Las calles de Barcelona ya no arrastran el silencio del confinamiento. Amanece y los automóviles y buses retoman el ritmo pre-pandémico; los camiones descargan mercaderías en tiendas que aún permanecen con sus persianas abajo; hay quienes cruzan la adormecida plaza Catalunya.
En la esquina de la calle Rivandeneyra, un grupo de personas con bolsa de plástico, mochilas y carritos se convoca cada mañana.

Texto y fotos: Pablo Tosco

Enfilan frente un portal de hierro negro. Solo aquellas que han venido acompañadas se agrupan en corrillos, el resto mantiene la distancia de seguridad. Detrás de la reja se extiende la iglesia de Santa Anna. Rodeada por el Hard-Rock café, las ramblas, el portal del Ángel y una calle comercial del turístico y estridente barrio Gótico de Barcelona, Santa Anna es un remanso.

Un pasillo lateral estrecho brinda acceso a personas voluntarias, quienes coordinados por Monsen Peio, preparan alimentos. Carmen —voluntaria de la parroquia—, acomoda potes de fideos ante la mirada de la “Piedad” del pintor Pere Pruna.

Antes de las crisis, este espacio era una referencia de cuidados y contención para las personas en situación de calle. Distribuían alrededor de cien raciones diarias de comida caliente que servían en mesas junto al presbiterio, y ofrecían asistencia sanitaria en un hospital de campaña para las personas enfermas.

Pero la crisis provocada por el covid-19 forzó cambios. Las semanas durante las cuales millones de personas se confinaron en sus viviendas, otras miles quedaron al raso: no había hogar donde resguardarse. Los albergues no significan una solución para todas estas personas: no pocas temen acabar contagiadas; unas cuantas escapan al control institucional. Muchas padecen problemas de salud mental; las hay con perros que no son recibidos. Y parejas que no quieren ser separadas en pabellones distintos.

Cifras estimativas dicen que son más de trescientas las personas que sobreviven bajo portales, cajeros y en las calles de la ciudad.

Durante las primeras dos semanas del estado de alarma decretado por el gobierno, Monsen Peio —colmado de preguntas— mantuvo el espacio cerrado, confinándose con algunas personas sin hogar, hasta que el desamparo de tantísimas que deambulaban por la calle, lo golpeó: «Damos desayuno caliente y dos comidas. La gente lleva dos meses ingiriendo comida fría… Antes podían entrar a la iglesia y sentarse a comer caliente en una mesa dignamente».

Del confinamiento a la indigencia

Afuera, la fila crece con vertiginosidad por tres calles. Un grupo de mujeres filipinas saca bolsas de telas de los bolsillos a medida que la cola avanza. En su mayoría son mujeres que migraron para trabajar en el servicio domestico. Algunas estaban en régimen interno y a causa de la pandemia debieron decidir si confinarse o no con sus patrones. Muchas tuvieron que optar entre cuidar a sus propios hijos, a familiares enfermos, o cuidar a las familias para las que trabajan.

La hilera diaria de personas que buscan asistencia atraviesa zonas comerciales. La asociación de comerciantes llamó la atención sobre ésta situación; sostienen que afectaría la afluencia de clientes.

Por su parte, Peio el párroco, dice: «estamos viendo un perfil diferente de las personas que vienen por apoyo. Son familias que estaban en una situación frágil y a las cuales la crisis las terminó de desestabilizar. En pocas semanas pasaron a una situación de indigencia. También están aquellas que no se esperaban que la pandemia se llevaría su puesto de trabajo». Cientos que no están cobrando los Ertes (acrónimo de expediente de regulación temporal de empleo y es una suspensión por un tiempo concreto del contrato de una parte o todos los trabajadores de una empresa por causas de fuerza mayor) o no cumplen con los requisitos para acceder al salario mínimo vital. «Son familias de personas sin papeles o refugiadas que viven en habitaciones, pero que se han quedado sin medios para comprar alimentos». Y vaticina que tras la emergencia sanitaria, se multiplicará la emergencia social.

Frente al portal, Adrià apunta nombres como el de Fernando, quien toma su carro azul y se acerca donde las voluntarias comienzan el reparto de alimentos. Fernando se adelanta ante la llamada de Adrià, coge un vaso de cartón con café y dos bolsas de comida, almuerzo y cena que acomoda en el fondo de su carro de compras. Fernando vive solo. Es un ex empleado bancario a quien los devenires de la economía lo dejaron excluido. Desde el inicio de la crisis, cruza cada mañana el barrio Eixample para buscar su ración de alimentos.

«Siete voluntarios nos hemos confinado en la parroquia para seguir prestando servicio sin tener contacto con la enfermedad», dice Manuel Sánchez. «Tenemos un grupo de familias que se encarga de llevar comida a otras familias que malviven en habitaciones. Algunos de los voluntarios también malvivían hace meses en las calles».

El párroco abre bolsas especiales que entregan una vez por semana. Contiene productos de higiene: compresas para mujeres, mascarilla, jabones, pasta de dientes. Por otro lado, el kit diario de alimentos incluye frutas, garbanzos y un plato de pasta. La bolsa para la cena: bocadillo y cereales. Pero «siempre lo comen frío» —denuncia el párroco—, quien piensa cómo mejorar el servicio: «estamos preparando un comedor para cuando se nos permita servir comida al aire libre».

La solidaridad de quienes luchan contra la pandemia de la desigualdad contrarresta una tragedia social cada vez más evidente.

Pablo Tosco

Angular  |  Realizador multimedia

Foto-videoperiodista, comunicador social y máster en Documental Creativo. Desde 2004 documenta para Oxfam Intermón proyectos de cooperación, desarrollo y acción humanitaria en África, América Latina y Asia. Miembro fundador de Angular.

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