Los hijos de la sal

Los hijos de la sal

«Humbertstone es un pueblo abandonado en el desierto de Atacama. Alguna vez sintió el calor del esplendor mineral, pero se diluyó demasiado rápido; ahora las calles y las casas están cubiertas de sal, soledad y nostalgia.»

¿Quién encendió en estas salitreras la negra luz del silencio?

Por Sebastián Carapezza  |  Foto: Aleksander Shelgunov

Los últimos rayos de sol todavía juegan en la arena, despidiéndose lento, tiñendo todo del mismo tono: cielo, horizonte y sal en distintas gamas de rojo. Juraría que el paisaje no pertenece a este planeta si no lo viera por mi propia cuenta.

Bebo el último trago de agua y trato de secarme la frente con la camiseta, mojada de sudor. La arena aún está caliente y alcanzo a absorber la increíble energía que brinda el atardecer en el desierto. Siento el murmullo inteligible del viento que me acaricia la cara, mientras el sol se hunde cada vez más en el desierto de Atacama.

Pienso en el desarraigo que debieron sentir los habitantes de Humberstone, allá por la década del cuarenta

cuando aquel invento

cuando los alemanes

cuando la sal artificial

los obligó a abandonar el lugar que los vio nacer. Pienso en lo que llaman progreso y trato de imaginarme el éxodo de esos centenares de personas que habitaron esta comarca incrustada en medio del desierto.
La soledad llega a los huesos. Me pregunto si sintieron esta misma sensación que me comprime el pecho.

Nunca vieron llover

Salí temprano del hotel y remonté la calle Vivar hasta llegar al Mercado Central. Iquique ya estaba despierto.
Arikista, camiza araki? (Hola, ¿Cómo están?) —saludé a una de las mercaderes Aimará.
¡Wailiki, Wailiki! —contestó sonriente.
—Quiero ir a Humberstone ¿Sabe donde puedo tomar un taxi-ruta?
Allicito —dijo levantando el mentón.
Compré agua, frutas, pan, velas y me uní a una fila de espera ordenada. A fuerza del regateo arreglé con el chofer un monto más latinoamericano: dos dólares, por los 47 kilómetros desde Iquique a Humberstone. La timidez se había quedado dormida.
Iquique descansa sobre el Océano Pacífico y tiene una de las mejores playas de todo el país. La separan 1.845 kilómetros de Santiago, al norte. Dicen —también— que aquí se degustan los mejores platos de mar y que la albacora, el atún y la corvina tienen mejor sabor que en cualquier otro lado.
A diferencia de los taxis regulares, los taxi-ruta son un transporte más adecuado para recorrer distancias precisas, por su rapidez, comodidad y precio. Realizan un recorrido fijo y establecido partiendo únicamente cuando todos los asientos están ocupados.

Mis acompañantes eran tres hombres. Trabajaban duro en la ciudad para ir los fines de semana a visitar a sus familias que vivían pampa adentro. Hicimos una parada obligada por la Zofri —un centro comercial gigantesco en zona franca— y continuamos.
En las afueras de Iquique comienza la ciudad (¿la otra? ¿la real? ¿o se trata de la misma?) fabricada con cartón, chapas, pedazos de carteles publicitarios y desechos de Iquique —¿la otra?—. Me llamó la atención que algunas de esas viviendas no tuvieran techo.

Las ruinas espectrales

La historia cuenta que en el siglo pasado, un grupo de indígenas que se desplazaba por la zona, vio un crepitar luminoso, el raro chisporroteo y el espectacular modo de arder de las piedras del desierto sobre las que encendían sus fogatas nocturnas. Llevaron algunas al sacerdote de Iquique para que las analizara. El clérigo noto cómo el maíz del jardín donde había depositado las piedras de salitre, tomaban una altura desmesurada. Así nacía, el primer abono industrial que sacaría a la extensa región de Atacama de su anonimato. Chile, se transformaría en uno de los principales exportadores a nivel mundial.

El nitrato de sodio o salitre de Chile, está compuesto por cristales cúbicos muy solubles en agua. Es habitual que se utilice como fertilizante y conservador de carne, además de ser un aditivo gastronómico. El salitre (también llamado caliche), es transparente, con un brillo vítreo. Los nitratos contienen nitrógeno en su máximo estado de oxidación, propiedad indispensable en cerillas y explosivos. Para la primer gran guerra, la producción trepó de 200.000 toneladas anuales de salitre a más de 3 millones. Comenzaba la demanda de los fabricantes de explosivos; la carrera armamentística tenía embriones en el desierto latinoamericano.

