Frío en soledad

Salimos de Esquel con el cielo cerrado, cinco grados bajo cero y tormentas amagando desde la madrugada. Las cumbres más altas están cubiertas de nieve. Sopla una gélida corriente blanca que nos entumece. Tomamos la 40, mítica ruta que atraviesa el país. El pavimento está roto y las curvas son tan antojadizas como peligrosas. Buen rato después nos desviamos y entramos a la provincial número 4. Desde ahí, ripio hasta nuestro destino: Cushamen.

Por Migue Roth 

Estepa, silencio y soledad

En los postes de los alambrados, con paciencia, nos miran pasar los caranchos [Caracara plancus]. Al acercarnos al pueblo la vegetación y la gama de colores se reducen, pero el paisaje no pierde majestuosidad. Predominan ocres. La estepa gana terreno e intimida.

El piloto de la camioneta es Rafael Cretton (Operador de Comunicaciones y muy buen conductor). Conoce la región y sabe moverse en ambientes hostiles para los extraños. Es scout. Me va anticipando nombres y características de las principales estancias que franqueamos. Todas tienen un patrón común: Benetton.

Crettón es serio. Habla lo justo. Al comienzo me resultó parco, después entendí: viene de las entrañas mismas de la Patagonia, donde el silencio y la mesura son valores reales. Vio la libretita en la que iba anotando mis impresiones y cruzamos algunas preguntas. Notó que las cosas me importaban de verdad, que no era turista, y comenzó la conversación. A pedido va enumerándome plantas: Charcao. Zampa. Esa con púas es Molle. Neneo. Colapiche. Ahí se ve algo de tomillo silvestre. Coirón. Chilca. Y ese grandote de allá es Calafate.

Los cerros pierden altura a medida que nos acercamos a Cushamen. La cordillera se diluye en la enorme llanura esteparia. Las nubes todavía dominan el cielo.

Cuando llueve con fuerza –dice Crettón inquieto– aca hay deslaves seguido.

Aparecen las piedras. Cada vez menos árboles. El frío no ha cedido ni un solo centígrado. Llegamos a un lugar solitario. Sin lugar a dudas, los primeros pobladores de la región también lo sintieron así. Eso es lo que significa Cushamen en mapudungun.

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Si pienso en el frío —cada vez que pienso en el frío— en mi mente se activan imágenes que lo relacionan con el viento: el viento golpeando la cara y todo el cuerpo, pero empecinado con las caras a las que agrieta, paspa y lastima impiadoso. Si intentara una descripción del frío estaría siempre ese viento; que llega desde cualquier ángulo y del cual es muy difícil escapar.

El frío en la Patagonia toma formas. En los charcos por ejemplo. Se los escucha crujir al pisarlos. Aún tengo la sensación del cristal: los charcos congelados se rompen como vidrios frágiles. La tierra se levanta —o las piedras buscan esconderse, no lo sé—; es otro fenómeno singular producido por las bajísimas temperaturas.

El frío también son personas con manos guardadas que solo sacan de sus bolsillos para acomodarse la bufanda, caminando encorvadas, mirando el suelo.

El frío obliga, es violento. La gente se prepara durante meses para enfrentarlo dignamente, pero el frío se impone. Quienes llevan años, incluso décadas resistiendo sus embestidas invernales lo saben bien: nunca se acostumbrarán a él. Se corta leña. Se prende un fuego. Pero uno jamás se acostumbra al frío.

El frío se sufre.

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Bajo cero

Doña Aidé Nahuelquir me mira entrecerrando el ceño, pero no me ve: recuerda. Y dice que es dura la vida en el campo: «es muy dura la vida en el campo, se pasa mucho tiempo buscando leña. Mi padre se iba por semanas, hasta Leleque [distante a 80 kilómetros] para traer leña en el carro.» Curioso interrumpo su relato lento para preguntarle qué hacen ahora que escasea leña incluso allá lejos.

— …se quema charcao; calafate; uña de gato. Y bosta, si no hay otra.

La vida en el campo es muy dura. Es por eso, también, que muchos jóvenes se van. El proceso de desruralización que atraviesa el país, es serio y preocupante. Son muy pocos los que han dimensionado lo grave que puede ser si quienes aún resisten, dejan de hacerlo.

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Las maneras de sufrir

Lamento que se prefiera la postal turística patagónica y genere rechazo decir que la nieve también trae muchas penas. Lamento que aún se crea que los pobladores del sur están acostumbrados al frío. Lamento que cientos de familias de ascendencia indígena padezcan constantes usurpaciones y deban sobrevivir bajo eso que los expertos llaman ‘economías de subsistencia’.

