Inviernos de ciento cincuenta noches

El aumento de las tarifas de luz, gas, como también del metro de leña, recrudecen el frío invernal. Así como baja la temperatura en las casas, sube la térmica del descontento social.
Estrategias, rebusques e historias cotidianas de gente de a pie.

Por Sebastián Carapezza Fotos: Agustín Crespo & Euge Neme • Colectivo Al Margen

Leña | El fuego interior

Norberto le pega al tronco con fuerza —con bronca—. Acomoda con la mano derecha los pedazos que van cayendo después del impacto de su hacha. Los da vuelta, los mira y les vuelve a pegar. Ahora con el hacha tiene que hacer lo que falta: que entren en su salamandra, achicar cada tronco hasta lo estrictamente necesario.

Acaba de traer dos metros de leña, los que entraban en la F100 de unos vecinos con quienes hicieron el revoleo. Traducido en criollo: consiguir madera, sin importar que sea de forma ilegal o legítima (a veces son ambas). Hay que calentar la casa como sea, no importa de dónde provenga el combustible a quemar. Trabajos invisibilizados de la vida cotidiana, sin distinción de sexo. Cuando promedia abril, el bosque se pone de todos colores para avisar que lo que sigue será el manto blanco.

Esos metros le alcanzan para calefaccionar su hogar durante tres semanas. Si esa plata hubiera salido de su bolsillo serían 1.600 pesos (unos US$ 60), lo mismo que le ingresan por varias jornadas de trabajo como changa en el crudo y popular gremio de la construcción. Días enteros de trabajo para asegurar que la térmica no roce el cero en las noches patagónicas. El ingreso de dos días laborables sobre quince serán para calefaccionar su hogar. Ahorrar esa suma —si se tiene un trabajo equivalente al mínimo vital y móvil— es tarea compleja, sobre todo, si son dos los que en la casa no tienen empleo fijo. Y estar más tiempo adentro implica mayor consumo.

En épocas económicamente duras, el ajuste se mide en grados. Es la variable a minimizar. Será cuestión de desempolvar aquella manta que nunca nos gustó, usar pullower en vez de remera manga larga y a recordarles (inútilmente) a nuestros hijos e hijas que no dejen la puerta abierta.

A esta altura, a Norberto ya ningún cajón de verduras le pasa desapercibido en la vía pública. Todo recorte de madera que sobra en la obra donde trabaja tiene potencial destino de salamandra. Hasta aquel pino que en algún momento se iba a convertir en algún mueble rústico para el hogar, que tiempo atrás ninguneaba con su mirada, ya tiene fecha de caducidad. Nada se pierde, todo se transforma.

Una familia que se calefacciona solamente a leña necesita al menos diez metros para pasar los cinco meses más fríos del año. En plata en la actualidad son alrededor de ocho mil pesos argentinos (unos US$ 325), si es que el dueño (y en muchos casos también la dueña) se toma el trabajo de cortarla a 30 cm. La recesión también se mide en los dolores de espalda. Y siempre son los mismos los que terminan aguantando los desbarajustes del gobierno de turno y los cambios de coyunturas económicas internacionales.

¿De dónde sale la leña? ¿Cómo la traen? ¿Quién la corta? Es tema de otra nota.

Garrafa | Cortina de humo

Suena whatsapp. No es el grupo de amigas, ni la propuesta de una nueva changa de costura, ni la familia: es el grupo del barrio donde un vecino avisa que acaba de llegar el camión con garrafas a la plaza. Cambia la dinámica de la familia de súbito. Sandra apaga el fuego donde calentaba el agua para los mates, agarra la campera que está junto a su hija, pone la garrafa vacía de diez kilos en su carretilla azul y encara a la plaza. Cuatro cuadras después llega y se suma a la cola que se consume lentamente. Dos garraferos arriba: uno cobra, el otro despacha. El que cobra avisa que la próxima semana habrá aumento. No es algo nuevo. Hace exactamente dos años la garrafa social —subvencionada— costaba $16 (US$ 0,65) y hoy la despachan a $220 (US$ 8,85 – 9). De social, poco. Eufemismos argentos.

