El puerto de los perdidos

La temperatura desciende y los alcanza, los golpea; abajo —otra vez— Muhammad y Yousef vuelven a repartir, cómo cada noche, su precario y siempre exiguo legado entre los colegas de la escollera: un colchón raído de dos plazas, la olla tiznada, dos sacos de dormir, dos pares de chanclas y un plástico transparente como cobertor improvisado para la lluvia.
Son las dos de la madrugada.
Una noche más arriesgando la vida con la esperanza de alcanzar un barco destino a España, a la cercana pero tan distante España peninsular.

Por Pablo Tosco

Cientos de menores no acompañados del norte africano (MENAS, como suelen caratularlos) alcanzan la frontera entre Marruecos y España y permanecen bloqueados en la autónoma Melilla, un enclave europeo incrustado en tierra africanas. La ciudad está confinada entre el mar —que flanquea el norte—, y una valla de doce kilómetros: púas, hierro y electricidad que amenazan cualquier esperanza.

Ésta noche, un bidón de agua funciona como darbuka —típico instrumento árabe de percusión— y un grupo de muchachos despiden a Muhammad y Yousef con cantos en su lengua, Dariya; entonan también algún versículo del Corán a modo de bendición, se despiden una vez más de sus amigos —ahora familia—.

Llevan dos meses compartiendo penurias a orillas del Mediterráneo, refugiando anhelos bajo rompeolas de cemento frío, a unos cuantos metros del puerto. Se conocieron en la calle, a la salida de restaurantes y panaderías a los que van a pedir comida. Hurgaron juntos en contenedores de basura en busca de los cartones que usan como mantas. Y —Al·lahu-àkbar— encontraron un colchón también.

Tienen el rostro duro, la cara sufrida de quien apura el crecimiento a golpes; pero la mirada no engaña: aún son niños, y están solos.

Atrás quedaron sus afectos: alguna casita en el Rif, el campo de refugiados saharauis, un pueblo del Atlas o la periferia de Casablanca donde esperan familias que comienzan a diluirse con sus ausencias.

—«La casa se ha quedado sola sin nosotros», dice Muhammad cuando recuerda Kenitra, el hogar donde vivieron con sus padres, la ciudad sin futuro desde donde empezaron su éxodo. Allí no tuvieron la posibilidad de ir a la escuela ni trabajo con el que forjar una vida. «La juventud está arruinada, no hay futuro; estábamos perdidos. Si hubiéramos tenido oportunidades allí no necesitaríamos ir a Europa».

Muhammad ajusta los cordones de sus zapatillas desgastadas, casi sin suelas, y dice que la calle deteriora, que los lleva a hacer cosas que ni se habían imaginado. Las cifras oficiales aseguran que el 10% de los delitos cometidos en Melilla son perpetrados por MENAS.

A nado a la nada

Cruzan la frontera solos, escondidos en camiones o en algún maletero, entre los centenares de mujeres porteadoras marroquíes que atraviesan todos los días la frontera para cargar sobre sus espaldas kilos y kilos de mercancía de contrabando. Cruzan a nado o en una patera.

—Nadamos treinta minutos para llegar a las costas de Melilla.

Muhammad y Yousef son mellizos, aunque Muhammad ejerce de padre, toma las decisiones y protege a Yousef, que no parece calibrar del todo la situación.

Los kilómetros de huida y los recovecos de Melilla deterioraron sus sonrisas. Tienen la ropa ajada y las manos laceradas; el muro oxida las esperanzas, pero no logra quebrar sus sueños y lo vuelven a intentar. Todos los días, con el calzado rasgado, los músculos agarrotados y la mente agotada por noches y noches de desvelo a la intemperie; una vez más, lo vuelven a intentar, una vez más, lo vuelven a intentar, una vez más un abrazo y los cantos de despedida junto a un fuego flaco que resiste el embate del viento y el desánimo; lo vuelven a intentar.

Números crecientes de chicos son detenidos en redadas policiales; luego son ingresados en el centro de menores La Purísima, a escasos metros de la valla. El centro ya ha sido denunciado en numerosas ocasiones por organizaciones y medios de comunicación debido al hacinamiento y la precariedad que presenta. La mayoría de internos son magrebíes.

El Magreb o Al-Magrib es el costado occidental del mundo árabe; o —como propone su traducción— «el lugar donde se pone el sol».

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En el informe ‘De niños en peligro a niños peligrosos’, de la asociación melillense Harraga, más del 92% de los niños dicen haber sido tratados de forma violenta en el Centro. Sus testimonios hablan de malos tratos físicos, psíquicos y devoluciones a la frontera.