El pelo de las cabras que se han adaptado a la región produce una fibra suave y con brillo que se llama mohair. El mohair es considerada una lana (sic) de alta calidad y preciada en el mercado internacional. En Argentina, una simple búsqueda en internet arroja precios que van desde los $500 la madeja (de 100 gramos). En tiendas de Capital Federal, un tapado de mohair y otros hilos sintéticos, lo cobran $7500.

Pero la preparación de la materia prima es un trabajo arduo. Producir diez-doce madejas que completan el kilo que se comercializa, implica meses de cuidado de los animales, que se esquilan solo dos veces al año. ¿Cuánto le pagan al pequeño-productor de la Patagonia? Entre $200 y $225 pesos el kilo, dependiendo la calidad del pelo.

Por eso se opta por la cría y venta de los cabritos, que es el mayor ingreso económico para el minifundista. Pero también este rubro da márgenes angostos; el robo de ganado está a la orden del día y las ganancias que deja son reducidas.

«La gente va abandonando el campo, –me dice doña Nahuelquir mientras me ceba un mate—. Por ahí uno se enferma y es muy duro. Entonces queda la tapera nomás.»

Las sabias compañías

Angelito pasa semanas enteras con su abuelo Rafael. Cuando no está en la escuela albergue, se va al paraje porque quiere aprender : «quiero aprender lo muchisímo que sabe el abuelo».

Cuando llegamos a La Rinconada, donde tienen su hogar, los vimos sobando cuero para hacer soga. Angelito me muestra orgulloso cómo enlaza. Tiene una puntería prodigiosa y no le toma el apunte al estrabismo que amenaza con cegarlo. La fuerza de voluntad de ambos es conmovedora.

Al poco rato, don Rafael nos muestra la casa. Quiere que veamos cómo brota la humedad. El suelo de tierra apisonada está mojado. El sol que entra por la ventana nos regala un poco de calor, pero no alcanza. Tampoco alcanza la leña, que se hace corta. «La comuna nos ayuda con dos metros de leña, pero hace un frío que obliga a quemar más. Y con estas heladas ni le cuento.»

Y no nos cuenta, pero tampoco hace falta. La historia se repite en todas y cada una de las casas de la región.

María Eugenia Hube (secretaria comunal de Cushamen) me anticipa un hecho tan triste como dramático: en los parajes aledaños, distantes decenas de kilómetros uno de otro, viven muchos abuelos sin compañía. Sin ayuda. Le hacen frente a la violenta adversidad en solitario. Así es el caso, por ejemplo, de doña Dorotea Antichipai (78) que vivía con Florinda, su mamá, de 100 años [que es la edad que calculaba su hija]. Juntas pasaron sus días en una bellísima pero inhóspita quebrada que se pierde entre las ondulaciones precordilleranas. La abuela Florinda casi no veía y solo oía si se le hablaba a los gritos, pero mantenía la vitalidad característica de los indígenas patagónicos. No dejó de agradecernos que fuéramos hasta allí a verlas, que les lleváramos abrigo, que las tuviéramos presente.

Lo mismo Carmelo Epullán, de paraje La Aguada. Fuimos testigos del cariño con que cuida a su hijo Modesto, que sufre discapacidad. Le acomoda la camisa y le dice emocionado: “para vos también trajeron, Modesto. Para vos también trajeron”.

De retorno a Cushamen veo algunas vacas y dos tordillos. Intento descifrar qué comen pero no puedo. La vegetación es escasa y tacaña. Me invaden dos palabras que necesito dejar escritas: Resistencia y Fragilidad.

Conocer abuelos que llevan 75, 85 o más inviernos patagónicos soportados y saber que están a merced de un tropezón para dejar de resistir, es por lo menos inquietante.

Mirta Nahuelquir nos cuenta que los últimos agentes sanitarios que conoció ya no hacían el sacrificio de visitar los parajes. «Los de antes salían con dos caballos; el pilchero, la romana para pesar a los bebés y los medicamentos, aunque escasearan. Hubiera nieve, hubiera lluvia, salían. Ahora que tienen facilidades, parece que les cuesta más venir.»

Ante tantos problemas, la pregunta surge con inocente facilidad: ¿por qué se quedan?

«Ahora los jóvenes se van. Es que se hace difícil —me dice antes de que indague razones—. La lana no pagan mucho. Escasea la comida y el frío es muy duro. No sabe qué manera de sufrir. Pero somos gente del sur. Nacimos aquí. Aquí nos criamos. Nuestros padres amaron esta tierra y nos enseñaron que es importante protegerla.»

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Migue Roth

Editor de Angular | Lector

Migue puede leer incluso en los ómnibus en movimiento; siempre anda con alguna libretita a mano, lápices y libros en el morral. Escribe y dice que no saca fotos, las hace en todo caso. Es un nómade patagónico. Miembro fundador de Angular.

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