Al hombro, en ingeniosos y artesanales carritos, en moto o en auto, cualquier manera es buena para llevar calor a la casa. Es que la utilidad del gas en estas tierras al sur del mundo es múltiple. Y así lo entiende Sandra. Con su contenido, cocina, calefacciona o ambas. Pero ese olor “a gas” que siente cuando se está por agotar la garrafa, le recuerda que tiene que desembolsar de nuevo. Y esperar unos días hasta que vuelva el camión. A veces pide el favor a algún vecino con auto que le compre en alguna de las ferreterías de la ruta que venden por la puerta de atrás y unos mangos más caros. Conseguir esa segunda garrafa —que le permite tener siempre una llena— no significa ascenso de clase, pero sí garantiza el almuerzo diario. No fue fácil comprar el envase, no tanto por los 1.300 pesos (US$ 52) que tuvo que desembolsar (leer recuadro Coopetel), sino por la escasa oferta existente. Sobre todo, si una no quiere comprar cosas que las sabe robadas en su propio barrio. Porque los robos de estos cilindros están a la orden del día y enfrían la térmica del hogar, pero suben los grados del clima social del mismo barrio. Así se gestan las broncas, las amenazas, las incriminaciones, las represarías y las nuevas broncas.

Sandra prefiere gastar más en garrafa, que poner tiempo y fuerza con la leña y tiene sus argumentos narrados en primera persona. Prefiere diversificar el uso de energía: cocina y se calefacciona con gas envasado y con la electricidad abastece al termotanque para el agua caliente. «Con este tema no hay que poner todos los huevos en una sola canasta», me dice con una voz que tiene tono de experiencia en desabastecimientos y tarifazos. El último de estos ocurrió el 1 de abril, cuando el Gobierno nacional autorizó a las empresas distribuidoras de gas licuado de petróleo (GLP), aplicar un incremento del 60% para el tubo de 10 kilos, que pasó a costar 215,02 pesos (US$ 8,60) en la puerta de las expendedoras.

El aumento fue autorizado a través de la Disposición 5/2018 publicada en el Boletín Oficial con la firma de Marcos Pourteau, el subsecretario de Exploración y Producción de la Secretaría de Recursos Hidrocarburíferos. El funcionario estableció los denominados precios máximos de referencia para las garrafas de GLP de 10, 12 y 15 kilogramos, con valores que van desde la línea de fraccionamientos, pasando por la distribución, hasta el último eslabón de la cadena: el comercial. A esta suba hubo que sumarle el 10,5% del Impuesto al Valor Agregado (IVA) que el Gobierno no contempla en su cuenta, por lo que la garrafa de gas llegó a los consumidores a un precio final base de 240 pesos (US$ 9,60).

Sin embargo,en la puerta de la distribuidora de Coopetel en Bariloche, desde el 1 mayo de 2018 la garrafa de 10 kilos cuesta 260 pesos (US$ 10,40) y un tubo de 45 kilos asciende a 1.170 pesos (US$ 46,80). Una familia promedio necesita dos tubos de 45 kilos por mes, para eso debe gastar unos 2.500 pesos (US$ 100). El Gobierno sostiene que los consumidores deben pagar el precio acorde a «los reales costos económicos totales de la actividad en las distintas etapas». Sobre salarios acordes a la inflación, no se pronunciaron con claridad.

Gas natural | Más cerca de Marte, más lejos del gas natural

El ministro de Energía de la Nación, Juan José Aranguren, oficializó a principio de abril la cifra del nuevo aumento en la factura de gas: a partir de abril será del 32% en promedio. Junto con el aumento de diciembre pasado, la suba total roza el 80%, sin incluir el nuevo tarifazo.

«El máximo es del 40%, el mínimo del 28% y el promedio de 32%. Los de menor consumo aumentan más y los de mayor, menos, porque ya habían visto elevada la tarifa», explicó el funcionario en la presentación del nuevo cuadro tarifario.

En la Patagonia, el incremento llegó al 36% para los hogares con los consumos más bajos. Para los consumos más altos, en cambio, se estableció un alza del 29%. Este es el segundo aumento en menos de seis meses, luego del anunciado en diciembre pasado del 45% en promedio.  Y falta más. Al respecto, el Presidente sentenció una frase cuanto menos desafortunada: «El subsidio a la energía era tan imprudente que, por ejemplo, un hogar humilde pagaba lo mismo que un departamento que consumía dos, tres, cuatro veces más. Incoherencias como ésta hicieron que se haya llegado al extremo de calefaccionar veredas con lozas radiantes en algunas ciudades del sur del país, mientras había otras como Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires donde miles de personas sufrían los cortes de luz durante días».