Organizaciones como Prodein sostienen que un cuantioso número de menores prefieren las calles de Melilla al Centro. La Purísima hacina 500 chicos a pesar de tener capacidad para unos 170; comparten la misma cama tres personas y en las habitaciones se amontonan por docena, los baños están en estado deplorable.

Maite y José llevan más de veinte años recorriendo los reductos marginales de Melilla; él con su cámara fotográfica y ella con su bolso y su teléfono. Cada noche se acercan al puerto con bocadillos y sopa. No se trata solo del acto de compartir comida, es el momento donde pueden sentir el pulso de lo que está sucediendo en las esquinas oscuras de la ciudad, informarse de las prácticas de la policía portuaria, de la lógica de las redadas y de lo que sucede dentro del centro; es el momento en el que escuchan novedades y conocen cómo se sienten los niños perdidos.

—«Ellos saben que en Melilla no van a encontrar nada. No tienen confianza en el sistema de protección español. Este en un sitio de paso, del cual deben huir. Es lamentable, pero cada vez hay más niños en la calle», dice José de camino a la repartición.

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—Aquí un día pasa tan lento como un año, —dice Muhammad.

Chaqueta azul de invierno ajeada, chándal y capucha: la vestimenta del Riski.

Todas las noches el sueño puede ser real haciendo el Riski, el juego del polizón y policía en la frontera, la lucha contra el aburrimiento y la angustia de la incertidumbre.

Caminan en silencio hacia el puerto y trepan las rejas de la puerta que franquea la escollera que da a las dársenas del Pertagal, un barco carguero que zarpa hacia Málaga.

Pero la puerta helada solo es la primera de una serie de obstáculos físicos por superar: la pared de cuatro metros, otra reja, bajar al puerto por una soga confeccionada con ropa vieja y luego correr… escapar de la seguridad portuaria.

«Yallah, Yallah, Yousef» apura Muhammad a su hermano, para que descienda primero.

—«Tengo claro que es imposible que los dos podamos hacer Riski juntos, prefiero que él lo intente primero, yo tendré más oportunidades». Muhammad es más fuerte, pero sobre todo conoce las debilidades de su hermano y adopta la postura del protector, del padre que ya no está.

Los brazos de Yousef tiemblan mientras se sostiene de la cuerda. Pega el último salto y cae al suelo desde unos tres metros. Es el punto donde muchos pierden la oportunidad: una mala caída quiebra tobillos o rompe las piernas. Apenas Yousef toca el suelo Muhammad se lanza por la cuerda y aterriza a su lado, corren y se esconden entre los contenedores sin perder de vista al coche de la Guardia Civil que merodea la zona.

Las organizaciones también denuncian los recortes en los derechos de estos jóvenes. En los últimos meses, una millonaria inversión incrementó la instalación de alambradas electrificadas y con púas en el puerto; al tiempo que aminora la atención en los centros de salud.

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Amanece en Melilla y la ebullición de la vida callejera nocturna entra en letanía.

Flanqueados por un coche de la Guardia Civil, desde la entrada del puerto sale un grupo de seis personas encapuchadas, entre ellos Muhammad y Yousef.

Muhammad se toma la muñeca derecha, su cara denota signos de dolor: «Nos descubrieron cuando intentábamos meternos en la parte de atrás de un camión de carga —dice y se mira el brazo inflamado—. Intenté protegerme la cabeza con la mano cuando la policía me pegó el primer porrazo».

Antes de perderlos de vista, Muhammad insiste casi al borde del llanto: «queremos ocuparnos de nuestros padres, que se sientan orgullosos».

El parachoques del coche de la policial portuaria en los talones los obliga a acelerar el paso. Días después reciben el ultimátum: tienen horas legalidad antes de la expulsión.

Finalmente son deportados, vuelven a caer en el limbo de una migración forzada que parece perpetua.

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Pablo Tosco

Angular  |  Realizador multimedia

Foto-videoperiodista, licenciado en Comunicación Social y Máster en Documental Creativo. Desde 2004 documenta para Oxfam Intermón proyectos de cooperación, desarrollo y acción humanitaria en África, América Latina y Asia. Es miembro fundador de Angular.

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Un comentario

  1. Oscar Nikolaus abril 29, 2018 en 3:45 pm- Responder

    Exelente y brutal relato de situación, lo terrible es que estas cosas sucedan todos los días y en distintos lugares del mundo, en gran medida causados por por la ambición de los poderosos y la indiferencia de “los buenos”…

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