Durante la segunda guerra mundial, Atacama alcanzó la cifra de 100.000 trabajadores. No pocos escritores compararon el fenómeno con el de “la fiebre del oro”. Pero habría que hacer dos salvedades: en primer lugar, la extracción de salitre empleó principalmente a una masa de obreros que venían de una situación de miseria crónica en el campo y a muchos peruanos que iban al desierto en busca de salario. En segundo término: para ese entonces el “oro chileno” ya estaba en poder de empresarios norteamericanos. El salario no se abonaba con dinero, los trabajadores recibían fichas con las que compraban alimentos y bebidas en el único local de ramos generales del pueblo que casualmente pertenecía a los dueños de la salitrera. A la explotación se le sumaba otro abuso: los trabajadores estaban obligados a pagar sus víveres a precios irrisoriamente elevados.

Pero entonces Alemania llevó a cabo la producción de abono sintético nitrocelado, poniendo fecha de caducidad a Humberstone. Al finalizar la guerra, el mercado internacional dio un vuelco y los asalariados del desierto se vieron obligados a migrar.

**

Fernando Martell Cámara es un poeta chileno, nacido en Santiago de Humberstone. Tenía 16 años cuando en aquella oficina salitrera se acallaron los motores y el humo no salió más por las chimeneas. Observando el éxodo de su pueblo escribió: «…nada quedó aquí y aquí todo se quedó. / Calles polvorientas, ruinas espectrales, estructuras frías, cruces resecas, pájaros vacíos, fieles derrotados, banderas hundidas, aguas evaporadas, árboles inconclusos, primaveras rotas… / ¿y el hombre?…

¿Dónde están sus risas y sus ásperas manos?
¿Dónde las cabelleras, el beso, las pisadas?
¿Quién puso soledades duras sobre los huesos?
¿Quién encendió en estas salitreras la negra luz del silencio?

¡El silencio profundo conoce el secreto de los pasos y las voces indescifrables de los muertos! / ¿Me pregunto entonces si la gota de sudor y la lágrima no se confundieron con la sal petrificada? / Es que por la inmensa pampa nortina pasa veloz el insondable jinete del tiempo con su estandarte funerario.»

Vasos vacíos

En mi infancia tenía un sueño recurrente: jugaba en un pueblo abandonado, con innumerables recovecos donde se escondían mis compañeros, a quiénes —por más que buscara desesperado— jamás lograba encontrar.

No puedo evitar recordar ese sueño mientras camino por las calles de arena y miro las casas intactas de un pueblo mutilado. Continúo mi marcha por la calle principal, un perro escuálido me mira con asombro: es el primer ser viviente que veo desde que bajé del taxi. El perro se las ingenia para que la sombra de un árbol desnudo (tan escuálido como él) lo alivie aunque sea un rato. En la plaza, hamacas y subibajas se mecen con el viento. En frente, un teatro. Cruje la madera de la entrada. Las butacas están en perfecto estado. Elijo una al azar y me siento mirando al escenario vacío. Espero.

La nostalgia apura la llegada de otras emociones y salgo intentando contenerlas. Escapo. A pocas casas de distancia, una inscripción en una puerta dice: «Aquí vivió la familia Leiva por 18 años». Entro sin saber porqué. Las paredes encierran demasiadas historias; más de las que pueda escuchar. Me siento en el patio trasero, pero las emociones tristes son excesivas y abandono el lugar: es un mundo sin canto, sin risas, sin nadie a quien decir «¿te acordás?».

Me acuerdo una frase: «la melancolía es la felicidad de estar triste».

Dormir es muy difícil cuando se está abandonado. Santiago de Humbertone lleva décadas de insomnio.

La noche pasa.

Al amanecer camino y busco: Hay un bar. Hay sillas, mesas, barra; hay vasos vacíos. Afuera hay una cancha de fútbol sin césped, redes ni pelotas; está alfombrado con sal. Hay un colegio sin niños; Hay recreos sin risas. Y yo todavía sigo jugando a la escondida de mis sueños repetidos.

Sebastián Carapezza

Periodista  |  Coordinador de Colectivo Al Margen

Sebastián es el Pollo Carapezza. Dejó las gran urbe y se fue al Sur. Allá gestó Al Margen, una de las primeras revistas alternativas de la Patagonia; un equipo de comunicación popular que labura por la promoción de derechos, la inclusión  social y la cultura del trabajo. El pollo es caminante y cronista.

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Un comentario

  1. Norma octubre 18, 2017 en 1:30 am- Responder

    Muy triste. Es q así debe ser la vida?

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