el mundo; todos y cada uno es prueba de nuestros fracasos como especie, de nuestra enorme capacidad de infringir dolor a nuestros congéneres. En Bangladesh, en Kenia, en Jordania y Etiopia. En las puertas de acceso a Europa: en Lesbos, y también frente a la costa del Sahara Occidental, en Canarias donde hoy se apiñan cientos y cientos de personas a la espera de un permiso para entrar a Europa o una deportación, la mayoría allí—según información de organizaciones canarias de acogida—, son marroquís. Las pateras que abordan para cruzar salen, sobre todo, de Dakhla, en el Sahara Occidental ocupado. Hay campamentos de refugiados que son escenarios de la continuidad del horror que han experimentado quienes huyen; los hay vivibles, los hay muy antiguos, los hay enormes y dolorosos, los hay por todos lados.
La de las personas saharauis en Argelia, es considerado por la ACNUR como la «crisis de refugiados más larga y prolongada de la historia». En los campamentos saharauis levantados en Argelia varias generaciones nacen, viven, resisten y mueren habitando la solución «temporal».

(Abajo) Una madre saharaui busca provisiones. (Abajo) Atletas durante el Sahara Marathon corren en la hammada. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

La vida en la hammada, donde se levantan los campamentos, es ardua: el calor es extremo, también lo es el frío y el viento. Cultivar comida allí no es imposible como lo demuestran varias iniciativas saharauis, pero está cerca de serlo. Para que unas 173.000 personas sobrevivan allí, la ayuda humanitaria internacional es indispensable. La comida viene de lejos, desde la misma Argelia y desde países más lejanos. El pueblo saharaui organiza y sostiene no solo la distribución de la comida, sino los servicios sanitarios, las escuelas, la administración de la RASD en el exilio, la conservación de la memoria y las tareas para limpiar los alrededores del muro marroquí de las minas antipersonales que aquellos sembraron y que desaparecen y aparecen con la arena móvil del desierto.

—Nosotros sabemos que tenemos un gran trabajo, un trabajo muy importante para los saharauis que viven en los campamentos —dice Nurti—, porque sin comida no se puede vivir.

Las mujeres organizan la comida provista por agencias de ayuda humanitaria para ser entregada a cada familia. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Cada día, excepto uno a la semana, Nurti trabaja como administradora en una base de transporte. Fuera de su lugar de trabajo hay 17 camiones y 47 conductores que día tras día recorren las 5 wilayas distribuyendo la comida que acopia y administra la Media Luna Saharaui. Nurti y las demás chicas se encargan de coordinar la base. La misión es garantizar que los camiones estén operativos, que a todos los rincones de los campamentos lleguen los alimentos. Estando ya en cada wilaya, la comida se distribuye a cada barrio y cada casa o tienda de campaña por acción coordinada de las mujeres. Sacos de harina, aceite, azúcar, arroz, lentejas, alubias y a veces soya arriban cada mes. La cebolla, papas, tomate y zanahoria, según Nurti, a veces tarda tres o cuatro meses en llegar. En remotas ocasiones llegan artículos de lujo, como galletas para los niños en edad escolar. Lo demás se consigue con el dinero que hacen llegar quienes migraron a Europa y gracias a la cría de las muchas cabras que pueblan los campamentos, algunas caminan en libertad, otras permanecen ocultas tras corrales construidos con escombros.

Un rebaño de cabras busca comida en la arena que rodea los campamentos de refugiados. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

—El trabajo de mi madre también es muy importante. —dice Nurti con su español entrecortado—. Mi madre siente cuando las cabras necesitan ayuda. Si [una cabra] está embarazada ella siente que lo está. Cuando le duele la barriga ella siente también. Y siempre acierta, ella sabe. Hace un tiempo hizo unos cursos en el ministerio [de Salud de la RASD] y le dieron el diploma de veterinaria. Ahora es la más famosa de la wilaya. Si la cabrita de mi vecino o de mi primo o de cualquier saharaui muere [esa familia] no va a encontrar la leche que le da esa cabra, o la carne o, cuando quiera venderla porque necesita unos dineritos para la ropa de su niño, no podrá hacerlo.

