El ícono turístico internacional esconde realidades. Llegan los días más fríos del año y la crisis se agudiza. ¿Cómo viven los vecinos que no esquían?

Fotos de Marcelo Martínez

«El Alto» es el lugar emblemático que no se muestra en la postal típica del principal centro turístico invernal latinoamericano. El Alto es donde se ubican los barrios vulnerabilizados: los barrios pobres de Bariloche (que no solo están allí, es cierto: también los hay en el Este, incluso en zonas del Oeste —cerca del gran Hotal Llao-llao—). El Alto está compuesto por barrios obreros, zonas habitadas por tantos laburantes como carencias padecen.

A medida que uno se aleja del centro —del circo, diría una vecina—, de las chocolaterías y boliches, uno se encuentra con los vecinos que hacen funcionar la maquinaria empresarial de la cual se nutre la economía de Bariloche. En los barrios viven los laburantes de hotelería, de los centros de esquí, de la construcción, de gastronomía; de toda la industria turística que depende de ellos para funcionar.

Se habla del Alto como un concepto. Hay muchísimas personas que ya no están en La Pampa de Huenuleo —que es la zona donde se instalaron los barrios de referencia del Alto—, gente que vive en el Este, o cerca del centro, pero que debido a sus condiciones socio-económicas de clase media, media-baja o baja, por pertenecer al grupo laboralmente activo que está precarizado (labura en negro, haciendo changas), se considera que es «alguien del Alto». Si bien son quienes hacen que se mueva la billetera del sector acomodado —de los dueños—, viven en situación de supervivencia.

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Los perjudicados

El Alto es el sector más afectado por la pandemia. Los barrios con carencias es donde más fuerte pega la crisis, porque sus habitantes viven al día. Los que están empleados, en su mayoría lo están de forma informal. Y al no poder salir —debido al Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio decretado— se les complica llevar el mango a la casa. Tanto quienes venden tortas fritas al costado de la ruta, a los obreros de la constru, no pueden generar ingresos. La ayuda del Estado no alcanza para paliar la crisis. No alcanzaba antes, menos ahora.

Aquellos que aún están empleados, se les redujo el sueldo de forma drástica o están cobrando en cuotas. Para peor, existe un temor de los laburantes que —ante la amenaza real de perder su fuente de trabajo— no reclaman, no se pronuncian. Se quedan callados.

Los costos de la comida siguen subiendo y los lugares con más carencias sienten de forma más cruda la crisis.

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Encierros y hazañas

Las complicaciones de vivir en el Alto siempre fueron muchas, más allá de la cuarentena. Los vecinos viven en viviendas precarias, que construyeron con lo que lograron conseguir, con dos-tres-cuatro niños adentro. Son casas que se gotean, que no están impermeabilizadas y les entra fácil el viento helado patagónico.

Hay zonas que no cuentan con los servicios básicos, no hay gas natural y conseguir leña o una garrafa —que duran poco— es más complicado de lo que se supone. Las mañanas gélidas se afrontan con un té que se calienta en la hornalla o en la salamandra, y ese calor breve sirve para entibiar un poco las manos y el ambiente. Conseguir leña es —hoy por hoy— una hazaña. Una hazaña cara y peligrosa.

La gente está pasando frío.

Quedarse en la casa no es lo mismo para el empresario promedio que para el vecino que pasa frío, casi sin comida, en hacinamiento, sin posibilidad de ir a changuear.

Y, si bien se estregan módulos alimenticios, estos son palitivos y se quedan cortos. La gente necesita laburo, más que asistencias de urgencia.

En los comedores y merenderos se han triplicado la cantidad de asistentes. Son espacios que mantiene la misma comunidad y sobreviven por fuera de la mano del Estado. ¿Por qué? Al gobierno no les conviene convalidarlos. De hacerlo, admitirían que en Bariloche, además de coronavirus, hay hambre.

Marcelo Martínez

Reportero gráfico  |  Patagonia 

«Intento retratar realidades, significarlas a través de la fotografía; para hacerlo, recorro los barrios tanto como los parajes de la Linea Sur. En mi camino como fotoperiodista trabajé —aún lo hago— para medios periodísticos locales y nacionales (Clarín, Telam, Rio Negro), además de colaborar en revistas de periodismo independiente.»

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