«Es preocupante la falta de sentido común y desconocimiento del país que muestra el primer mandatario», replicaron al día siguiente varios gremios y organizaciones sociales.

Se quedaron cortos.

El camino desde los pozos a las hornallas es largo y ese bien invisible e inoloro tan preciado pasa por diferentes manos (y bolsillos). Un tema sensible e inflamable de este bien de primera necesidad. Al menos hasta la veda de conexiones de nuevos usuarios a la red de gas, que comenzó hace cuatro años en las ciudades cordilleranas, y se extenderá por lo menos hasta 2019 cuando –luego de varias promesas incumplidas– debería quedar inaugurada la ampliación del gasoducto cordillerano.

Electricidad | El último que (a)pague la luz

Cuando Daniel construyó su casa no quiso depender del suministro del gas envasado ni de leña para abrigar sus días, así que optó por dos estufas eléctricas. Una en un cuarto y otra en la cocina. No convive con humo, no barre varias veces al día su piso, nunca esperó al camión que viene de El Bolsón con el suministro, pero igual sufre. Y cuando más lo siente es cuando ve que en su buzón o en su alambrado está la factura de luz. La abre rompiendo los ganchos como queriendo transcurrir rápido ese momento. Y putea. Ve los gráficos que consume y si bien siempre gasta un poco menos que el mes anterior, siempre paga más. Esta vez llegó a $ 1.100 por 270 KWh $. Sin embargo, en la ecuación hay varias cosas que no entiende. No entiende cómo le cobran tarifa residencial si cuando quiso poner el pilar tuvo que abrir la calle él mismo para que «los de la Cooperativa» fueran a poner el poste de donde se desprende el cable que va a su casa. Fue a averiguar a la Cooperativa de Electricidad de Bariloche (CEB) por qué muchos de sus vecinos tenían tarifa social y él no. Básicamente le contestaron que no era demasiado pobre: tener un auto del año 2000 ya imposibilita esta tarifa. Sin embargo, en la actualidad la CEB tiene casi 11.000 usuarios con tarifa social en la ciudad.

Tampoco entiende cuando ve que le cobran «servicio de alumbrado público»: es un servicio que no tiene. No entiende la tasa municipal —que encarece un 3%—, la Ley nacional Nº 25.413, y no concibe como pueden cobrarle el 21% de IVA a un servicio básico.

Además, le facturan cincuenta pesos mensuales por un “sepelio básico”, el pago «voluntario» de Sicei, diez pesos para el Simbov, y otro tanto de tasa de inspección. Y dos ítems más que le llaman la atención: $150 en aporte beneficio CEB y $120 al fideicomiso infraestructura CEB.

Conclusión: más de la mitad del precio de su factura se engrosa con tasas, ordenanzas, impuestos, servicios no solicitados ni facilitados, y aportes entre otros. Todo eso, sin contar los eventuales intereses (leer recuadro CEB).

Cada factura de la CEB se divide en tres partes: la primera es el consumo de energía, la segunda parte es el talón B, que son los cargos extras, y la tercera son las tasas y aportes de capitalización a la cooperativa eléctrica.

Sobre este último ítem Mariana Criado, prensa de la CEB, explica que «son aportes de capitalización. El importe va de la mano del importe del kilovatio. El fideicomiso, que se votó por unanimidad por los delegados en junio del 2017, tiene un plan de capitalización y un plazo de finalización con posibilidad a renovación o no, con el mandato de los delegados que es de un año. Esto se puede renovar o no, cuando asuman los siguientes. El plan del fideicomiso está en nuestra página y detalla las acciones y obras que se harán con este monto. Dentro de las obras energéticas que se proyectarán con este dinero recaudado está la planificación y posterior construcción de una nueva estación transformadora en el este de la ciudad».

—¿Se consume más electricidad por familia? ¿Por qué creen?

—Bariloche en 2010 tenía un total de 41.852 medidores habilitados. Y lo corriente es estimar entre tres y cuatro habitantes por medidor. En la actualidad, la CEB tiene cerca de 52.000 medidores y cada vez hay más consumo ya que la gente se calefacciona con electricidad porque no están realizando conexión a gas natural. Si bien la tasa de población es del 4,5 hay un 6,5 más de consumo de energía, esto da la pauta que se consume más y creemos que se da por el aumento y la escasez de gas en la región.