Nurti recuerda desde siempre a su mamá conversando con las cabras, dice que escuchó desde niña que cuando su madre tenía 25 años descubrió que se trataba de baraka, un don. De su infancia Nurti también recuerda cuando, tras varios meses ausente, a los campamentos regresaba su papá vestido de militar. Entraba a la jaima familiar un enorme soldado colmado de historias del territorio liberado por el Polisario, esa porción oriental del territorio separada de los territorios ocupados por el muro. Su padre solía contarles las aventuras y rivalidades de un zorro y un erizo que vivían entre las doradas arenas del desierto. El erizo era pequeño, aparentemente débil, pero era inteligente y astuto; el zorro en cambio tenía todo a su favor, pero era torpe e impulsivo. En aquellas historias siempre salía victorioso el erizo. A lo mejor ese viejo soldado y sus hijas se sienten erizo y esperan pronto vencer al zorro.

(Izquierda) Familia saharaui en jaima tradicional elaborada con el pelo del camello. (Derecha) Frig de jaimas tradicionales. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

En la vida en el desierto el visitante es el vehículo de la información y la comunicación entre un frig (campamentos de varias jaimas) y otro. El desierto, a diferencia de lo que podríamos pensar muchos, es tierra fértil, tanto que solo necesita un poco de agua o incluso humedad en el aire para que crezca alguna planta que será comida del rebaño de camellos.  Así, entre nube y nube, cada tanto llega un visitante: mil preguntas, mil respuestas, colonia para el invitado, leche fermentada, té, incienso para halagarlo y agradecerle las noticias.  Aún hoy, en las jaimas de los campamentos de refugiados, se enciende el incienso, se pone la tetera, se ofrece jugo y leche de cabra o de aquella empacada en cajas industriales, se sirven galletas, dátiles, lo que haya a mano será suficiente para decirle al invitado que siempre será bien recibido. Alguna vez escuché de boca de un hombre que su padre, un nómada de desierto, en una ocasión había entregado un valioso camello de su rebaño, que hoy puede costar unos 1000 euros, a cambio de una radio, una radio que como una buena visita le contará del mundo, de sus gentes.

Zona comercial en los campamentos de personas refugiadas. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Cuando Nurti piensa en su felicidad infantil en los campamentos, también piensa en las visitas, las visitas y los caramelos. Nurti recuerda extranjeros amistosos que de vez en cuando llegaban, algunos de España, otros de América latina o de Argelia. Recuerda a su maestra contando cuántos niños y niñas había en cada clase. La maestra se marchaba con la visita y, para cuando regresaba al aula, Nurti sabía —todos lo sabían—, entre los pliegues de su melfa traía el tesoro: «Eso es lo más feliz de mis recuerdos. Ese momento cuando entraba la maestra y luego cuando repartía los caramelos».
La pequeña Nurti de entonces volvía a casa feliz a contarle a su mamá de la visita. Ahora recuerda sonriendo que muchas de esas veces, su madre no le creía «porque aquí no había una cosa llamada caramelo».

Mamá e hija mientras levantan un campamento de jaimas tradicionales hechas de pelo de camello. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Meteoritos, trufas y banderas

Sidahmed también nació en los campamentos de refugiados saharauis, fue en 1991. De aquellos años recuerda la sensación constante de provisionalidad: sin agua corriente, sin electricidad, viviendo en tiendas de campaña y escuchando el no será para siempre que las personas mayores decían con más anhelo que certeza. Esa provisionalidad creaba la necesidad de recuperar lo perdido, lo arrebatado, todo ese territorio que la mayoría de la generación de Sidahmed aún no conoce.

En el 2013 Sidahmed estaba de vacaciones visitando a su familia en Maruritania, en Nuadibú, una ciudad costera ubicada en una península de unos 75 kilómetros de largo que en la repartición entre Francia y España quedó dividida de norte a sur: la orilla occidental hace parte del Sahara Occidental, el costado oriental es Mauritania. Allí cerca está el principal punto fronterizo entre ambas naciones, el Guergerat, donde la guerra empezó de nuevo a escenificarse hace pocas semanas. Estando tan cerca de su tierra, seguramente Sidhamed empezó a mirar con insistencia un mapa, preguntó a los suyos y finalmente diseñó un viaje repitiéndose en la cabeza que cada vez que alguna autoridad lo interpelara él sacaría su pasaporte argelino y diría sí, soy argelino. Finalmente, viajó hasta el paso fronterizo y consiguió pasar el control marroquí, Sidahmed entonces estaba ya en el Sahara Occidental ocupado.

—Había banderas marroquís por todas partes. Por todos lados se leía «¡Viva el rey!». Los mapas incluían a los territorios liberados también, incluían lo que es el Sahara, no dejaba de ser todo aquello intentos de “marroconizar” los territorios. Pero sí que es verdad que cuando veía a la gente pasear por las calles, veías las melfas, la gente hablaba hassanía.

Aun así, era claro que los suyos eran minoría frente a los colonos marroquís.

—Yo estaba más seguro y más feliz que cualquiera de ellos, porque sabía que esos territorios no dejaban de ser mi lugar, mi hogar, eso que nos pertenece a todos los saharauis y que, desgraciadamente, nos fue arrebatado.

Él, ellas y la bandera saharaui. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Sidhamed aquella vez conoció a sus tíos, a sus primos, a los hijos de sus primos, paseó por la playa de Dakhla, de la que había oído hablar a los viejos cientos de veces.

—La bandera marroquí ondeaba por cada parte que iba. No lo pude soportar y no podría haber soportado mucho más tiempo así, sabía que estaba de paso, pero en la mente me decía: voy a regresar.

Aunque Sidahmed todavía no regresa a Dakhla, en 2014, siendo un joven estudiante “argelino” en España, junto con un grupo organizaron una actividad que los llevaría a otro periplo iniciático. Desde los campamentos de refugiados en Argelia los estudiantes tomaron rumbo sur en camiones. Tras superar unos cuatro puestos de control argelinos, la caravana estaba ya del otro lado de la frontera, estaban en el Sahara Occidental, en el costado oriental en relación al muro, el territorio liberado en guerra por el ELPS y el Polisario. Siguieron más al sur hasta llegar a Tifariti, la base militar número 2, poderoso símbolo de la resistencia saharaui, que alguna vez fue un pueblo construido por los españoles, fue bombardeado y tomado por Marruecos y finalmente recuperado por el Polisario.
Allí los jóvenes saharauis convivieron con los soldados que les contaron historias tomando el té bajo las taljas, hablaron de guerra, de diáspora, hablaron de Marruecos.

—Recuerdo que era agosto, el sol abrasaba, pero nos daba igual. Ese día [el día que los llevaron a ver el muro] fue el peor de todos, porque todos queríamos atravesarlo, seguir hacia adelante y no parar, pero los militares insistieron en que había minas antipersona, que son más de un millón alrededor de todo el muro. Gritamos lemas y tiramos piedras porque no teníamos otra cosa.

(Arriba) Dos hombres saharauis cortan unas ramas secas para encender fuego. (Abajo) Dos soldados miran el horizonte desde la cima del un galb. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Seguramente después de esa jornada anduvieron por los bastos alrededores, miraron los galaba a lo lejos, encendieron unas ramas y pusieron la tetera, derramaron un poco de agua para que no se pegara la arena a los vasos, y empezaron a verter lentamente el té de vaso en vaso hasta que hiciera una alta espuma, así una, otra vez y otra vez; el primer té es fuerte, el segundo suave, el tercero dulce, como la vida –dicen la gente saharaui. Ese té que da fortaleza, procura descanso y propicia la conversación recuerda el mate rioplatense y la hoja de coca de los pueblos andinos.

A lo mejor soldados, estudiantes y conductores de los camiones caminaron lentamente con el torso inclinado hacia delante y las manos rozando el lecho de pequeñas piedras sobre la arena. Miraron con atención el suelo buscando alguna piedra más renegrida, seguramente las fueron juntando y luego con la ayuda de un imán verificaron si se trata de una simple roca o si era el fragmento de un meteorito, que por el clima del Sahara suelen mantenerse intactos durante décadas. Desde los noventa el mercado de meteoritos del desierto es amplio para coleccionistas privados, museos y geólogos, así que, seguramente los jóvenes y los soldados, como suelen hacer los saharauis, no desaprovecharon la oportunidad de dar con un pequeño tesoro que pudieran vender en los mercados de los campamentos donde se anuncian junto a otro producto de lujo: Meteoritos y Trufas, estas últimas consideradas el diamante negro del Sahara, la carne de la tierra como le llaman los nómadas allí, en el territorio liberado.

–No había nada ahí, era desierto, pero sabías que eso sí que no era ni los campamentos ni los territorios ocupados, no era Mauritania, ni España. Sabías que eso sí era tu tierra, donde podías decir: soy saharaui, esto es lo mío, es lo que me pertenece. Estaba por fin libre, pleno. Estaba en mi tierra sin ninguna opresión, sin la sensación de deberle a nadie nada.

Niña saharaui junto a su jaima tradicional. / © Foto: Ana Karina Delgado Díaz | Angular.

Ana Karina Delgado Díaz

Fotógrafa | Escritora

En ocasiones Karina también narra con imágenes en movimiento. Sigue y cuenta historias que le resultan importantes sobre su natal Colombia, Latinoamérica y África.

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