—¿Cuánto aumentó la electricidad en los últimos dos años?

Aumentó aproximadamente un 1.000%. En noviembre del 2015 la CEB compraba por 2,5 millones la energía que necesitaba para abastecer a la ciudad. En la actualidad tiene que pagar 31.000 millones. Eso naturalmente se ve reflejado en la factura. Sucedieron dos cosas: el Gobierno nacional quitó los subsidios, y, por otro lado, la inflación fue tan alta que aumentaron todos los otros rubros, no solo la energía. Por lo tanto, la factura habrá aumentadolo mismo para el usuario, dependiendo de la categoría de tarifa que abone (residencial, social).

La rosca verde

En el mar de incertidumbres en el que nadamos cada día hay una certeza: la inexorable vuelta del invierno. Más tarde, más temprano, más húmedo o más seco, aquí está nuevamente golpeando las puertas. Con el aumento en las tarifas, los usuarios que tienen red evalúan alternativas para que el monto de sus gastos se reduzca. Por otro lado, un gran porcentaje de vecinos y vecinas no cuenta con gas natural y son quienes más buscan estrategias para que la energía sea lo más eficiente posible. Hay ejemplos de los más variados:

Sebastián ilumina sus noches y la de su familia con leds que brillan gracias a sendas baterías de auto que carga semanalmente en el pueblo. Vive cerca de la cota de los 900 metros de altura en la ladera del cerro Otto. Allí la luz llega cuando sale el sol, ya que no hay tendidos eléctricos por ser considerada una zona no apta para la construcción.

Ivana tiene paneles solares en el techo de su casa que hacen que en los meses del verano y los días soleados no dependa de la garrafa para cocinar, ni para bañarse. Energía limpia de última generación, pero que no resulta suficiente en el largo invierno de las ciento cincuenta noches patagónicas.

Entonces, cuando el gasto en calefacción se dispara y los números no cierran quedan pocas opciones a mano. Una de ellas es optimizar el aislamiento de la vivienda.

Alejandro González es investigador, integrante del Instituto Andino Patagónico de Tecnologías Biológicas y Geoambientales (IPATEC) de la Universidad del Comahue y estudió el comportamiento del gas y otros combustibles en múltiples ambientes y puso a disposición de la comunidad sus conocimientos sobre el tema.  «Éste es un tema que atraviesa un montón de sectores y temáticas sociales: el tema ambiental en el uso excesivo de combustibles, el económico de la tremenda cantidad de importación que hay que hacer de combustible, el social porque algunos tienen algún combustible económico y otros no, y la justicia, porque hay algunos que no tienen gas natural y pagan con los impuestos los beneficios del gas natural para otros».

«13 metros cúbicos de gas natural equivalen a una garrafa de 10 kilos. Entonces, si gastaste 1.300 metros cúbicos —promedio que consumen por bimestre quienes cuentan con gas natural— son 100 garrafas. Si por los 1.300 m3 pago 250 pesos, mi vecino por esa misma cantidad de energía, tiene que comprar 100 garrafas».

Hoy en día, a principio de mayo serían unos 26.000 $. Casi tres salarios mínimo vital y móvil.

«Lo que más conviene en esta zona es poner un aislamiento térmico por fuera —asegura González—, porque entonces te quedás con la masa térmica de la pared. Con el abrigo térmico por fuera esa pared calentita no pierde el calor rápido, entonces la casa está bien abrigada»..

Así es como ocultas en el humo de la leña quedaron políticas públicas para mejoras en el aislamiento y la autogeneración de energías domiciliarias inocuas, gratuitas y abundantes, exitosamente adoptado en otras latitudes.


Recuadros

  1. Plan Calor

El Plan Calor consiste en el reparto de leña para las familias de escasos recursos que no cuenten con red de gas natural. Además, desde Provincia reparten garrafas de manera gratuita a los beneficiarios. Este año desde Provincia de Río Negro se transfirió un millón de pesos al Municipio de Bariloche para la compra de leña destinada al Plan Calor y entregó 28.000 garrafas que serán distribuidas durante el invierno. Un 15 % más que el año pasado.

El intendente Gustavo Gennuso admitió que la inversión en el Plan Calor debe ser mayor cada año y se lamentó que la participación provincial sea apenas simbólica. Según precisó, de la ayuda distribuida en Bariloche «el Municipio cubre el 80% de los costos y el Gobierno provincial el restante 20%». El funcionario aseguró que el presupuesto alcanza para atender a unas 5.000 familias, con dos entregas de un metro cúbico a cada una. Un plan calor con mucho chiflete.

  1. No se huele, pero duele

El ingeniero Javier García Guerrero, profesor titular con Maestría en Administración de Sistemas y Servicios de Salud y Ex Asesor de la Legislatura de Río Negro presentó un informe con datos cuantitativos y efectos colaterales de las actuales políticas energéticas de nuestro país.

En el mismo señala que un aspecto ignorado del “sinceramiento tarifario” es que en la Argentina ocurre cada 4 horas un accidente por la inhalación de monóxido de carbono, generador de la mitad de las intoxicaciones y origen más frecuente de las muertes asociadas. La combustión imperfecta ocasionada por el uso de kerosene, leña, carbón en dispositivos como braseros, salamandras, “cocinas económicas”, calefones precarios, etc. es causa del 70% de los incendios domésticos y de enfermedades respiratorias, cardiacas, neurológicas, agudas y crónicas.

Sobre un mar de hidrocarburos y con energías renovables desperdiciadas, el 41% de la población argentina que sólo cuenta con leña para la calefacción hogareña, venía reduciendo su número desde 2012. En la Patagonia los accidentes por monóxido crecieron de los 5/100.000 hab/año (2009/2013) a los 8/100.000 casos por hab/año (2016). En Río Negro el índice se elevó a 20 casos/100.000 hab/año, siendo —con Neuquén— las provincias patagónicas con más afectados.

Durante 2016, mientras en el resto del país el número de menores de 2 años afectados por bronquiolitis se reducía en un 20%, en la Patagonia crecía un 4%. La incidencia de virus respiratorios registró un aumento del 37% en el país, un 44,4% en la región patagónica y un 50% en Río Negro, donde la tasa de los fallecidos confirmados es la mayor del país, resultando 580% superior a la media nacional.

Con la mitad de los menores pobres, la indigencia y el desempleo en aumento, y medio millón de mayores de 80 años, el frío hace estragos.

Mientras los ministerios y organismos de control hacen de su complicidad razón de subsistencia, sus gerentes/funcionarios (según el momento de la puerta giratoria en que se encuentran) permitieron un precio de gas en boca de pozo que triplica el similar estadounidense, llevando el precio de los combustibles al máximo latinoamericano.

  1. ¿Dónde hay envases de garrafas? Luís Martínez, tesorero de COOPETEL

«Nosotros no fabricamos garrafas, sino que las compramos en lugares autorizados, concretamente a un fabricante de Córdoba que es parte de una federación de cooperativas. En la actualidad, cada una de ellas, habilitada por diez años, nos cuesta $1.350 a $1600 y claramente no estamos en una situación económica coyuntural para salir a hacer grandes inversiones, por lo tanto, vamos dosificando la compra y la renovación de envases. Un tubo nos cuesta $4.500 puesto en El Bolsón. En el 2016 compramos 3.500 garrafas, y un año antes 1.500 más. Vamos reponiendo a medida que tenemos capacidad de inversión. En la actualidad tendremos alrededor de 6.000 envases distribuidos solo en la comarca. Más, si sumamos los envases que hay en las calles de Bariloche y Esquel. Actualmente estamos mandando a Bariloche dos camiones semanales, y esa cantidad va de la mano del consumo. Hace dos años la garrafa costaba 16 pesos, así que imaginate el aumento que tuvimos. En estos momentos la estamos vendiendo a 200 pesos (5 de mayo), porque absorbimos parte del aumento que autoriza la Secretaría de Energía. Ellos básicamente nos piden que se venda a $216. Sin embargo, estuvimos un mes vendiéndola al costo. A nosotros nos termina costando $175 poner en la actualidad una garrafa llena en la calle. Todos los valores que manejamos son a precio dólar, así que lamentablemente se modifican con frecuencia».

Sebastián Carapezza

Periodista  |  Coordinador de Colectivo Al Margen

Sebastián es el Pollo Carapezza. Dejó las gran urbe y se fue al Sur. Allá gestó Al Margen, una de las primeras revistas alternativas de la Patagonia; un equipo de comunicación popular que labura por la promoción de derechos, la inclusión  social y la cultura del trabajo. El pollo es caminante y cronista.

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